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miércoles, 29 de agosto de 2018

UNA TRAMPA MORTAL

Aunque parecía que la Horda había ayudado a la princesa Talanji a escapar de una muerte segura, o peor aún, de una vida en cautiverio, en realidad la había llevado directamente a una trampa mortal. No sólo para ella, sino para todo su pueblo. El profeta Zul había traicionado a la corona y apuñalado al rey, con el objetivo de tomar el poder y rendir culto al dios de la sangre, G’huun.

Ujio había sido enviado a explorar los pantanos de Nazmir para enfrentarse a los trols de sangre, una amenaza que crecía a cada minuto e inclinaba la balanza a favor de Zul. El monje estaba equipado con una armadura completamente nueva, diseñada por los zandalari, que contaba con encantamientos que atenuaban el efecto de la magia de sangre sobre su cuerpo. Aún así, los trols debían ser respetados porque trataban con poderes que iban más allá de la comprensión de los mortales.

El joven orco había oído algunas cosas sobre los dioses antiguos durante su estadía en Pandaria. Sabía que se conocían cuatro, que el más poderoso, Y’Shaarj, había sido asesinado por Aman’thul y que aún desconocían a una de esas entidades. Por eso supuso que G’huun era el quinto dios antiguo. Esto sólo suponía una amenaza aún mayor para toda Azeroth.


Escondido entre unos matorrales, observaba la actividad de los trols de sangre. Por lo que había podido observar en Nazmir, había varias tribus que tenían distintas constumbres, entre ellas las de canibalizar a los miembros masculinos de sus propios clanes. Pero lo importante era que intentaban traer a la vida a muchos enemigos de gran poder, entre los que se encontraban ignotos y otras criaturas, a través de los poderes oscuros.

Eran tantos los rituales de invocación que estaban llevando a cabo, que Ujio no podría interrumpirlos todos ni aunque pudiera volar a lomos de un dragón nimbo. Por lo que supuso que lo mejor que podía hacer era enviar un mensaje a Rokhan para que advierta a los otros héroes de la Horda. Lentamente, se volvió hacia el camino, donde había quedado su fiel compañera, Colmilloferoz, una loba que había sido criada en Alterac. Sacó un pergamino de entre las muchas bolsas que llevaba la loba en su silla de montar y escribió un mensaje, seguido por un pequeño mapa donde indicaba todos los rituales que había logrado identificar durante su incursión. Ve rápidamente y no mires atrás. Atraviesa el camino y no oses enfrentarte a ningún enemigo, le dijo. La loba hizo un pequeño sonido de desaprobación. No quería irse, quería quedarse junto a su jinete, el que la cuidaba y le proveía mucho más que un lugar caliente donde dormir.




El orco era muy apegado a los animales. También había criado a un dragón nimbo, al que llamó Escama Ígnea, y tenía un sinfín de mascotas en su vivienda en Durotar. A él tampoco le hacía ninguna gracia dejar que su loba se aleje de él, pero entendía que estaba a punto de afrontar una tarea más que peligrosa y que el mínimo error lo llevaría al fracaso...y no quería arrastrar a Colmilloferoz a ese destino.

El animal dio media vuelta y volvió sobre sus pasos, directo al campamento que había montado Rokhan en medio de unas antiguas ruinas zandalari. En tanto, el monje procuró ser sigiloso e ingresó en los dominios de una de las tantas tribus trol. Suavemente, como si se tratara de un asesino más que un monje, se colocó detrás de una de las chozas que se ubicaban en los bordes de la tribu y observó detenidamente cómo sacrificaban a trols zandalari para invocar a un poderoso ignoto, que poco a poco comenzaba a materializarse.

