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viernes, 21 de septiembre de 2018

LA GUERRA DE SANGRE

Los ejércitos de los trols de sangre se movilizaban con el único objetivo de destruir el último sello de protección que quedaba en pie en Zandalar. La carrera por salvar a Zuldazar de las influencias malignas de los trols de sangre estaba por llegar a su fin. En tanto, la princesa Talanji, junto a otros héroes de Azeroth, había comprobado que intentaban invocar a G’huun, el quinto dios antiguo, lo que implicaba una amenaza aún mayor.

La epifanía de Ujio, que había visto en su encuentro dimensional con lo que él suponía que era un dios antiguo, le había dado la posibilidad de tomar medidas inmediatas. Apenas recuperado de la herida que le habían ocasionado los trols, se subió a lomos de Colmilloferoz con la única intención de defender la capital del otrora imperio. Hiasing hizo un leve gesto de desaprobación, pero inmediatamente montó a su raptor, Tuluki, para acompañar a su amigo, que aún estaba débil. Rokhan y Talanji no se quedaron atrás y se dispusieron a pelear la batalla. Así, otros cuantos guerreros se alinearon detrás de la comitiva que encabezaba Ujio.

Desde la cicatriz que habían hecho en Nazmir, los trols de sangre marchaban firmes y raudos. Nada parecía poder detenerlos, ya que eran miles formando con la misma disciplina que un verdadero ejército. En la oscuridad, generada por los gases y la humedad del pantano, el escuadrón de Ujio vigilaba el avance de las fuerzas de G’huun.

Ujio desvió hacia el oeste a sus seguidores para que no se topen con los trols de sangre en un cuello de botella que se formaba más adelante en el camino, pero él continuó por la misma senda con el objetivo de encontrar alguna manera para retrasarlos. Tiró de las riendas de Colmilloferoz para que galope más rápido y logró adelantarse alrededor de un kilómetro de sus enemigos.

Con cada movimiento que hacía, sus costillas le dolían agudamente. A pesar de haber sido curado recientemente, el orco tomaba riesgos al moverse tan osadamente, ya que podría volverse a abrir la herida.

A pesar de que se encontraba lejos y las emanaciones del pantano no le permitían ver apropiadamente, el orco podía sentir las vibraciones que generaba el ejército en el terreno. Desesperado, miró en todas direcciones buscando algo que pudiera detener aunque sea por un momento a las fuerzas de Zul. No tardó demasiado en percatarse de que una manada o, mejor dicho, una población entera de hipopótamos vivía en los pantanos.

Con osadía, corrió y se subió al lomo del macho alfa. La bestia no dudó ni un segundo en saltar de un lado para el otro para quitarse de encima al monje que, con cada salto, sentía el dolor en su cuerpo. Afortunadamente para él, logró dominar a la bestia y la incitó a correr en dirección al ejército, por lo que el resto de los animales la siguieron.

La estampida fue un éxito. El orco no pudo ser testigo de las innumerables bajas que ocasionó con esa inteligente acción estratégica. “Juega con las ventajas del terreno”, solía decirles Revingar a él y su hermano, lo que sin dudas era una de las claves de la guerra. Así ganó el tiempo que necesitaba para llegar a la capital y prepararse para la guerra.

Zuldazar, capital zandalari.
Tiempo. Sólo eso había ganado el orco con su maniobra defensiva. Es que en Zuldazar el profeta Zul tenía infiltrados que comenzaron con el ataque. Las fuerzas fieles al rey Rastakhan defendían el último sello, que mantenía protegida a la isla de Zandalar, pero sus esfuerzos comenzaban a menguar.

Ujio llegó a lomos de Colmilloferoz, sin sospechar con lo que se encontraría. Los infiltrados estaban doblegando a los zandalari. Sus cejas se unieron y sus ojos se cerraron levemente, mostrando su desprecio hacia los trols de sangre. Ataca…¡Ahora!, le ordenó a la loba, que inmediatamente saltó sobre el primer enemigo que se le cruzó en el camino. Ujio quería desmontar, pero su estado no le permitía hacer eso sin que haya consecuencias.

