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viernes, 8 de marzo de 2019

STENGE DE LA ALIANZA

Stenge era un mago experimentado. Dominaba con maestría las artes mágicas y tenía un gran conocimiento sobre la historia del Kirin Tor. Era bien considerado por sus colegas en Ventormenta y adoraba visitar otras ciudades y pueblos en la búsqueda de viejos tomos de magia. A pesar de todo eso, a Stenge no le gustaba entrar en combate. Él sostenía que el diálogo, sentado en las bases del respeto y la empatía, podía resolver cualquier conflicto y que era una herramienta que les permitía evolucionar a las sociedades. 
Eso cambió cuando Sylvanas quemó el árbol del mundo. Semanas antes del trágico evento, Stenge les había prometido a sus dos hijas que las llevaría a conocer el hogar de los elfos de la noche. Su trabajo como mago le llevaba gran parte del tiempo y, desde la muerte de su esposa, le había costado mucho trabajo criar a sus hijas. Sarah tenía 14 años y era la mayor, soñaba con convertirse en la esposa del rey Anduin Wrynn, mientras que Ethernia apenas alcanzaba los 10 y aspiraba a emular la carrera de su padre. Iria, su madre, había muerto por una extraña enfermedad que, según Stenge, era de origen mágico, aunque nunca pudo comprobarlo. 
Usando sus influencias, el viejo mago había conseguido permiso para que sus hijas pasearan los rincones más exclusivos de Darnassus y conocieran a la mismísima Tyrande Susurravientos. Esa misma mañana, Stenge despertó y se sorprendió al encontrarse con que Sarah y Ethernia ya se habían levantado y le habían preparado el desayuno. Más tarde, se dirigieron hasta el Barrio de los Magos de Ventormenta, donde un viejo amigo de Stenge los esperaba con un portal abierto hacia Darnassus. Era la primera vez que las niñas atravesarían “la magia”, como su padre solía decirle. 
Al llegar al Árbol del Mundo, pasearon por los puestos comerciales de los elfos, donde compraron comida nativa y se hicieron amigas de varios niños que jugaban en las calles. Stenge estaba pasando el mejor día de su vida, sentía que todo recobraba sentido. Pero la alegría es un estado pasajero, efímero como el zumbido de una flecha que vuela hacia su objetivo, y puede cambiar de un segundo a otro.
Un poderoso estruendo alertó al mago. Luego siguió otro, que sonó más cercano. Y luego otro. La seguidilla de explosiones le hizo pensar que se encontraban bajo ataque, por lo que corrió rápidamente por sus hijas. A pesar de que los músculos de sus piernas trabajaron como nunca, y hasta quizá corrió más rápido que cualquier otro humano jamás, el siguiente lanzamiento cayó directamente sobre sus hijas.
Todo se terminó. 

La quema de Teldrassil se llevó a las hijas de Stenge.

Llevaba varias semanas encerrado en su hogar, cuando la puerta sonó. Si bien le llamó la atención que alguien lo buscara, no atendió y permaneció inmóvil, mirando la chimenea, que aún tenía los restos de la leña que habían usado la noche anterior al ataque de la Horda a Darnassus. Inmediatamente, la puerta se abrió y un soldado de la Alianza ingresó con un mensaje del rey Anduin Wrynn. 


- ¿Es Usted Stenge Fuegoescarcha?- preguntó tímidamente el soldado, que estaba asombrado por la gran cantidad de botellas que vacías que había desperdigadas por todos los rincones de la casa. 
- Ese hombre murió cuando la Horda atacó Darnassus. Por favor, deje de desperdiciar su tiempo y busque a alquien que realmente pueda ayudarlo.- sugirió Stenge. A ese punto, el soldado no sabía si hablaba el hombre o el alcohol que había ingerido. 
El rey Anduin solicitó su ayuda.
- Pues...el rey Anduin Wrymm solicita sus servicios. Él conoce...su situación y cree que podría ofrecerle una misión que lo ayudaría a pasar este...mal momento.- le dijo.- Le dejaré la convocatoria sobre la mesa. Espero que la lea y tome una decisión correcta. 

Stenge esperó a que el soldado se vaya para tomar el pergamino y leer la propuesta que la Corona tenía para él. 

Al señor Stenge Fuegoescarcha, 

Yo, el rey Anduin Wrynn de Ventormenta, solicito sus servicios, tal y como mi padre, Varian Wrynn, lo hizo en el pasado. La guerra ha tocado a nuestra puerta, es menester responder su llamado con inteligencia. Es por eso que necesito de sus conocimientos para dar caza a unos guerreros que se han rebelado contra el liderazgo de Sylvanas y que podrían sernos de ayuda para darle fin a este conflicto de la mejor y más rápida manera. 
La misión involucrará matar a muchos soldados de la Horda y, a pesar de que no es lo que busco, consideró que será mejor que esperar a que masacren a nuestros hermanos y hermanas. 
Espero su rápida respuesta. Ojalá que esta misión le permita encontrar la paz. 