Ujio recordó sus anteriores enfrentamientos con estas criaturas, donde había vencido gracias a que se encontraba en grupo con otros grandes campeones de la Horda. Ahora estaba solo y dudaba sobre su capacidad para derrotarlo, por lo que supuso que su mejor plan era interrumpir la invocación antes de que se complete.
Había alrededor de una veintena de trols de sangre alrededor del altar donde sacrificaban a las víctimas. Eran demasiados enemigos para que el orco pudiera derribar solo, pero se le ocurrió una idea que probablemente le diera la victoria. Se sentó en posición de flor de loto e inició una silenciosa meditación, que llevó su mente a todas partes y a la nada misma simultáneamente, al cabo de unos segundos su cuerpo se dividió en tres: tormenta, tierra y fuego. A su vez, invocó a Xuen, el Tigre Blanco, y se lanzó al ataque.

El espectáculo fue alucinante, incluso para los propios trols de sangre. Las tres figuras se movieron individualmente, esquivando y contraatacando a sus enemigos, dejándolos fuera de combate con tan sólo un golpe, producto del dominio de las artes marciales del monje. En tanto, la invocación del dios salvaje -que sólo duraba unos segundos- acabó con una decena de enemigos rápidamente. Al acabarse ambas técnicas, el monje volvió a quedarse sólo, pero con la certeza de que sólo le restaba enfrentarse a cinco enemigos.

Inmediatamente, Ujio escuchó un susurro a sus espaldas. No puedes vencernos, ¡Únete a nosotros!, le dijo.  El monje se volteó para ver quién le había escupido esas palabras, pero se dio cuenta de que la voz se encontraba dentro de su cabeza. ¡Ja! ¡Estúpido! Serás parte de mi ritual de invocación, le espetó. Entonces, los trols aprovecharon el lapsus del monje y atacaron a sus espaldas, uno de ellos perforó las costillas derechas de Ujio con una especie de arma ponzoñosa que no tuvo problemas en rasgar su armadura de cuero. El monje sintió un agudo dolor en cuerpo y alma que casi lo desmaya. Como pudo, se arrojó al suelo y giró para recobrar su posición y ponerse de frente a sus atacantes, pero la herida era demasiado profunda y dolorosa.

Estoy acabado, pensó por un momento. Pero los orcos no se rinden fácilmente, tienen un aliado silencioso que se mantiene en las sombras hasta que la ocasión lo amerita. Un trol volvió a atacarlo, pero Ujio esquivó su ataque con facilidad y con el hacha que blandía en su mano izquierda le partió el cráneo en múltiples pedazos...y el ansia de sangre se hizo presente. El orco se abalanzó sobre el resto de los trols que realizaban el ritual y los eliminó uno a uno con una violencia tan grande, que los prisioneros que esperaban su turno para ser sacrificados comenzaron a llorar y a pedirles a todos los loa que no los mate a ellos.

En medio de un campo repleto de cadáveres, Ujio recobró la consciencia. La imagen lo espantó, no sólo había matado a los cinco enemigos que habían quedado en pie tras el primer ataque, sino que había masacrado a los que anteriormente habían quedado inconscientes. Gracias, escuchó. Hiciste el trabajo por ellos, joven orco. El monje levantó la mirada y se encontró con el ignoto parado frente a él. Ujio había completado el ritual.

lunes, 27 de agosto de 2018

PLANES INESPERADOS

La caravana con los sobrevivientes se dirigía al sur, a través del Bosque de Argenteos, mientras que los líderes de las facciones de la Horda habían abandonado el campo de batalla en un dirigible goblin. Las heridas que ostentaba Ujio en su cuerpo eran superficiales, tenía algunos raspones y golpes, pero afortunadamente había evitado el filo de las armas enemigas. Sin embargo, la herida en su corazón era profunda como el mismísimo Mare Magnum.

Desde la lejanía se podía apreciar la nube verde que cubría a Entrañas y que la había vuelto mortal para cualquier ser animado, vivo o no muerto. Aquel movimiento había sido claramente una estrategia para deshacerse de la Alianza y el hecho de que haya sido completamente secreto para todos había sorprendido a Ujio. Es que había sido un gran movimiento que dejaba a las claras las intenciones de la jefa de guerra: la supervivencia de la Horda.

