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viernes, 8 de marzo de 2019

STENGE DE LA ALIANZA

Stenge era un mago experimentado. Dominaba con maestría las artes mágicas y tenía un gran conocimiento sobre la historia del Kirin Tor. Era bien considerado por sus colegas en Ventormenta y adoraba visitar otras ciudades y pueblos en la búsqueda de viejos tomos de magia. A pesar de todo eso, a Stenge no le gustaba entrar en combate. Él sostenía que el diálogo, sentado en las bases del respeto y la empatía, podía resolver cualquier conflicto y que era una herramienta que les permitía evolucionar a las sociedades. 
Eso cambió cuando Sylvanas quemó el árbol del mundo. Semanas antes del trágico evento, Stenge les había prometido a sus dos hijas que las llevaría a conocer el hogar de los elfos de la noche. Su trabajo como mago le llevaba gran parte del tiempo y, desde la muerte de su esposa, le había costado mucho trabajo criar a sus hijas. Sarah tenía 14 años y era la mayor, soñaba con convertirse en la esposa del rey Anduin Wrynn, mientras que Ethernia apenas alcanzaba los 10 y aspiraba a emular la carrera de su padre. Iria, su madre, había muerto por una extraña enfermedad que, según Stenge, era de origen mágico, aunque nunca pudo comprobarlo. 
Usando sus influencias, el viejo mago había conseguido permiso para que sus hijas pasearan los rincones más exclusivos de Darnassus y conocieran a la mismísima Tyrande Susurravientos. Esa misma mañana, Stenge despertó y se sorprendió al encontrarse con que Sarah y Ethernia ya se habían levantado y le habían preparado el desayuno. Más tarde, se dirigieron hasta el Barrio de los Magos de Ventormenta, donde un viejo amigo de Stenge los esperaba con un portal abierto hacia Darnassus. Era la primera vez que las niñas atravesarían “la magia”, como su padre solía decirle. 
Al llegar al Árbol del Mundo, pasearon por los puestos comerciales de los elfos, donde compraron comida nativa y se hicieron amigas de varios niños que jugaban en las calles. Stenge estaba pasando el mejor día de su vida, sentía que todo recobraba sentido. Pero la alegría es un estado pasajero, efímero como el zumbido de una flecha que vuela hacia su objetivo, y puede cambiar de un segundo a otro.
Un poderoso estruendo alertó al mago. Luego siguió otro, que sonó más cercano. Y luego otro. La seguidilla de explosiones le hizo pensar que se encontraban bajo ataque, por lo que corrió rápidamente por sus hijas. A pesar de que los músculos de sus piernas trabajaron como nunca, y hasta quizá corrió más rápido que cualquier otro humano jamás, el siguiente lanzamiento cayó directamente sobre sus hijas.
Todo se terminó. 

La quema de Teldrassil se llevó a las hijas de Stenge.

Llevaba varias semanas encerrado en su hogar, cuando la puerta sonó. Si bien le llamó la atención que alguien lo buscara, no atendió y permaneció inmóvil, mirando la chimenea, que aún tenía los restos de la leña que habían usado la noche anterior al ataque de la Horda a Darnassus. Inmediatamente, la puerta se abrió y un soldado de la Alianza ingresó con un mensaje del rey Anduin Wrynn. 


- ¿Es Usted Stenge Fuegoescarcha?- preguntó tímidamente el soldado, que estaba asombrado por la gran cantidad de botellas que vacías que había desperdigadas por todos los rincones de la casa. 
- Ese hombre murió cuando la Horda atacó Darnassus. Por favor, deje de desperdiciar su tiempo y busque a alquien que realmente pueda ayudarlo.- sugirió Stenge. A ese punto, el soldado no sabía si hablaba el hombre o el alcohol que había ingerido. 
El rey Anduin solicitó su ayuda.
- Pues...el rey Anduin Wrymm solicita sus servicios. Él conoce...su situación y cree que podría ofrecerle una misión que lo ayudaría a pasar este...mal momento.- le dijo.- Le dejaré la convocatoria sobre la mesa. Espero que la lea y tome una decisión correcta. 

