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lunes, 20 de agosto de 2018

UN REENCUENTRO AUSPICIOSO

Sólo faltaban unos minutos para que la flota de la Horda partiera y todos los soldados y peones estaban ultimando detalles para llegar preparados para el combate. Ujio se encontraba a tan sólo unos metros del muelle, de rodillas frente a la tumba de su padre, hablándole como si aún se encontrara en el mundo de los vivos. 

La guerra se avecina, padre, y la Horda requiere mi presencia. Quizás esta sea una de esas cosas que nunca quisiste para mí o que nunca imaginaste que haría, dijo el monje de cara a la espada que alguna vez supo blandir el gigante Revingar y que ahora se encontraba clavada en la tierra, junto a las oxidadas armas de muchos otros guerreros caídos. 




Un goblin alertó a los presentes sobre la inminente partida de la flota, por lo que Ujio procuró despedirse -quizá por última vez- de los restos de su padre. Algún día nos volveremos a encontrar y podré decirte con orgullo que morí con honor protegiendo a la Horda, sentenció, casi como un deseo. Rápidamente, se dirigió hacia los muelles y se subió a una de las naves, acomodó se equipo en una de las camas colgantes que había el camarote que le correspondía y comenzó una profunda meditación. 

El orco abrió sus ojos abruptamente, luego de que el mismo goblin que había anunciado la partida de los barcos, anunciara la llegada a destino. El viaje se hizo más corto de lo que el orco había imaginado y sus manos comenzaban a sudar por el nerviosismo previo a la batalla. Revingar siempre le decía que, si las manos no transpiran antes de comenzar el combate, el guerrero estaba destinado a morir. El temor es parte de la guerra. Enfrentarlo te convertirá en un valiente y asegurará tu supervivencia, solía decirles a sus hijos. Así pues, Ujio supo que estaba preparado para dar muerte a aquellos que amenazaban la integridad de la Horda. 

Con el atuendo del clan Lobo Gélido y sus armas de puño, que estaban hechas con los cráneos de pequeños canes, Ujio arribó a Entrañas. La fortaleza estaba rodeada por las fuerzas de la Alianza, que eran comandadas por el niño rey, Anduin Wrynn. Pero la batalla aún no comenzaría, al menos no hasta el día siguiente. 


La noche cayó y la mayoría de los soldados que conformaban las fuerzas de la Horda se echaron a dormir. Pero no Ujio. El monje se acercó a un brasero donde ardía intensamente un fuego. La ansiedad lo comía por dentro, una ansiedad que ni siquiera se hizo presente cuando combatió a la Legión Ardiente. Tenía miedo de encontrarse con Xhiu en el campo de batalla, aquella pandaren que lo salvó de una muerte segura, pero que luego se unió a la Alianza. 
El sonido de unos pasos se asomó a sus espaldas, lo rodeó y se detuvo frente al brasero. El monje tenía la mirada perdida en el fuego, con lo cual no le prestó atención a la silueta que se acercó a su posición. 

¡Oye, amigoh! ¿No va’saludah al viejo Hiasing?- preguntó la personalidad. Al escuchar las palabras, Ujio levantó la cabeza y vio al chamán trol. 

¡Ni las guerras más duras pueden acabar contigo! ¿No es cierto?- dijo efusivamente el monje. La última vez que se habían visto había sido previamente a que comenzara el asalto a la Costa Quebrada. 

Ambos guerreros se dieron un fuerte apretón de manos y se hicieron una señal de respeto. Habían luchado juntos contra la Horda de Garrosh Grito Infernal, mientras defendían los recursos de la Horda en Pandaria. Habían sido un dúo mortal, capaz de vencer a varios enemigos en simultáneo. La presencia del trol era una inyección de ánimo para Ujio y la misma sensación tenía Hiasing, quien consideraba al orco como su hermano.

Durante toda la madrugada, dialogaron y se pusieron al día sobre sus movimientos en la guerra contra la Legión. Ujio era un inteligente estratega y un artista marcial de grandes condiciones, lo que le había valido una posición de gran relevancia entre las filas de la Horda y había comandado a pequeños grupos de élite por las Islas Quebradas. Pero Hiasing era distinto, era un chamán con un enorme poder. Su conexión con los elementos era tan fuerte como la azerita y había enfrentado a los mismísimo comandantes de la Legión. Tenerlo en la batalla contra la Alianza era una bendición. 

El sol asomó, un cuerno sonó desde lo alto de los muros de Entrañas y el chirrido de las máquinas de guerra de la Alianza cobró protagonismo. La guerra había comenzado. El trol y el orco se pusieron a disposición de la jefa de guerra y se prepararon para la batalla. 


Era un día glorioso, el día en el que volvían a defender a la Horda juntos, como los hermanos que eran, como si el tiempo no hubiese transcurrido. Ujio y Hiasing atravesaron la puerta principal y se lanzaron al combate. 

El orco se situó en las primeras líneas y acabó con varios soldados de la alianza en cuestión de segundos, golpeando en los puntos sensibles de sus armaduras. El chamán hizo lo propio, haciendo gala de sus poderes elementales. 

Verlos luchar era como apreciar una danza, se movían al mismo tiempo, acababan con los enemigos que asaltaban las espaldas de su compañero y tenían una gracia excepcional. La jefa de guerra luchaba junto con sus soldados, pero el imponente poderío de la Alianza la obligó a utilizar una de sus más letales armas: el añublo. 

Uno a uno, comenzaron a caer barriles que contenían la peste, sin importar si acababan con vidas de la Alianza o de la Horda. Ujio se sorprendió y alertó al chamán. Un goblin de aspecto dejado comenzó a repartir máscaras entre las unidades de la Horda, para así continuar con la defensa de Entrañas, pero fue inútil porque la gran maga Jaina Valiente entró en acción. El añublo fue completamente anulado, mientras que los soldados de Anduin Wrynn ganaban terreno nuevamente. La retirada fue llamada. 




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