Pero a pesar del asombro del orco, que a esta altura comenzaba a sentir admiración por la visión estratégica de Sylvanas, no le causaba ninguna gracia haber perdido una ciudad que le daba una importante ventaja geopolítica a la Horda. Especialmente porque los renegados, a los que conocía muy poco, se quedaban sin hogar y los elfos de sangre quedaban a merced de la Alianza.

Las bajas habían sido muchas. Buenos guerreros de la Horda se encontraban desperdigados por las tierras que anteceden los muros de las Ruinas de Lordaeron, entregados como una especie de perverso tributo a los animales carroñeros de la zona. Esa era la última imagen que el orco se llevaría de Entrañas.




Las órdenes eran claras: infiltrarse en Ventormenta y rescatar a la princesa Talanji, junto a su compañero, el profeta Zul. Dos importantes personalidades del imperio zandalari. Pero también tenía una misión secundaria, traer de vuelta a Varok Colmillosauro, quien había sido capturado por la Alianza.

Es por eso que, tras colarse en los calabozos de la imponente ciudad humana donde reinaban los colores blanco, azul, ladrillo y violeta, el escuadrón de élite enviado por Sylvanas se sorprendió al encontrarse con que Varok prefirió quedarse en prisión antes que regresar a la Horda. La decisión del experimentado guerrero, que fue de vital importancia en la batalla de Costa Oscura, estaba motivada por la falta de honor que había demostrado Sylvanas en los recientes eventos que habían suscitado en Entrañas.

Ujio sintió una fuerte decepción, ya que veía al alto señor supremo como un ejemplo a seguir. El monje sabía que Varok blandía argumentos sólidos, pero también era consciente de que la principal razón de los actos de la jefa de guerra era la preservación de todas las razas que componían la Horda, que no eran precisamente pocas y representaban a casi la mitad de la población de Azeroth.

Mientras un intenso olor a humedad impregnaba el aire, que recordaba al aroma bilioso que se podía sentir en lo profundo de Entrañas, el grupo se vio sorprendido por unos guardias que intentaron combatirlos. La lucha fue dispareja, pero uno de ellos alcanzó a escapar, lo que convirtió a la sigilosa misión en una carrera por liberar a los prisioneros y escapar de Ventormenta cuanto antes.

A pesar de la desilusión de Ujio y los campeones por la negativa de Varok, era imperante terminar la misión, por lo que continuaron explorando las celdas, hasta que llegaron a la que retenía a Talanji y Zul. Con unos movimientos un tanto...toscos, el grupo de élite de la Horda abrió las puertas y liberó a los prisioneros.

La Alianza envió a sus mejores magos para retrasar el escape con poderosos encantamientos, pero las habilidades de los infiltrados podían superar cualquier contratiempo. Quebraron las barreras mágicas y se lanzaron a las calles de la ciudad, escondidos en las sombras junto a Rokhan. Tanto Genn Cringris como Jaina Valiente intentaron dar con los prófugos, pero el grupo de élite de la Horda se abrió paso entre las fuerzas enemigas y escapó en la nave de guerra zandalari de Talanji, camino a Zuldazar.

Bienvenida a la Horda, princesa, le dijo el orco. Ese fue el preludio de una nueva aventura, no sólo para él, sino para todos los guerreros que portan los colores rojo y negro.



lunes, 20 de agosto de 2018

UN REENCUENTRO AUSPICIOSO

Sólo faltaban unos minutos para que la flota de la Horda partiera y todos los soldados y peones estaban ultimando detalles para llegar preparados para el combate. Ujio se encontraba a tan sólo unos metros del muelle, de rodillas frente a la tumba de su padre, hablándole como si aún se encontrara en el mundo de los vivos. 

La guerra se avecina, padre, y la Horda requiere mi presencia. Quizás esta sea una de esas cosas que nunca quisiste para mí o que nunca imaginaste que haría, dijo el monje de cara a la espada que alguna vez supo blandir el gigante Revingar y que ahora se encontraba clavada en la tierra, junto a las oxidadas armas de muchos otros guerreros caídos. 