Stenge esperó a que el soldado se vaya para tomar el pergamino y leer la propuesta que la Corona tenía para él. 

Al señor Stenge Fuegoescarcha, 

Yo, el rey Anduin Wrynn de Ventormenta, solicito sus servicios, tal y como mi padre, Varian Wrynn, lo hizo en el pasado. La guerra ha tocado a nuestra puerta, es menester responder su llamado con inteligencia. Es por eso que necesito de sus conocimientos para dar caza a unos guerreros que se han rebelado contra el liderazgo de Sylvanas y que podrían sernos de ayuda para darle fin a este conflicto de la mejor y más rápida manera. 
La misión involucrará matar a muchos soldados de la Horda y, a pesar de que no es lo que busco, consideró que será mejor que esperar a que masacren a nuestros hermanos y hermanas. 
Espero su rápida respuesta. Ojalá que esta misión le permita encontrar la paz. 


Con respeto, Anduin Wrynn. 


Pasaron dos semanas hasta que Stenge llegó a Vallefresno, junto a un elfo de la noche druida, llamado Colostuss, y a una cazadora de la misma raza, Valennia. Los tres habían sido tocados por la mano de la muerte. El elfo había perdido a sus padres en el ataque, mientras que la elfa había perdido a su pareja. Todo era muy trágico. 
No hablaron mucho durante el viaje ni en medio de la cacería. El objetivo era sencillo, encontrar a un monje rebelde y a su ayudante, que aparentemente era un guerrero, para sacarles información y, de ser posible, convertirlos en agentes de la Alianza. Los reportes de inteligencia indicaban que no debían ser muy peligrosos. Ujio había sido un peón hasta hacía unos años atrás, no tenía la experiencia que juntaban estos prodigiosos soldados de la Alianza, mientras que de su colaborador se sabía poco. Sólo sabían que era un cascarrabias. 
No tardaron demasiado en dar con ellos. Para colmo, se los encontraron en las mejores circunstancias, combatían contra unas forestales oscuras de la jefa de guerra, Sylvanas Brisaveloz. A pesar de que tenían órdenes claras de llevarlos con vida ante el rey Anduin, el recuerdo de lo sucedido aquel día nubló el juicio de Stenge y sus compañeros, lo que inevitablemente hizo que atacaran con todo lo que tenían. 
Pero todo resultó mal. 

Stenge despertó con su cuerpo entumecido. Tenía el lado derecho de su cara cubierto de hierba por estar tirado inconsciente durante horas. El elfo yacía a unos veinte metros con el cráneo partido en dos, mientras que no había rastro de la elfa. En tanto, las forestales oscuras estaban desperdigadas por todo el campo de batalla. Están bien muertas, pensó Stenge, lo que le pareció terrible, pero a la vez gracioso. 
Intentó recordar todo lo que había sucedido. Su última imagen fue un orco que se acercaba a su posición rápidamente. Sorprendentemente, no lo mató. Ese era el objetivo que estaba buscando junto a su grupo y que, de no haberse dejado llevar por las emociones, seguramente habría capturado. Pero la misión no había terminado, aún no. Inspeccionó el terreno y notó que el rastro estaba fresco.
Esta vez no se me escaparán. 
En Vallefresno falló su misión. 
Las huellas lo llevaron hasta Trinquete. Allí, los vio dialogar con un pequeño goblin pirata en el muelle. Luego se subieron a un barco y partieron. No pudo evitar pensar que atacarían Ventormenta, aunque eran demasiado pocos para invadir la ciudad, por lo que optó por hacer sus averiguaciones antes de sacar conclusiones apresuradas. 
Repartió oro por todo Trinquete, hasta que un soplón le contó la verdad. 
El grupo por el que preguntas buscaba la riqueza que se perdió bajo el agua en el Puerto de Menethil, luego del cataclismo de Alamuerte. Si me preguntas, creo que estaban mintiendo y que querían matar a alguien, pero no lo sé a ciencia cierta. Si me das otras 200 monedas puedo llevarte hasta allí, le dijo el goblin. 
Stenge aceptó, pagó y se propuso nunca dejar de darles caza a los orcos que el rey quería tener de su lado. 