Con respeto, Anduin Wrynn. 


Pasaron dos semanas hasta que Stenge llegó a Vallefresno, junto a un elfo de la noche druida, llamado Colostuss, y a una cazadora de la misma raza, Valennia. Los tres habían sido tocados por la mano de la muerte. El elfo había perdido a sus padres en el ataque, mientras que la elfa había perdido a su pareja. Todo era muy trágico. 
No hablaron mucho durante el viaje ni en medio de la cacería. El objetivo era sencillo, encontrar a un monje rebelde y a su ayudante, que aparentemente era un guerrero, para sacarles información y, de ser posible, convertirlos en agentes de la Alianza. Los reportes de inteligencia indicaban que no debían ser muy peligrosos. Ujio había sido un peón hasta hacía unos años atrás, no tenía la experiencia que juntaban estos prodigiosos soldados de la Alianza, mientras que de su colaborador se sabía poco. Sólo sabían que era un cascarrabias. 
No tardaron demasiado en dar con ellos. Para colmo, se los encontraron en las mejores circunstancias, combatían contra unas forestales oscuras de la jefa de guerra, Sylvanas Brisaveloz. A pesar de que tenían órdenes claras de llevarlos con vida ante el rey Anduin, el recuerdo de lo sucedido aquel día nubló el juicio de Stenge y sus compañeros, lo que inevitablemente hizo que atacaran con todo lo que tenían. 
Pero todo resultó mal. 

Stenge despertó con su cuerpo entumecido. Tenía el lado derecho de su cara cubierto de hierba por estar tirado inconsciente durante horas. El elfo yacía a unos veinte metros con el cráneo partido en dos, mientras que no había rastro de la elfa. En tanto, las forestales oscuras estaban desperdigadas por todo el campo de batalla. Están bien muertas, pensó Stenge, lo que le pareció terrible, pero a la vez gracioso. 
Intentó recordar todo lo que había sucedido. Su última imagen fue un orco que se acercaba a su posición rápidamente. Sorprendentemente, no lo mató. Ese era el objetivo que estaba buscando junto a su grupo y que, de no haberse dejado llevar por las emociones, seguramente habría capturado. Pero la misión no había terminado, aún no. Inspeccionó el terreno y notó que el rastro estaba fresco.
Esta vez no se me escaparán. 
En Vallefresno falló su misión. 
Las huellas lo llevaron hasta Trinquete. Allí, los vio dialogar con un pequeño goblin pirata en el muelle. Luego se subieron a un barco y partieron. No pudo evitar pensar que atacarían Ventormenta, aunque eran demasiado pocos para invadir la ciudad, por lo que optó por hacer sus averiguaciones antes de sacar conclusiones apresuradas. 
Repartió oro por todo Trinquete, hasta que un soplón le contó la verdad. 
El grupo por el que preguntas buscaba la riqueza que se perdió bajo el agua en el Puerto de Menethil, luego del cataclismo de Alamuerte. Si me preguntas, creo que estaban mintiendo y que querían matar a alguien, pero no lo sé a ciencia cierta. Si me das otras 200 monedas puedo llevarte hasta allí, le dijo el goblin. 
Stenge aceptó, pagó y se propuso nunca dejar de darles caza a los orcos que el rey quería tener de su lado. 

martes, 5 de marzo de 2019

LOS CINCO

El mar estaba tranquilo y el barco, que había zarpado dos semanas atrás desde Trinquete, marchaba raudo y veloz. Ujio, Revingar, Hiasing y otros cuatro tripulantes, que se habían sumado como voluntarios a la iniciativa del monje, iban en la bodega, apretados entre barriles de cerveza y vino de mala calidad, cajones de frutas fresca y carne seca, y otras yerbas que preferían no saber de dónde provenían.
Tenían un pequeño atril en el que planificaban los próximos movimientos que realizarían para entorpecer los envíos de provisiones de la Alianza a Kul Tiras y, por supuesto, a Zandalar también. Incluso, intentarían sembrar el terror entre los guerreros que permanecían custodiando las bases de la Alianza en los Reinos del Este. Llamaremos su atención y los obligaremos a preocuparse por nosotros, pensó Ujio.
Revingar estaba ansioso por partir cráneos, tal y como hizo con el druida que intentó matarlo en Vallefresno. Su ansiedad era tanta que a duras penas le prestaba atención a las directrices de su hijo. Por su parte, Hiasing intentaba visualizar cuáles eran los puntos flacos en la planificación del monje.