Un goblin alertó a los presentes sobre la inminente partida de la flota, por lo que Ujio procuró despedirse -quizá por última vez- de los restos de su padre. Algún día nos volveremos a encontrar y podré decirte con orgullo que morí con honor protegiendo a la Horda, sentenció, casi como un deseo. Rápidamente, se dirigió hacia los muelles y se subió a una de las naves, acomodó se equipo en una de las camas colgantes que había el camarote que le correspondía y comenzó una profunda meditación. 

El orco abrió sus ojos abruptamente, luego de que el mismo goblin que había anunciado la partida de los barcos, anunciara la llegada a destino. El viaje se hizo más corto de lo que el orco había imaginado y sus manos comenzaban a sudar por el nerviosismo previo a la batalla. Revingar siempre le decía que, si las manos no transpiran antes de comenzar el combate, el guerrero estaba destinado a morir. El temor es parte de la guerra. Enfrentarlo te convertirá en un valiente y asegurará tu supervivencia, solía decirles a sus hijos. Así pues, Ujio supo que estaba preparado para dar muerte a aquellos que amenazaban la integridad de la Horda. 

Con el atuendo del clan Lobo Gélido y sus armas de puño, que estaban hechas con los cráneos de pequeños canes, Ujio arribó a Entrañas. La fortaleza estaba rodeada por las fuerzas de la Alianza, que eran comandadas por el niño rey, Anduin Wrynn. Pero la batalla aún no comenzaría, al menos no hasta el día siguiente. 


La noche cayó y la mayoría de los soldados que conformaban las fuerzas de la Horda se echaron a dormir. Pero no Ujio. El monje se acercó a un brasero donde ardía intensamente un fuego. La ansiedad lo comía por dentro, una ansiedad que ni siquiera se hizo presente cuando combatió a la Legión Ardiente. Tenía miedo de encontrarse con Xhiu en el campo de batalla, aquella pandaren que lo salvó de una muerte segura, pero que luego se unió a la Alianza. 
El sonido de unos pasos se asomó a sus espaldas, lo rodeó y se detuvo frente al brasero. El monje tenía la mirada perdida en el fuego, con lo cual no le prestó atención a la silueta que se acercó a su posición. 

¡Oye, amigoh! ¿No va’saludah al viejo Hiasing?- preguntó la personalidad. Al escuchar las palabras, Ujio levantó la cabeza y vio al chamán trol. 

¡Ni las guerras más duras pueden acabar contigo! ¿No es cierto?- dijo efusivamente el monje. La última vez que se habían visto había sido previamente a que comenzara el asalto a la Costa Quebrada. 

Ambos guerreros se dieron un fuerte apretón de manos y se hicieron una señal de respeto. Habían luchado juntos contra la Horda de Garrosh Grito Infernal, mientras defendían los recursos de la Horda en Pandaria. Habían sido un dúo mortal, capaz de vencer a varios enemigos en simultáneo. La presencia del trol era una inyección de ánimo para Ujio y la misma sensación tenía Hiasing, quien consideraba al orco como su hermano.

Durante toda la madrugada, dialogaron y se pusieron al día sobre sus movimientos en la guerra contra la Legión. Ujio era un inteligente estratega y un artista marcial de grandes condiciones, lo que le había valido una posición de gran relevancia entre las filas de la Horda y había comandado a pequeños grupos de élite por las Islas Quebradas. Pero Hiasing era distinto, era un chamán con un enorme poder. Su conexión con los elementos era tan fuerte como la azerita y había enfrentado a los mismísimo comandantes de la Legión. Tenerlo en la batalla contra la Alianza era una bendición. 

El sol asomó, un cuerno sonó desde lo alto de los muros de Entrañas y el chirrido de las máquinas de guerra de la Alianza cobró protagonismo. La guerra había comenzado. El trol y el orco se pusieron a disposición de la jefa de guerra y se prepararon para la batalla. 