martes, 5 de marzo de 2019

LOS CINCO

El mar estaba tranquilo y el barco, que había zarpado dos semanas atrás desde Trinquete, marchaba raudo y veloz. Ujio, Revingar, Hiasing y otros cuatro tripulantes, que se habían sumado como voluntarios a la iniciativa del monje, iban en la bodega, apretados entre barriles de cerveza y vino de mala calidad, cajones de frutas fresca y carne seca, y otras yerbas que preferían no saber de dónde provenían.
Tenían un pequeño atril en el que planificaban los próximos movimientos que realizarían para entorpecer los envíos de provisiones de la Alianza a Kul Tiras y, por supuesto, a Zandalar también. Incluso, intentarían sembrar el terror entre los guerreros que permanecían custodiando las bases de la Alianza en los Reinos del Este. Llamaremos su atención y los obligaremos a preocuparse por nosotros, pensó Ujio.
Revingar estaba ansioso por partir cráneos, tal y como hizo con el druida que intentó matarlo en Vallefresno. Su ansiedad era tanta que a duras penas le prestaba atención a las directrices de su hijo. Por su parte, Hiasing intentaba visualizar cuáles eran los puntos flacos en la planificación del monje.

- Si logramos pasar desapercibidos en el Puerto de Menethil, podríamos llegar a Arathi en cuestión de horas y, desde allí, dirigirnos hasta la Fortaleza de Durnholde para atacar las caravanas de suministros que parten desde las Tierras del Interior.- propuso Ujio con entusiasmo.
- Por otras dos mil monedas de oro los piratas nos podrían llevar hasta la Cala de Faldir. Es una base clandestina, por lo tanto pasaríamos desapercibidos y demoraríamos menos tiempo en cruzar el Muro de Thoradin.- indicó Hiasing, desarmando en segundos los planes del orco.
- Eso es cierto, pero nos llevaría aún más cerca de Stormgarde. La Alianza reforzó la vigilancia allí desde que la Horda retomó la zona norte de Arathi. Si nos atrapan, estaremos fritos-. Agregó Ujio.
- Disculpen mi intromisión- intervino un pícaro elfo de sangre que había se había sumado al grupo en Trinquete-, pero creo que deberíamos atracar en las costas de Trabalomas. Los piratas son...mis colegas, y como tales podrían llevarnos hasta ese lugar por tan sólo mil quinientas monedas de oro, aunque claro, deberán entregarme otras quinientas moneda por haber logrado tal acuerdo.

Ujio gruñió levemente y mostró sus colmillos. El oportunismo del elfo le daba mala espina. Creía fervientemente que el “orejas puntiagudas” los traicionaría a mitad de camino, lo que, de concretarse, complicaría toda la misión. Pero lo cierto es que había sido recomendado por Hiasing y, mal que mal, Ujio confiaba plenamente en el chamán.

- Primero cierra el trato con los goblins y después veremos si vale la pena darte todo el oro que nos queda. -Le dijo Ujio solemnemente, lo que hizo que sus compañeros lo vieran como un gran líder.- Si logramos que nos dejen en la costa de Trabalomas, habremos ganado tiempo y quizá hasta podríamos ir a Alterac para pedirles ayuda a mi clan, los Lobo Gélido. -sugirió.
Ujio ansiaba volver a las tierras de su clan.



Aunque en ese momento no lo demostró, al oír nombrar a los Lobo Gélido, Revingar sintió que su corazón se le salía del pecho. Ansiaba más que nada conocer a los miembros de su clan de esta línea temporal y compartir con ellos anécdotas sobre los héroes del pasado. Incluso, podría averiguar qué había sucedido con el Durotan de este tiempo y su prole.