- Si logramos pasar desapercibidos en el Puerto de Menethil, podríamos llegar a Arathi en cuestión de horas y, desde allí, dirigirnos hasta la Fortaleza de Durnholde para atacar las caravanas de suministros que parten desde las Tierras del Interior.- propuso Ujio con entusiasmo.
- Por otras dos mil monedas de oro los piratas nos podrían llevar hasta la Cala de Faldir. Es una base clandestina, por lo tanto pasaríamos desapercibidos y demoraríamos menos tiempo en cruzar el Muro de Thoradin.- indicó Hiasing, desarmando en segundos los planes del orco.
- Eso es cierto, pero nos llevaría aún más cerca de Stormgarde. La Alianza reforzó la vigilancia allí desde que la Horda retomó la zona norte de Arathi. Si nos atrapan, estaremos fritos-. Agregó Ujio.
- Disculpen mi intromisión- intervino un pícaro elfo de sangre que había se había sumado al grupo en Trinquete-, pero creo que deberíamos atracar en las costas de Trabalomas. Los piratas son...mis colegas, y como tales podrían llevarnos hasta ese lugar por tan sólo mil quinientas monedas de oro, aunque claro, deberán entregarme otras quinientas moneda por haber logrado tal acuerdo.

Ujio gruñió levemente y mostró sus colmillos. El oportunismo del elfo le daba mala espina. Creía fervientemente que el “orejas puntiagudas” los traicionaría a mitad de camino, lo que, de concretarse, complicaría toda la misión. Pero lo cierto es que había sido recomendado por Hiasing y, mal que mal, Ujio confiaba plenamente en el chamán.

- Primero cierra el trato con los goblins y después veremos si vale la pena darte todo el oro que nos queda. -Le dijo Ujio solemnemente, lo que hizo que sus compañeros lo vieran como un gran líder.- Si logramos que nos dejen en la costa de Trabalomas, habremos ganado tiempo y quizá hasta podríamos ir a Alterac para pedirles ayuda a mi clan, los Lobo Gélido. -sugirió.
Ujio ansiaba volver a las tierras de su clan.



Aunque en ese momento no lo demostró, al oír nombrar a los Lobo Gélido, Revingar sintió que su corazón se le salía del pecho. Ansiaba más que nada conocer a los miembros de su clan de esta línea temporal y compartir con ellos anécdotas sobre los héroes del pasado. Incluso, podría averiguar qué había sucedido con el Durotan de este tiempo y su prole.

- Creo que es una buena opción recurrir a los Lobo Gélido, son fieros guerreros y nos podrían dar, al menos, un interesante panorama de los movimientos de la Alianza por Trabalomas, Arathi y Los Humedales.- dijo el experimentado guerrero orco, que demostró que había estudiado todos los mapas de las regiones de Azeroth.

Recién luego de que el elfo, que se hacía llamar Thravandir, lograra que los goblins los lleven hasta las costas de Trabalomas por otras mil monedas de oro (de las cuales doscientas le correspondían), los soldados de la Horda se acostaron a dormir en las improvisadas camas que les habían armado los piratas. Sin embargo, Ujio simuló que dormía para estar atento a los movimientos del elfo.
No pasaron muchas horas hasta que Thravandir se reunió con sus otros tres compañeros, un cazador, un druida y otro pícaro, y les propuso en voz baja asesinar al orco y llevarle su cabeza a Sylvanas Brisaveloz. El orco, que mantenía los ojos cerrados, sonrió sin darse cuenta. Esto le permitía tomar represalias contra el elfo por traición, aunque esperaría el momento adecuado, tal y como le enseñó su maestro. Pensaba en cómo le gustaría romperle las costillas de un golpe de puño o cómo gozaría al quebrarle la mandíbula de una patada, pero lo que estaba a punto de suceder lo tomaría por sorpresa.

- Esto no es lo que habíamos acordado, Thravandir. -protestó en voz baja el tauren druida-. Dijiste que acompañaríamos a este grupo a luchar contra la Alianza, pero lo primero que haces es revelarte e intentar asesinar al hombre que te contrató. No es honorable.
- Estoy de acuerdo. No podemos matar a estos hombres, aunque sean buscados por la jefa de guerra. Son iguales a nosotros, quieren lo mejor para la Horda, pero quieren hacer las cosas a su manera.- agregó el pandaren cazador.
- No deberíamos estar debatiendo esto. -sostuvo el otro elfo pícaro.- Somos mercenarios, hacemos trabajos por dinero. Llevarle a la jefa de guerra sus cabezas nos llenaría los bolsillos de oro, mientras que también nos haría famosos entre las filas de la Horda. Imagínense la cantidad de damas que se interesarían por nosotros…-se regocijó-.
- Si realmente quieren hacer esto, entonces estamos en veredas opuestas. No dejaré que los lastimen mientras duermen. -dijo el tauren, a la vez que se paró de un salto. Por su parte, el pandaren tensó la cuerda de su arco y apuntó a uno de los pícaros.