Era un día glorioso, el día en el que volvían a defender a la Horda juntos, como los hermanos que eran, como si el tiempo no hubiese transcurrido. Ujio y Hiasing atravesaron la puerta principal y se lanzaron al combate. 

El orco se situó en las primeras líneas y acabó con varios soldados de la alianza en cuestión de segundos, golpeando en los puntos sensibles de sus armaduras. El chamán hizo lo propio, haciendo gala de sus poderes elementales. 

Verlos luchar era como apreciar una danza, se movían al mismo tiempo, acababan con los enemigos que asaltaban las espaldas de su compañero y tenían una gracia excepcional. La jefa de guerra luchaba junto con sus soldados, pero el imponente poderío de la Alianza la obligó a utilizar una de sus más letales armas: el añublo. 

Uno a uno, comenzaron a caer barriles que contenían la peste, sin importar si acababan con vidas de la Alianza o de la Horda. Ujio se sorprendió y alertó al chamán. Un goblin de aspecto dejado comenzó a repartir máscaras entre las unidades de la Horda, para así continuar con la defensa de Entrañas, pero fue inútil porque la gran maga Jaina Valiente entró en acción. El añublo fue completamente anulado, mientras que los soldados de Anduin Wrynn ganaban terreno nuevamente. La retirada fue llamada. 




"TE LLAMARÉ UJIO"

Revingar siempre había amado a sus hijos con el mismo fervor que sentía a la hora de la batalla. Era un orco que había cambiado su perspectiva de vida desde que llegó a Kalimdor de la mano de Thrall. Pasó de ansiar la batalla y de entrenarse día a día a bregar por el bienestar de su familia, trabajando en los aserraderos de Vallefresno.

Sin embargo, sentía una profunda preocupación por su hijo menor, Korogar. Es que el pequeño sentía cierta aversión por el combate y, en los tiempos que corrían, la Horda aún estaba fortaleciendo los cimientos de su hogar en Durotar, por lo que Revingar temía que su hijo fuera rechazado por su debilidad.

El niño amaba las historias que le contaba su padre sobre los errores y aciertos que la Horda tuvo en el pasado, así como también los paseos que daban por el Valle de los Retos o, incluso, quedarse frente a la hoguera reflexionando sobre la historia y las cosas que aprendía diariamente.

En cambio, Gavingar, su hijo mayor, era muy fuerte para su corta edad y demostraba un claro interés por convertirse en guerrero. Se mostraba desafiante con los otros niños y protegía a su pequeño hermano, que siempre se rehúsaba a defenderse a los golpes. Tiene un futuro prometedor, se decía a sí mismo Revingar. Pero el destino tenía planes diferentes para su prole.


Korogar se encontraba en los almacenes inferiores cuando fue sorprendido por un movimiento brusco de la nave. Por el estruendo ensordecedor, pudo notar que la Alianza los había golpeado con un proyectil. Inmediatamente, subió a la superficie y se encontró con su hermano ordenando a las tropas que dispararan contra los cañones enemigos.

El nuevo continente tenía una densa niebla a su alrededor, por lo que no había podido divisar a las fuerzas de la Alianza que se habían ubicado estratégicamente para proteger las tierras que habían descubierto. Ese estratagema, que utilizaba un viejo templo en ruinas como bastión defensivo, les había permitido divisar a las naves de la Horda.

A pesar de los esfuerzos de las fuerzas de Garrosh, el dirigible cayó en picada hacia un final inevitable, la destrucción.

Korogar despertó aturdido, entre restos de madera y metal, tan típico de la Horda de Grito Infernal. En el horizonte pudo divisar, de forma borrosa, una innumerable cantidad de delgadas montañas que se alzaban hasta acariciar las barrigas de las esponjosas nubes. A su alrededor se destacaba una bella vegetación, tan verde como las plantas de la Vega de Tuercespina, pero lo que llamaba poderosamente su atención era el fuerte olor a combustible que había. Eso despertó las alarmas en la confundida mente de Korogar.