En la lejanía pudo ver a Hiasing, Rokhan y Talanji luchando con el mismo fervor. Lentamente, comenzaban a ganar terreno, pero lo peor aún estaba por llegar.


En lo alto de las pirámide central, donde se ubicaba el Gran Sello, Zul se enfrentaba a Rastakhan. El rey de Zandalar tenía un poder inconmensurable, producto de su ofrenda a Bwomsandi, lo que le permitió que la pelea se inclinara a su lado.

Sin embargo, en medio del fragor de la batalla, Mythrax, un poderoso esbirro de los dioses antiguos, lanzó un poderoso rayo que destruyó por completo el último sello protector y así, la esperanza se esfumó y el terror reinó.

Mythrax, esbirro de los dioses antiguos.


lunes, 17 de septiembre de 2018

LA VUELTA DEL DRAGÓN

Todos miraban con asombro al agonizante monje. Su torso comenzaba a tornarse de un color oscuro, quizá producto de las oscuras magias que manejan los trols de sangre, y su piel estaba pálida. Las sombras se lo querían llevar.

A su lado, se encontraba su amigo Hiasing, que había sobrevivido a la batalla de Entrañas -más por su conexión con los elementos que por la ayuda que recibió de la jefa de guerra- y había llegado a Zandalar tras recuperarse de sus heridas. Ehtoh no va nada bien, vamoh a necesitar flores medicinaleh, sostuvo el chamán, mientras tocaba tímidamente las manchas que tenía Ujio en su cuerpo.

Rokhan también estaba allí. No lo dudó ni un segundo, simplemente se lanzó a recorrer las inmediaciones para recoger las hierbas que necesitaba el monje para su recuperación. Colmilloferoz no se alejaba de su lado, aunque, de tanto en tanto, lanzaba un profundo aullido que denotaba dolor por el sufrimiento de su amigo.


Ujio sólo veía sombras. Oscuridad. Vacío. Si bien no podía observar nada a su alrededor y a duras penas podía ver sus propios miembros, sabía que alguien lo observaba, que era vigilado de cerca por una entidad. Tu fin se acerca...puedes aceptarlo y morir...o unirte a nosotros y gobernar por el resto de la eternidad, le susurró una voz similar a la del ignoto.

N'zoth, dios antiguo.
Aunque tenía su campo de visión limitado por la pérdida de un ojo y la oscuridad del lugar, Ujio podía sentir movimiento a su alrededor. Lo que sea que se moviera, impregnaba el aire con una humedad repugnante, lo que le recordó a los tentáculos de la criatura que había asesinado minutos antes...entonces supo a qué se enfrentaba.

Puedes matarme con tranquilidad, criatura, dijo el monje. Nada de lo que puedas ofrecerme me hará arrodillarme ante tí. La respuesta de Ujio no sorprendió a la criatura, por el contrario tenía muchas propuestas para hacerle.

Se siguió moviendo a su alrededor. Ambos se encontraban en alguna especie de plano etéreo, donde su integridad física no peligraba. Sin embargo, podía tener letales consecuencias para sus respectivos espíritus.
¿Acaso no quieres reencontrarte con tu familia?, preguntó la criatura maliciosamente. El monje dudó...era lo que más quería en el mundo. Pero eso no era posible. Su mente fuerte lo llevó a percatarse de la estrategia de la entidad que lo vigilaba, quería remover sus sentimientos más profundos para hacerlo dudar y, acto seguido, sumarlo a sus filas. Eso no es posible y, aunque lo fuera, lo que sucedió es lo que acepto como real, le contestó.


Hiasing llamó al agua, elemento de la vida, con la que mantuvo al monje con vida. Ete perro eh duro, dijo para sí mismo, aunque todos los presentes lo escucharon. Si bien habían pasado pocos minutos, Rokhan volvió con lo que el chamán necesitaba para recomponer la salud de Ujio.

