Revingar siempre había amado a sus hijos con el mismo fervor que sentía a la hora de la batalla. Era un orco que había cambiado su perspectiva de vida desde que llegó a Kalimdor de la mano de Thrall. Pasó de ansiar la batalla y de entrenarse día a día a bregar por el bienestar de su familia, trabajando en los aserraderos de Vallefresno.
Sin embargo, sentía una profunda preocupación por su hijo menor, Korogar. Es que el pequeño sentía cierta aversión por el combate y, en los tiempos que corrían, la Horda aún estaba fortaleciendo los cimientos de su hogar en Durotar, por lo que Revingar temía que su hijo fuera rechazado por su debilidad.
El niño amaba las historias que le contaba su padre sobre los errores y aciertos que la Horda tuvo en el pasado, así como también los paseos que daban por el Valle de los Retos o, incluso, quedarse frente a la hoguera reflexionando sobre la historia y las cosas que aprendía diariamente.
En cambio, Gavingar, su hijo mayor, era muy fuerte para su corta edad y demostraba un claro interés por convertirse en guerrero. Se mostraba desafiante con los otros niños y protegía a su pequeño hermano, que siempre se rehúsaba a defenderse a los golpes. Tiene un futuro prometedor, se decía a sí mismo Revingar. Pero el destino tenía planes diferentes para su prole.
Korogar se encontraba en los almacenes inferiores cuando fue sorprendido por un movimiento brusco de la nave. Por el estruendo ensordecedor, pudo notar que la Alianza los había golpeado con un proyectil. Inmediatamente, subió a la superficie y se encontró con su hermano ordenando a las tropas que dispararan contra los cañones enemigos.
El nuevo continente tenía una densa niebla a su alrededor, por lo que no había podido divisar a las fuerzas de la Alianza que se habían ubicado estratégicamente para proteger las tierras que habían descubierto. Ese estratagema, que utilizaba un viejo templo en ruinas como bastión defensivo, les había permitido divisar a las naves de la Horda.
A pesar de los esfuerzos de las fuerzas de Garrosh, el dirigible cayó en picada hacia un final inevitable, la destrucción.
Korogar despertó aturdido, entre restos de madera y metal, tan típico de la Horda de Grito Infernal. En el horizonte pudo divisar, de forma borrosa, una innumerable cantidad de delgadas montañas que se alzaban hasta acariciar las barrigas de las esponjosas nubes. A su alrededor se destacaba una bella vegetación, tan verde como las plantas de la Vega de Tuercespina, pero lo que llamaba poderosamente su atención era el fuerte olor a combustible que había. Eso despertó las alarmas en la confundida mente de Korogar.
¿Dónde está Gavingar?, se preguntó y se reincorporó rápidamente con un insoportable dolor en las costillas que dificultó la tarea. Intentó caminar, mientras llamaba a su hermano a los gritos, pero la única respuesta que obtuvo fue el crepitar del fuego que comenzaba a consumir los restos de la nave. Tenía que encontrar a su hermano, cueste lo que cueste, por lo que a pesar del insufrible dolor recorrió las inmediaciones del lugar del accidente en su búsqueda.
Al cabo de un rato, encontró a su hermano. Gavingar, uno de los mejores guerreros de la Horda, el que continuaba con el linaje de Revingar, se encontraba herido de muerte. Había sido atravesado en uno de sus dorsales por un trozo de hierro que había rasgado la armadura como si se tratara de un pedazo de papel. Korogar no demoró en alzar a su hermano para buscar ayuda. Para su sorpresa, el dolor desapareció. Una inyección de adrenalina corrió por sus venas y dotó al joven orco de habilidades magníficas, como ignorar el dolor.
A pesar de que tenía la fuerza suficiente como para transportar a su hermano, que peleaba por su vida, deambuló por tierras desconocidas sin encontrarse con alguien que pudiera curar las heridas de Gavingar. Por el contrario, un grupo de felinos inmensos lo rodeó contra la pared de una de las grandes montañas.
Las bestias gruñían y mostraban sus dientes. Korogar no tenía forma de defenderse ni de proteger a su hermano, que a estas alturas estaba más muerto que vivo. El orco observó a su alrededor y se percató de que a su izquierda tenía unas cañas de bambú. Dejó a Gavingar en en suelo, quebró una caña y la usó como lanza. Las bestias atacaron y el orco despertó su lado violento, la sed de sangre lo dominó y, cual guerrero experimentado, masacró a los felinos. Luego se desmayó.
Despertó en una cómoda cama. Estaba vendado en una habitación de una cabaña que tenía un raro diseño. A su lado, yacía el cuerpo de su hermano, quien había fallecido, y frente a él había una pandaren, aunque claro está, Korogar no sabía qué era exactamente.
- Murió antes de que pudiera traerlo aquí. Tenemos buenos monjes especializados en curación, quizás entre todos hubieran podido hacer algo. Lo siento- le dijo. -Mi nombre es Xhiun, ¿Cómo te llamas, joven?- preguntó.
Korogar no respondió, apenas tenía ganas de vivir. Las lágrimas brotaban de sus ojos como si se tratara de cascadas que reciben las descargas de los deshielos en verano, pero no emitía un sólo sonido.
- Has sobrevivido a muchas cosas que habrían matado hasta al más fuerte de los guerreros- le dijo la pandaren.- Te llamaré Ujio, es un nombre de campeones como tú.
A pesar de su dolor físico y emocional, en ese momento el orco sintió que el nombre le cabía a la perfección y pudo percibir que la calidez de la pandaren sanaba, muy en el fondo, todo el pesar que estaba atravesando. Korogar ahora se llamaba Ujio...y era una nueva persona.

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