¿Dónde está Gavingar?, se preguntó y se reincorporó rápidamente con un insoportable dolor en las costillas que dificultó la tarea. Intentó caminar, mientras llamaba a su hermano a los gritos, pero la única respuesta que obtuvo fue el crepitar del fuego que comenzaba a consumir los restos de la nave. Tenía que encontrar a su hermano, cueste lo que cueste, por lo que a pesar del insufrible dolor recorrió las inmediaciones del lugar del accidente en su búsqueda.

Al cabo de un rato, encontró a su hermano. Gavingar, uno de los mejores guerreros de la Horda, el que continuaba con el linaje de Revingar, se encontraba herido de muerte. Había sido atravesado en uno de sus dorsales por un trozo de hierro que había rasgado la armadura como si se tratara de un pedazo de papel. Korogar no demoró en alzar a su hermano para buscar ayuda. Para su sorpresa, el dolor desapareció. Una inyección de adrenalina corrió por sus venas y dotó al joven orco de habilidades magníficas, como ignorar el dolor.

A pesar de que tenía la fuerza suficiente como para transportar a su hermano, que peleaba por su vida, deambuló por tierras desconocidas sin encontrarse con alguien que pudiera curar las heridas de Gavingar. Por el contrario, un grupo de felinos inmensos lo rodeó contra la pared de una de las grandes montañas.

Las bestias gruñían y mostraban sus dientes. Korogar no tenía forma de defenderse ni de proteger a su hermano, que a estas alturas estaba más muerto que vivo. El orco observó a su alrededor y se percató de que a su izquierda tenía unas cañas de bambú. Dejó a Gavingar en en suelo, quebró una caña y la usó como lanza. Las bestias atacaron y el orco despertó su lado violento, la sed de sangre lo dominó y, cual guerrero experimentado, masacró a los felinos. Luego se desmayó.



Despertó en una cómoda cama. Estaba vendado en una habitación de una cabaña que tenía un raro diseño. A su lado, yacía el cuerpo de su hermano, quien había fallecido, y frente a él había una pandaren, aunque claro está, Korogar no sabía qué era exactamente.

- Murió antes de que pudiera traerlo aquí. Tenemos buenos monjes especializados en curación, quizás entre todos hubieran podido hacer algo. Lo siento- le dijo. -Mi nombre es Xhiun, ¿Cómo te llamas, joven?- preguntó.

Korogar no respondió, apenas tenía ganas de vivir. Las lágrimas brotaban de sus ojos como si se tratara de cascadas que reciben las descargas de los deshielos en verano, pero no emitía un sólo sonido.

- Has sobrevivido a muchas cosas que habrían matado hasta al más fuerte de los guerreros- le dijo la pandaren.- Te llamaré Ujio, es un nombre de campeones como tú.

A pesar de su dolor físico y emocional, en ese momento el orco sintió que el nombre le cabía a la perfección y pudo percibir que la calidez de la pandaren sanaba, muy en el fondo, todo el pesar que estaba atravesando. Korogar ahora se llamaba Ujio...y era una nueva persona.

UN GIRO INESPERADO

La batalla se volvía más sanguinaria con cada paso que daban los ejércitos de la Horda. Las fuerzas élficas caían lentamente, pero no se desmoralizaban. Peleaban con fiereza, a pesar de que eran superados en número. La jefa de guerra, Sylvanas Brisaveloz, había desaparecido del campo de batalla y los soldados de la Horda ya habían conquistado una gran parte del terreno.

Por órdenes expresas de Varok Colmillosauro, les habían perdonado la vida a los civiles que se encontraron, los elfos luchaban con fiereza y determinación a pesar de encontrarse en una evidente desventaja. Todo indicaba que la Horda ganaría esta batalla, al menos hasta que la Alianza enviara a todas sus huestes, pero nadie esperaba los acontecimientos que estaban por suceder. Ni siquiera la propia Horda.