Le entregó las hierbas a Hiasing, quien las molió, mientras las mezclaba con algunos jugos sospechosos. Entonces, escupió en el tazón donde preparó el brebaje y se lo arrojó al monje sobre la herida que tenía en las costillas derechas. Ujio emitió un grito ahogado. Ese reflejo les dio esperanza a todos de que el monje se recomponga.


El monje permanecía calmo. De alguna extraña manera, sabía lo que sucedía en el mundo físico y confiaba en que volvería a su cuerpo próximamente. Sin embargo, para eso debía aguardar en ese tenebroso, húmedo y apestoso lugar en el que se encontraba.

Hace años que miramos a tu raza y tú eres uno de los que más se destaca. Burlaste a la muerte en otra ocasión, aún cuando toda tu familia sucumbió ante heridas similares. Eres un hueso duro de roer…, le dijo la criatura. Con nosotros alcanzarás la gloria, serás nuestro general más grande, tendrás un poder…, el ser detuvo en pleno monólogo. Algo llamó su atención. La niebla oscura se disipó.


Ujio abrió sus ojos. A su alrededor estaban sus compañeros de armas y amigos. Hiasing rió, Rokhan suspiró y la princesa Talanji hizo un ademán con su cabeza. Colmilloferoz, por su parte, parecía más un perro faldero que una poderosa loba de guerra, ya que su cola se movía de un lado hacia el otro y brincaba sin parar. El monje la miró con cara de muerto y le sonrió.


Su torso ya no estaba infectado por la influencia oscura de los trols de sangre, aunque aún se sentía debilitado. Con esfuerzo -y dolor- se sentó por sus propios medios, miró a todos alrededor y les dijo: “Logré ver algo...Zuldazar está bajo ataque, ¿Qué les parece si vamos a defenderla?”.

lunes, 10 de septiembre de 2018

UN VÍNCULO ETERNO

Habían elegido un itinerario seguro para garantizar su seguridad. Gertha y Gavingar habían planificado durante meses el viaje hasta Alterac, hogar de los Lobo Gélido. Habían seleccionado meticulosamente cada uno de los lugares en los que acamparían, donde comprarían provisiones y con quienes tratarían en los Reinos del Este. Todo para garantizar la seguridad del miembro más pequeño de la familia en su primera gran aventura.

Desde aquel fatídico atardecer en el que cremaron a Revingar en Durotar, habían tratado de terminar de cumplir con la promesa que le había hecho a Korogar, que aún desconocía que se convertiría en el prometedor Ujio. Debían llevarlo a las montañas de Alterac para que conozca al clan Lobo Gélido, al que pertenecía desde su nacimiento por ser hijo de su padre. Y allí se encontraban los orcos, que antaño habían llegado desde un Draenor devastado, esperando con ansias que la familia del glorioso Revingar se uniera al clan. El clima de algarabía era generalizado. Algunos había combatido al lado del experimentado guerrero, mientras que otros lo habían guiado espiritualmente y los más jóvenes conocían sus hazañas por los relatos orales. En todos los casos, tenían un buen concepto del difunto orco.

Para el niño todo era nuevo. Él había nacido en Durotar, un desierto de tierra colorada que se encontraba entre el mar y el río, donde los raptores y los escórpidos deambulaban cazando a los jabalíes, y el calor era tan intenso que hasta su gruesa piel se sentía incómoda ante la exposición a los rayos del sol. Alterac era gélido y el viento propiciaba un clima pacífico, mas no amable. Las criaturas no andaban libremente por las inhóspitas condiciones, se refugiaban y esperaban al momento indicado para salir de sus madrigueras.