- Creo que es una buena opción recurrir a los Lobo Gélido, son fieros guerreros y nos podrían dar, al menos, un interesante panorama de los movimientos de la Alianza por Trabalomas, Arathi y Los Humedales.- dijo el experimentado guerrero orco, que demostró que había estudiado todos los mapas de las regiones de Azeroth.

Recién luego de que el elfo, que se hacía llamar Thravandir, lograra que los goblins los lleven hasta las costas de Trabalomas por otras mil monedas de oro (de las cuales doscientas le correspondían), los soldados de la Horda se acostaron a dormir en las improvisadas camas que les habían armado los piratas. Sin embargo, Ujio simuló que dormía para estar atento a los movimientos del elfo.
No pasaron muchas horas hasta que Thravandir se reunió con sus otros tres compañeros, un cazador, un druida y otro pícaro, y les propuso en voz baja asesinar al orco y llevarle su cabeza a Sylvanas Brisaveloz. El orco, que mantenía los ojos cerrados, sonrió sin darse cuenta. Esto le permitía tomar represalias contra el elfo por traición, aunque esperaría el momento adecuado, tal y como le enseñó su maestro. Pensaba en cómo le gustaría romperle las costillas de un golpe de puño o cómo gozaría al quebrarle la mandíbula de una patada, pero lo que estaba a punto de suceder lo tomaría por sorpresa.

- Esto no es lo que habíamos acordado, Thravandir. -protestó en voz baja el tauren druida-. Dijiste que acompañaríamos a este grupo a luchar contra la Alianza, pero lo primero que haces es revelarte e intentar asesinar al hombre que te contrató. No es honorable.
- Estoy de acuerdo. No podemos matar a estos hombres, aunque sean buscados por la jefa de guerra. Son iguales a nosotros, quieren lo mejor para la Horda, pero quieren hacer las cosas a su manera.- agregó el pandaren cazador.
- No deberíamos estar debatiendo esto. -sostuvo el otro elfo pícaro.- Somos mercenarios, hacemos trabajos por dinero. Llevarle a la jefa de guerra sus cabezas nos llenaría los bolsillos de oro, mientras que también nos haría famosos entre las filas de la Horda. Imagínense la cantidad de damas que se interesarían por nosotros…-se regocijó-.
- Si realmente quieren hacer esto, entonces estamos en veredas opuestas. No dejaré que los lastimen mientras duermen. -dijo el tauren, a la vez que se paró de un salto. Por su parte, el pandaren tensó la cuerda de su arco y apuntó a uno de los pícaros.

Los pícaros intentaron que sus compañeros se calmaran, pero la discusión fue en aumento y Ujio aprovechó ese momento para levantarse. El tauren y el pandaren se paralizaron al ver la silueta del orco detrás de los elfos. Parecía una sombra gigante con unos furiosos ojos que resplandecían como el magma de las profundidades de Azeroth. Ambos permanecieron inmóviles hasta que el orco habló.

- Mi instinto me decía que intentarían traicionarme…- dijo Ujio con una voz áspera y autoritaria.