Un estallido, que retumbó hasta en la cueva más recóndita de Costa Oscura y sacudió los cimientos de la misma tierra, llamó la atención de todos los guerreros. De pronto, se sintió otro estallido. Y otro. Y otro más, hasta que el objetivo del ataque se destacó por encima de todos los que estaban involucrados en la batalla. Era Teldrassil, el árbol del mundo, que estaba envuelto en llamas.




El clima se enrareció. Dejó de parecer una guerra y se asemejó más a un funeral. Incluso muchos de los guerreros de la Horda no podían creer lo que estaban observando. Se trataba de un acto de suma crueldad. A orillas del mar se encontraba Sylvanas, junto a Varok y Nathanos, ambos miraban el árbol con incredulidad, como si no creyeran lo que estaba sucediendo. Pero ella tenía satisfacción.

Ujio pudo apreciar con desolación cómo uno de los monumentos naturales más importantes de toda Azeroth era destruido lenta y dolorosamente. Estaba estupefacto, no podía creer lo que había hecho la jefa de guerra. Es que muchas de las razas que integran la Horda tienen un particular vínculo con la naturaleza. Los Tauren creían fervientemente que la Tierra tenía que ser protegida y cuidada, es por eso que habían logrado convertirse en druidas, mientras que los orcos habían recobrado ese espíritu naturista cuando durante el mandato de Thrall como jefe de guerra.

Prontamente, Ujio fue herido. Con un vigor renovado, y una furia incontrolable, un elfo de la noche lo atacó mientras él estaba distraído. Lo hirió de un flechazo en el hombro derecho. Pero el monje tenía dominio sobre distintas disciplinas y una de ellas era curar, con lo cual se quitó el proyectil del cuerpo, giró en el suelo para resguardarse detrás de una columna de madera, y se curó la herida lo mejor que pudo.

Los últimos días habían sido intensos en muchos aspectos, es por eso que le costó recuperarse. Rápidamente salió de su escondite para enfrentarse al elfo que lo había herido, pero ya había sido ultimado por un elfo de sangre paladín. Con un breve gesto de la cabeza, le agradeció y continuó luchando contra otros soldados.

Al cabo de un par de horas, todo amainó. Los últimos elfos fueron capturados, quizá por presión del mismísimo Varok o porque la sed de sangre de Sylvanas estaba saciada. Ujio buscó entre los cadáveres que estaban regados por la playa para ver si se encontraba con alguno de sus amigos (tanto de su bando como del contrario), pero ellos no estaban ahí. Aparentemente, todos estaban vivos y coleando, lo que le dio una cuota de esperanza al orco.

Ujio sentía que la cruzada de Brisaveloz estaba pasando todos los límites. La guerra no se trataba de matar inocentes y destruir todo a su paso, sino de someter a aquellos que amenazaban la integridad de los pueblos que componen la Horda. Pero atacar al árbol del mundo era algo que iba más allá de su comprensión.

Fue en ese momento que recordó las últimas palabras de Vol’jin cuando designó a Sylvanas como jefa de guerra: “Sólo algunos lo entenderán”. La curiosidad se apoderó de su mente y se preguntó qué era lo que sabía el troll para tomar semejante decisión y cuál era el secreto de la reina alma en pena, sin embargo, eso sólo sería develado por el tiempo. Sólo restaba esperar pacientemente, mientras aún tenían la ventaja.

IMÁGENES DEL PASADO

Ujio se encontraba en las afueras del campamento principal que había montado la Horda en Costa Oscura. Luego de formar parte de los movimientos estratégicos de las fuerzas de Sylvanas y de enfrentamientos sangrientos, había logrado encontrar un lugar con un poco de paz que le ayudaba a digerir la matanza que habían perpetrado en su camino hacia Darnassus, aunque en el fondo sabía que se trataba de una paz efímera.