Sin embargo, allí se encontraban los orcos. Erguidos, aguardando la llegada de linaje del campeón de la Horda. Formaron un pasillo entre las tiendas en las que vivían, que estaban recubiertas de un cuero duro de algún animal de la zona, y a medida que Gertha, Gavingar y Korogar pasaban a su lado, se golpeaban el pecho en señal de respeto.

Drek’thar recibió a los miembros del clan y saludó al pequeño Korogar. Hola, joven guerrero, le dijo mientras se golpeaba el pecho e inmediatamente los invitó a recorrer las instalaciones del clan. Entre tiendas y corrales con ganado, Korogar divisó una pequeña cría de lobo que se apegaba fuertemente a la panza de su madre. Haciendo caso omiso a la guía que ofrecía el experimentado chamán, se dirigió hacia el lugar donde se encontraba la loba con sus crías, hipnotizado por la tierna imagen que podía apreciar.



Se acercó lentamente, más por instinto que por ser consciente de los daños que podría hacerle la madre si lo tomaba como una amenaza, y se detuvo frente a las bestias. Se arrodilló y acarició a loba mientras amamantaba a sus crías. El animal le lengüeteó la mano con cariño y Korogar sintió que hasta le sonrió. En medio de esa conexión tan íntima y profunda, se le acercó una de las crías y le mordió una botamanga, mientras emitía un gruñido infantil. Sin duda eres un lobo gélido, le susurró Drek’thar.



Así pues, el chamán le aseguró que esa pequeña cachorra lo había elegido como compañero, por lo que lo instó a nombrarla. El niño orco pensó y pensó en un buen nombre de batalla, pero no fue hasta que notó que la loba tenía un sólo colmillo desarrollado que decidió ponerle un nombre: Colmilloferoz.



El joven Korogar volvía todos los años a ver a su fiel compañera, pero esta ocasión era distinta. A sus jóvenes 16 años, el orco volvía a las tierras del clan Lobo Gélido con malas noticias. El último miembro de su familia, Gavingar, había muerto en el descubrimiento de Pandaria.

Vestía un manto andrajoso, que cubría el extraño uniforme de otras tierras que llevaba puesto. Pero ni siquiera la capa agujereada ni los ropajes de lugares lejanos podían eclipsar la tristeza que mostraba en sus ojos.

Drek’thar lo esperaba en lo alto de una colina, dentro de los dominios de los Lobo Gélido. Aunque carecía de visión, el chamán sabía lo que le sucedía al orco. El viento se lo había comunicado apenas había sucedido, por lo que había tenido tiempo para elegir las palabras que le diría al joven Korogar.

Estás con los tuyos. Nosotros somos tu familia, le dijo al recibirlo. Aunque las palabras del chamán no habían sanado sus heridas emocionales, Ujio esbozó una sonrisa que denotaba agradecimiento. Se dirigieron a la tienda de Drek’thar, donde había una pequeña mesa con comida recién preparada y distintas bebidas alcohólicas, se sentaron y se miraron durante un breve momento.

Sé lo que piensas, lanzó el chamán. Crees que estás solo, pero estás equivocado. Los Lobo Gélido nunca abandonamos a nuestros hermanos...puedes preguntarle a alguien que te estaba esperando. Ujio abrió sus ojos como platos, sorprendido por haberse olvidado de su fiel compañera. Salió raudamente de la tienda y se dirigió a los corrales. A pesar de ser muy obediente, al ver al orco, Colmilloferoz saltó por encima de las cercas de madera y fue a su encuentro.

La bestia se paró sobre sus miembros inferiores y se posó sobre el torso del orco, quien la abrazó con fuerza. Las tragedias que había atravesado lo habían llevado a olvidarse de todo lo que le quedaba, que no era poco. A esto me refería, le dijo el chamán. Este es un vínculo para toda la vida.

martes, 4 de septiembre de 2018

UN DUELO PERDIDO


Su torso estaba empapado en sangre, producto de la herida que recibió en las costillas derechas. Su visión comenzaba a fallar y veía borroso. Los recuerdos comenzaban a poblar su mente y la posibilidad de una muerte honorable se asomaba lentamente en el horizonte. En una tierra donde alguna vez supo existir un poderoso imperio, alzado por una cultura milenaria, ahora reinaba la oscuridad. Una oscuridad tan tétrica y perversa, que era capaz corromper la realidad y las creaciones divinas de los longevos loa.



