Los ejércitos de los trols de sangre se movilizaban con el único objetivo de destruir el último sello de protección que quedaba en pie en Zandalar. La carrera por salvar a Zuldazar de las influencias malignas de los trols de sangre estaba por llegar a su fin. En tanto, la princesa Talanji, junto a otros héroes de Azeroth, había comprobado que intentaban invocar a G’huun, el quinto dios antiguo, lo que implicaba una amenaza aún mayor.
La epifanía de Ujio, que había visto en su encuentro dimensional con lo que él suponía que era un dios antiguo, le había dado la posibilidad de tomar medidas inmediatas. Apenas recuperado de la herida que le habían ocasionado los trols, se subió a lomos de Colmilloferoz con la única intención de defender la capital del otrora imperio. Hiasing hizo un leve gesto de desaprobación, pero inmediatamente montó a su raptor, Tuluki, para acompañar a su amigo, que aún estaba débil. Rokhan y Talanji no se quedaron atrás y se dispusieron a pelear la batalla. Así, otros cuantos guerreros se alinearon detrás de la comitiva que encabezaba Ujio.
Desde la cicatriz que habían hecho en Nazmir, los trols de sangre marchaban firmes y raudos. Nada parecía poder detenerlos, ya que eran miles formando con la misma disciplina que un verdadero ejército. En la oscuridad, generada por los gases y la humedad del pantano, el escuadrón de Ujio vigilaba el avance de las fuerzas de G’huun.
Ujio desvió hacia el oeste a sus seguidores para que no se topen con los trols de sangre en un cuello de botella que se formaba más adelante en el camino, pero él continuó por la misma senda con el objetivo de encontrar alguna manera para retrasarlos. Tiró de las riendas de Colmilloferoz para que galope más rápido y logró adelantarse alrededor de un kilómetro de sus enemigos.
Con cada movimiento que hacía, sus costillas le dolían agudamente. A pesar de haber sido curado recientemente, el orco tomaba riesgos al moverse tan osadamente, ya que podría volverse a abrir la herida.
A pesar de que se encontraba lejos y las emanaciones del pantano no le permitían ver apropiadamente, el orco podía sentir las vibraciones que generaba el ejército en el terreno. Desesperado, miró en todas direcciones buscando algo que pudiera detener aunque sea por un momento a las fuerzas de Zul. No tardó demasiado en percatarse de que una manada o, mejor dicho, una población entera de hipopótamos vivía en los pantanos.
Con osadía, corrió y se subió al lomo del macho alfa. La bestia no dudó ni un segundo en saltar de un lado para el otro para quitarse de encima al monje que, con cada salto, sentía el dolor en su cuerpo. Afortunadamente para él, logró dominar a la bestia y la incitó a correr en dirección al ejército, por lo que el resto de los animales la siguieron.
La estampida fue un éxito. El orco no pudo ser testigo de las innumerables bajas que ocasionó con esa inteligente acción estratégica. “Juega con las ventajas del terreno”, solía decirles Revingar a él y su hermano, lo que sin dudas era una de las claves de la guerra. Así ganó el tiempo que necesitaba para llegar a la capital y prepararse para la guerra.
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| Zuldazar, capital zandalari. |
Ujio llegó a lomos de Colmilloferoz, sin sospechar con lo que se encontraría. Los infiltrados estaban doblegando a los zandalari. Sus cejas se unieron y sus ojos se cerraron levemente, mostrando su desprecio hacia los trols de sangre. Ataca…¡Ahora!, le ordenó a la loba, que inmediatamente saltó sobre el primer enemigo que se le cruzó en el camino. Ujio quería desmontar, pero su estado no le permitía hacer eso sin que haya consecuencias.
En la lejanía pudo ver a Hiasing, Rokhan y Talanji luchando con el mismo fervor. Lentamente, comenzaban a ganar terreno, pero lo peor aún estaba por llegar.
En lo alto de las pirámide central, donde se ubicaba el Gran Sello, Zul se enfrentaba a Rastakhan. El rey de Zandalar tenía un poder inconmensurable, producto de su ofrenda a Bwomsandi, lo que le permitió que la pelea se inclinara a su lado.
Sin embargo, en medio del fragor de la batalla, Mythrax, un poderoso esbirro de los dioses antiguos, lanzó un poderoso rayo que destruyó por completo el último sello protector y así, la esperanza se esfumó y el terror reinó.
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| Mythrax, esbirro de los dioses antiguos. |