Sentado de espaldas a un árbol, que era un triste testigo del derramamiento de sangre que se dio en las tierras de los elfos, el monje reflexionaba sobre los constantes conflictos entre la Horda y la Alianza con la mirada perdida en los vestigios de la hoguera que había encendido horas antes. Las brazas aún siseaban y desprendían un particular humo gris, que le hizo recordar las noches que pasaba junto a su familia en el Valle de los Retos, cuando era tan sólo un niño.

Su padre, Revingar, había sido un eximio guerrero de la Horda. Fue uno de los primeros orcos en atravesar el portal oscuro cuando era joven. Participó de la primera y la segunda guerra, mientras que en la tercera se alejó de las armas y partió hacia Kalimdor junto a Thrall, con el único fin de comenzar una familia con su pareja, Gertha (una espía que respondía al Jefe de Guerra) en las prometedoras tierras de Durotar.



Los primeros años de la vida de Ujio habían sido buenos. Cada fin de semana, cuando su padre terminaba de recolectar recursos para la Horda en los aserraderos de Vallefresno, encendían una fogata y contaban historias de su pasado en Draenor. Revingar había sido un miembro activo del clan Lobo Gélido hasta su partida a Kalimdor y Ujio siempre había admirado la unidad que había tenido el clan. Una vez su padre le había prometido que viajarían hasta Alterac para que él pudiera conocer a los Lobo Gélido, a sus hermanos. Pero eso nunca pasó.

Tiempo después de haber erigido la ciudad capital de Orgrimmar, la Horda fue invadida por el Almirante Daelin Valiente. Revingar fue uno de los primeros orcos en ser enviados a combatir a los invasores, pero el tiempo es tirano, especialmente con las buenas personas. El orco era demasiado viejo como para combatir contra los vigorosos soldados humanos. Las fuerzas de la Horda se alzaron victoriosas con la ayuda del Mok’Nathal Rexxar, pero hubo una importante cantidad de bajas, entre las que se encontraba el padre de Ujio.

La ceremonia de despedida había sido emotiva y bella. Revingar fue cremado en una hoguera, que despidió casi el mismo aroma que sentía Ujio en ese instante reflexivo en la Costa Oscura. Aquel olor lo transportó a través del tiempo y del espacio. De pronto, se encontraba frente a la pira en la que ardía el cuerpo de su padre, luego de haber sido atravesado por un mandoble.

Poco a poco, Ujio comenzó a sentir las mismas emociones que sintió aquel nefasto día. Sintió las manos de su madre, que lo tomaban de los hombros, mientras que su hermano mayor, Gavingar, le cogía la mano derecha. Las lágrimas brotaban de sus ojos y caían por sus redondeadas mejillas, tan típicas de los niñatos orcos. Quería venganza. Quería despedazar a los infames que habían invadido su hogar y asesinado a su padre. Quería…apartó la mirada de las brazas y se reincorporó.

En su interior había una encarnizada batalla, aún peor que la que se había librado -y aún se libraba- en la Costa Oscura. Por un lado, sentía un profundo pesar por haber quitado tantas vidas, no sólo de los soldados elfos sino además de los ancestros, aquellos viejos protectores del mundo. Por el otro, sentía que debía proteger a su gente para que ningún otro niño orco, tauren, goblin o de cualquier raza perdiera a sus seres queridos.

Entonces Ujio recordó una vieja charla que había tenido con su maestro, Ucoh Puño de Acero, tiempo atrás en las atalayas del Templo del Tigre Blanco. El tiempo me ha enseñado que ningún ciudadano debe afligirse por las decisiones de sus líderes. Lo único que puedes hacer es tomar una decisión personal: hacerte a un lado o pelear por tu gente, aunque eso signifique invadir otros territorios y arrebatar vidas. Pero recuerda, siempre hazlo con honor, le había dicho.

Esas palabras retumbaron en su cabeza como el sonido de los tambores de guerra orcos, rítmica e insistentemente, incitándolo a tomar las armas. Ujio volvió al campamento de la Horda con un sólo objetivo, formar parte del frente que tomaría Darnassus.