Esta imagen le pertenece a Blizzard.
Allí estaba Ujio, inmóvil ante la aparición de un ignoto. Jeth’laax, se hacía llamar la criatura que irradiaba energías púrpuras, magentas, azules y negras mientras se acercaba al monje. Era un comandante de los dioses antiguos, una criatura capaz que luchar contra legiones enteras de guerreros, que había sido invocada por la sed de sangre del orco, que asesinó a una veintena de trols de sangre en medio de un ritual de invocación.

El arrepentimiento de Ujio era inconmensurable. Recordó la premisa del clan Lobo Gélido, que luchaba contra la sed de sangre típica de los orcos y se lamentó por no lograr suprimir ese instinto tan...primitivo. No sentía lástima por el destino que le aguardaba, sino por el que les tocaría vivir a las razas de todo Azeroth producto de su falta de autocontrol. El ignoto se detuvo a tan sólo unos pasos del monje y lo miró, a través de sus anaranjados ojos acuosos, con una malicia que sólo conocieron los que atravesaron la misma experiencia.

Ujio observó rápidamente la anatomía del Jeth’laax. Sabía que si encontraba un punto débil, tendría una chance de golpear y al menos ganar tiempo para avisarles a los demás. El ignoto tenía extremidades de tentáculos, que parecían ser lo suficientemente fuertes como para terminar de destrozar sus costillas y producirle la muerte.

Fue entonces que pudo notar que una sombra gris se movía a gran velocidad hacia la criatura. Rápidamente, de un salto golpeó al ignoto desde su flanco izquierdo y le produjo una herida en las cercanías del cuello. Ujio se percató de que aquella sombra que había atacado al agente de los dioses antiguos no era ni más ni menos que su compañera de viaje, Colmilloferoz.

No. No lo hagas, ¡Te ordené que te vayas de aquí!, gritó el orco con lágrimas en los ojos, a sabiendas de la diferencia de poder que tenía con la aberración. La loba volvió a atacar, pero el ignoto, enfurecido por haber sido herido por una bestia a la que consideraba inferior, hizo gala de sus poderes. La detuvo en el medio del aire y la comenzó a ahorcar con sus energías oscuras, sin hacer siquiera esfuerzo físico. Colmilloferoz gemía, como si se tratara de una cachorra que llama a su madre, quizá producto de los efectos del contacto de los haces oscuros que entraron en contacto con cada fibra de su cuerpo.

Ujio no pudo soportar la imagen. La loba era uno de sus seres más queridos y la había criado desde pequeña en Alterac. Era uno de los pilares de su vida…

El ignoto seguía sometiendo a la bestia, con saña y desprecio, lo que favoreció el ataque del orco. Con una energía renovada, enfocada en salvar a su compañera de viaje, saltó por encima de Colmilloferoz y atacó, con su mano izquierda, la herida que la loba le había provocado al ignoto. Con los dedos estirados hacia delante, como si se tratara de una lanza, Ujio penetró la herida de la criatura. Su brazo se enterró hasta por encima del codo y cayó pesadamente junto al cuerpo del comandante de los dioses antiguos, que murió inmediatamente.

Colmilloferoz se recuperó raudamente -al parecer el ataque del ignoto era más parecido a una tortura que a una ofensiva mortal- y se acercó hasta el monje, que se encontraba en el suelo respirando con dificultad.
Gracias, vieja amiga, le dijo Ujio luego de escupir sangre. Me salvaste cuando ya nada me quedaba...y ahora me salvaste nuevamente...nos salvaste a todos, agregó justo antes de quedar inconsciente en medio del territorio de los trols de sangre.