Aunque parecía que la Horda había ayudado a la princesa Talanji a escapar de una muerte segura, o peor aún, de una vida en cautiverio, en realidad la había llevado directamente a una trampa mortal. No sólo para ella, sino para todo su pueblo. El profeta Zul había traicionado a la corona y apuñalado al rey, con el objetivo de tomar el poder y rendir culto al dios de la sangre, G’huun.
Ujio había sido enviado a explorar los pantanos de Nazmir para enfrentarse a los trols de sangre, una amenaza que crecía a cada minuto e inclinaba la balanza a favor de Zul. El monje estaba equipado con una armadura completamente nueva, diseñada por los zandalari, que contaba con encantamientos que atenuaban el efecto de la magia de sangre sobre su cuerpo. Aún así, los trols debían ser respetados porque trataban con poderes que iban más allá de la comprensión de los mortales.
El joven orco había oído algunas cosas sobre los dioses antiguos durante su estadía en Pandaria. Sabía que se conocían cuatro, que el más poderoso, Y’Shaarj, había sido asesinado por Aman’thul y que aún desconocían a una de esas entidades. Por eso supuso que G’huun era el quinto dios antiguo. Esto sólo suponía una amenaza aún mayor para toda Azeroth.
Escondido entre unos matorrales, observaba la actividad de los trols de sangre. Por lo que había podido observar en Nazmir, había varias tribus que tenían distintas constumbres, entre ellas las de canibalizar a los miembros masculinos de sus propios clanes. Pero lo importante era que intentaban traer a la vida a muchos enemigos de gran poder, entre los que se encontraban ignotos y otras criaturas, a través de los poderes oscuros.
Eran tantos los rituales de invocación que estaban llevando a cabo, que Ujio no podría interrumpirlos todos ni aunque pudiera volar a lomos de un dragón nimbo. Por lo que supuso que lo mejor que podía hacer era enviar un mensaje a Rokhan para que advierta a los otros héroes de la Horda. Lentamente, se volvió hacia el camino, donde había quedado su fiel compañera, Colmilloferoz, una loba que había sido criada en Alterac. Sacó un pergamino de entre las muchas bolsas que llevaba la loba en su silla de montar y escribió un mensaje, seguido por un pequeño mapa donde indicaba todos los rituales que había logrado identificar durante su incursión. Ve rápidamente y no mires atrás. Atraviesa el camino y no oses enfrentarte a ningún enemigo, le dijo. La loba hizo un pequeño sonido de desaprobación. No quería irse, quería quedarse junto a su jinete, el que la cuidaba y le proveía mucho más que un lugar caliente donde dormir.
El orco era muy apegado a los animales. También había criado a un dragón nimbo, al que llamó Escama Ígnea, y tenía un sinfín de mascotas en su vivienda en Durotar. A él tampoco le hacía ninguna gracia dejar que su loba se aleje de él, pero entendía que estaba a punto de afrontar una tarea más que peligrosa y que el mínimo error lo llevaría al fracaso...y no quería arrastrar a Colmilloferoz a ese destino.
El animal dio media vuelta y volvió sobre sus pasos, directo al campamento que había montado Rokhan en medio de unas antiguas ruinas zandalari. En tanto, el monje procuró ser sigiloso e ingresó en los dominios de una de las tantas tribus trol. Suavemente, como si se tratara de un asesino más que un monje, se colocó detrás de una de las chozas que se ubicaban en los bordes de la tribu y observó detenidamente cómo sacrificaban a trols zandalari para invocar a un poderoso ignoto, que poco a poco comenzaba a materializarse.
Ujio recordó sus anteriores enfrentamientos con estas criaturas, donde había vencido gracias a que se encontraba en grupo con otros grandes campeones de la Horda. Ahora estaba solo y dudaba sobre su capacidad para derrotarlo, por lo que supuso que su mejor plan era interrumpir la invocación antes de que se complete.
Había alrededor de una veintena de trols de sangre alrededor del altar donde sacrificaban a las víctimas. Eran demasiados enemigos para que el orco pudiera derribar solo, pero se le ocurrió una idea que probablemente le diera la victoria. Se sentó en posición de flor de loto e inició una silenciosa meditación, que llevó su mente a todas partes y a la nada misma simultáneamente, al cabo de unos segundos su cuerpo se dividió en tres: tormenta, tierra y fuego. A su vez, invocó a Xuen, el Tigre Blanco, y se lanzó al ataque.
El espectáculo fue alucinante, incluso para los propios trols de sangre. Las tres figuras se movieron individualmente, esquivando y contraatacando a sus enemigos, dejándolos fuera de combate con tan sólo un golpe, producto del dominio de las artes marciales del monje. En tanto, la invocación del dios salvaje -que sólo duraba unos segundos- acabó con una decena de enemigos rápidamente. Al acabarse ambas técnicas, el monje volvió a quedarse sólo, pero con la certeza de que sólo le restaba enfrentarse a cinco enemigos.
Inmediatamente, Ujio escuchó un susurro a sus espaldas. No puedes vencernos, ¡Únete a nosotros!, le dijo. El monje se volteó para ver quién le había escupido esas palabras, pero se dio cuenta de que la voz se encontraba dentro de su cabeza. ¡Ja! ¡Estúpido! Serás parte de mi ritual de invocación, le espetó. Entonces, los trols aprovecharon el lapsus del monje y atacaron a sus espaldas, uno de ellos perforó las costillas derechas de Ujio con una especie de arma ponzoñosa que no tuvo problemas en rasgar su armadura de cuero. El monje sintió un agudo dolor en cuerpo y alma que casi lo desmaya. Como pudo, se arrojó al suelo y giró para recobrar su posición y ponerse de frente a sus atacantes, pero la herida era demasiado profunda y dolorosa.
Estoy acabado, pensó por un momento. Pero los orcos no se rinden fácilmente, tienen un aliado silencioso que se mantiene en las sombras hasta que la ocasión lo amerita. Un trol volvió a atacarlo, pero Ujio esquivó su ataque con facilidad y con el hacha que blandía en su mano izquierda le partió el cráneo en múltiples pedazos...y el ansia de sangre se hizo presente. El orco se abalanzó sobre el resto de los trols que realizaban el ritual y los eliminó uno a uno con una violencia tan grande, que los prisioneros que esperaban su turno para ser sacrificados comenzaron a llorar y a pedirles a todos los loa que no los mate a ellos.
En medio de un campo repleto de cadáveres, Ujio recobró la consciencia. La imagen lo espantó, no sólo había matado a los cinco enemigos que habían quedado en pie tras el primer ataque, sino que había masacrado a los que anteriormente habían quedado inconscientes. Gracias, escuchó. Hiciste el trabajo por ellos, joven orco. El monje levantó la mirada y se encontró con el ignoto parado frente a él. Ujio había completado el ritual.







