Sentado de espaldas a un árbol, que era un triste testigo del derramamiento de sangre que se dio en las tierras de los elfos, el monje reflexionaba sobre los constantes conflictos entre la Horda y la Alianza con la mirada perdida en los vestigios de la hoguera que había encendido horas antes. Las brazas aún siseaban y desprendían un particular humo gris, que le hizo recordar las noches que pasaba junto a su familia en el Valle de los Retos, cuando era tan sólo un niño.
Su padre, Revingar, había sido un eximio guerrero de la Horda. Fue uno de los primeros orcos en atravesar el portal oscuro cuando era joven. Participó de la primera y la segunda guerra, mientras que en la tercera se alejó de las armas y partió hacia Kalimdor junto a Thrall, con el único fin de comenzar una familia con su pareja, Gertha (una espía que respondía al Jefe de Guerra) en las prometedoras tierras de Durotar.

Los primeros años de la vida de Ujio habían sido buenos. Cada fin de semana, cuando su padre terminaba de recolectar recursos para la Horda en los aserraderos de Vallefresno, encendían una fogata y contaban historias de su pasado en Draenor. Revingar había sido un miembro activo del clan Lobo Gélido hasta su partida a Kalimdor y Ujio siempre había admirado la unidad que había tenido el clan. Una vez su padre le había prometido que viajarían hasta Alterac para que él pudiera conocer a los Lobo Gélido, a sus hermanos. Pero eso nunca pasó.
Tiempo después de haber erigido la ciudad capital de Orgrimmar, la Horda fue invadida por el Almirante Daelin Valiente. Revingar fue uno de los primeros orcos en ser enviados a combatir a los invasores, pero el tiempo es tirano, especialmente con las buenas personas. El orco era demasiado viejo como para combatir contra los vigorosos soldados humanos. Las fuerzas de la Horda se alzaron victoriosas con la ayuda del Mok’Nathal Rexxar, pero hubo una importante cantidad de bajas, entre las que se encontraba el padre de Ujio.
La ceremonia de despedida había sido emotiva y bella. Revingar fue cremado en una hoguera, que despidió casi el mismo aroma que sentía Ujio en ese instante reflexivo en la Costa Oscura. Aquel olor lo transportó a través del tiempo y del espacio. De pronto, se encontraba frente a la pira en la que ardía el cuerpo de su padre, luego de haber sido atravesado por un mandoble.
Poco a poco, Ujio comenzó a sentir las mismas emociones que sintió aquel nefasto día. Sintió las manos de su madre, que lo tomaban de los hombros, mientras que su hermano mayor, Gavingar, le cogía la mano derecha. Las lágrimas brotaban de sus ojos y caían por sus redondeadas mejillas, tan típicas de los niñatos orcos. Quería venganza. Quería despedazar a los infames que habían invadido su hogar y asesinado a su padre. Quería…apartó la mirada de las brazas y se reincorporó.
En su interior había una encarnizada batalla, aún peor que la que se había librado -y aún se libraba- en la Costa Oscura. Por un lado, sentía un profundo pesar por haber quitado tantas vidas, no sólo de los soldados elfos sino además de los ancestros, aquellos viejos protectores del mundo. Por el otro, sentía que debía proteger a su gente para que ningún otro niño orco, tauren, goblin o de cualquier raza perdiera a sus seres queridos.
Entonces Ujio recordó una vieja charla que había tenido con su maestro, Ucoh Puño de Acero, tiempo atrás en las atalayas del Templo del Tigre Blanco. El tiempo me ha enseñado que ningún ciudadano debe afligirse por las decisiones de sus líderes. Lo único que puedes hacer es tomar una decisión personal: hacerte a un lado o pelear por tu gente, aunque eso signifique invadir otros territorios y arrebatar vidas. Pero recuerda, siempre hazlo con honor, le había dicho.
Esas palabras retumbaron en su cabeza como el sonido de los tambores de guerra orcos, rítmica e insistentemente, incitándolo a tomar las armas. Ujio volvió al campamento de la Horda con un sólo objetivo, formar parte del frente que tomaría Darnassus.
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