Los elfos intentaron explicarse, intimidados por el tamaño del orco y la furia que gobernaba su ser, pero Ujio se les acercaba lentamente, decidido a golpearlos para darles una lección. Se miraron por un segundo y, sin dudarlo ni debatirlo, atacaron al monje con sus filosas dagas. Era un combate a dos flancos, peligroso para la mayoría de los guerreros de Azeroth, pero no para el mítico dragón de un solo ojo.
Ujio esquivó los embates de los asesinos saltando sobre los barriles y las cajas de provisiones. El molesto ruido despertó a Revingar y a Hiasing, quienes miraban con ojos entrecerrados el duelo que se estaba gestando en las bodegas del barco pirata. Parecía que el orco sabía lo que hacía, aunque desconocía que las armas de los elfos estaban embadurnadas en veneno letal. Saltó de un lado para el otro, evitando el contacto con el acero y ofuscando a sus rivales, que cada vez atacaban con más descuido.
Hiasing le exigió a Thravandir que se detuviera, pero el elfo hizo caso omiso a sus órdenes. Revingar, por su parte, decidió tomar cartas en el asunto. Cogió su hacha y se entabló en combate con uno de los elfos. Eso llamó la atención de Ujio, ya que no esperaba que su padre interviniera en el combate por el peligro que representaba enfrentarse a un asesino de poca moral.
Ujio golpeó dos veces en el rostro a Thravandir, que cayó conmocionado, y se dirigió hasta la posición del otro elfo. Revingar se vio sobrepasado por la agilidad del elfo, que sabía cómo pelear en espacios reducidos, mientras que al mag’har se le hacía difícil maniobrar con su hacha en la bodega. El monje cayó entre los combatientes, empujó a Revingar para sacarlo de la pelea y se entabló a los golpes con el elfo.
El combate fue apasionante. Tanto Ujio como el pícaro eran hábiles en la lucha cuerpo a cuerpo y rechazaban los ataques de su rival como si se tratara de moscas que revolotean en una tarde de verano. Parecía que la balanza no se inclinaría hacia ningún bando. Ujio sabía en su interior que era superior al elfo, pero estaba poniendo a prueba sus destrezas. En tanto, el elfo se creía mejor que el orco y estaba convencido de que ganaría la pelea, pero lo cierto era que eso estaría lejos de suceder.
El orco se cansó de tanta cháchara y, con una lluvia de golpes de puño en el hígado, abdomen y tórax, logró derrotar a su rival.

- Dime, pequeño elfo, ¿Cuál era tu nombre? -le preguntó Ujio con desprecio. Mientras tanto, el elfo, que aparentaba estar vencido sacó del interior de su bota izquierda un par de shurikens envenenados. Sin más, se los lanzó al orco.
- ¡Mi nombre es Arkhantaz!- gritó mientras las estrellas de metal volaban hacia su objetivo.

Ujio pensó rápidamente. Si bien la primera opción era esquivarlas, supuso que a sus espaldas se encontraban Revingar y Hiasing, por lo que podrían salir lastimados. La mejor alternativa era rechazarlas con sus espadas. En un abrir y cerrar de ojos, golpeó los proyectiles con sus hojas. La desgracia llegó pronto para Arkhantaz, que recibió de vuelta uno de sus shurikens, envenándolo. En tan sólo diez segundos, su piel dorada se tornó pálida como el mármol blanco de las estatuas de Ventormenta.
La pelea se acabó.
Acto seguido, Ujio se dirigió hacia el druida y el cazador y les preguntó sus nombres.

- Mi nombre es Brënor, mi señor. -respondió el tauren.- Y él es mi buen amigo Poltan.- agregó.
- Su honor los llevará a realizar grandes hazañas y espero que nos acompañen en esta travesía que nos propusimos.- les dijo Ujio. El druida y el cazador hicieron una reverencia.
- Desde hace tiempo queremos jugar un papel importante dentro de la Horda. Deseamos que esta sea nuestra oportunidad.- sostuvo Brënor.
- Entonceh parece que seremo’ lo’ cinco contra lo’ perro’ de la Alianza.- indicó Hiasing.
- Que así sea.- manifestó Revingar.
Trabalomas, el lugar donde comenzará el asalto. 
Ujio ordenó a sus nuevos compañeros que ataran a Thravandir a un barril. No le costaría desatarse en cuanto despertara, pero lo demoraría lo suficiente como para que no pudiera advertirles a sus “colegas” que había sido golpeado por quienes lo habían contratado. Además, lanzaron el cadáver de Arkhantaz por la borda, mientras Elune custodiaba el cielo y la tierra.
A la mañana siguiente, llegaron a las playas de Trabalomas y cumplieron con su parte del trato. Les entregaron las mil monedas de oro a los piratas y partieron en busca de la ayuda de los Lobo Gélido.