Los pícaros intentaron que sus compañeros se calmaran, pero la discusión fue en aumento y Ujio aprovechó ese momento para levantarse. El tauren y el pandaren se paralizaron al ver la silueta del orco detrás de los elfos. Parecía una sombra gigante con unos furiosos ojos que resplandecían como el magma de las profundidades de Azeroth. Ambos permanecieron inmóviles hasta que el orco habló.

- Mi instinto me decía que intentarían traicionarme…- dijo Ujio con una voz áspera y autoritaria.

Los elfos intentaron explicarse, intimidados por el tamaño del orco y la furia que gobernaba su ser, pero Ujio se les acercaba lentamente, decidido a golpearlos para darles una lección. Se miraron por un segundo y, sin dudarlo ni debatirlo, atacaron al monje con sus filosas dagas. Era un combate a dos flancos, peligroso para la mayoría de los guerreros de Azeroth, pero no para el mítico dragón de un solo ojo.
Ujio esquivó los embates de los asesinos saltando sobre los barriles y las cajas de provisiones. El molesto ruido despertó a Revingar y a Hiasing, quienes miraban con ojos entrecerrados el duelo que se estaba gestando en las bodegas del barco pirata. Parecía que el orco sabía lo que hacía, aunque desconocía que las armas de los elfos estaban embadurnadas en veneno letal. Saltó de un lado para el otro, evitando el contacto con el acero y ofuscando a sus rivales, que cada vez atacaban con más descuido.
Hiasing le exigió a Thravandir que se detuviera, pero el elfo hizo caso omiso a sus órdenes. Revingar, por su parte, decidió tomar cartas en el asunto. Cogió su hacha y se entabló en combate con uno de los elfos. Eso llamó la atención de Ujio, ya que no esperaba que su padre interviniera en el combate por el peligro que representaba enfrentarse a un asesino de poca moral.
Ujio golpeó dos veces en el rostro a Thravandir, que cayó conmocionado, y se dirigió hasta la posición del otro elfo. Revingar se vio sobrepasado por la agilidad del elfo, que sabía cómo pelear en espacios reducidos, mientras que al mag’har se le hacía difícil maniobrar con su hacha en la bodega. El monje cayó entre los combatientes, empujó a Revingar para sacarlo de la pelea y se entabló a los golpes con el elfo.
El combate fue apasionante. Tanto Ujio como el pícaro eran hábiles en la lucha cuerpo a cuerpo y rechazaban los ataques de su rival como si se tratara de moscas que revolotean en una tarde de verano. Parecía que la balanza no se inclinaría hacia ningún bando. Ujio sabía en su interior que era superior al elfo, pero estaba poniendo a prueba sus destrezas. En tanto, el elfo se creía mejor que el orco y estaba convencido de que ganaría la pelea, pero lo cierto era que eso estaría lejos de suceder.
El orco se cansó de tanta cháchara y, con una lluvia de golpes de puño en el hígado, abdomen y tórax, logró derrotar a su rival.

- Dime, pequeño elfo, ¿Cuál era tu nombre? -le preguntó Ujio con desprecio. Mientras tanto, el elfo, que aparentaba estar vencido sacó del interior de su bota izquierda un par de shurikens envenenados. Sin más, se los lanzó al orco.
- ¡Mi nombre es Arkhantaz!- gritó mientras las estrellas de metal volaban hacia su objetivo.

Ujio pensó rápidamente. Si bien la primera opción era esquivarlas, supuso que a sus espaldas se encontraban Revingar y Hiasing, por lo que podrían salir lastimados. La mejor alternativa era rechazarlas con sus espadas. En un abrir y cerrar de ojos, golpeó los proyectiles con sus hojas. La desgracia llegó pronto para Arkhantaz, que recibió de vuelta uno de sus shurikens, envenándolo. En tan sólo diez segundos, su piel dorada se tornó pálida como el mármol blanco de las estatuas de Ventormenta.
La pelea se acabó.
Acto seguido, Ujio se dirigió hacia el druida y el cazador y les preguntó sus nombres.

- Mi nombre es Brënor, mi señor. -respondió el tauren.- Y él es mi buen amigo Poltan.- agregó.
- Su honor los llevará a realizar grandes hazañas y espero que nos acompañen en esta travesía que nos propusimos.- les dijo Ujio. El druida y el cazador hicieron una reverencia.
- Desde hace tiempo queremos jugar un papel importante dentro de la Horda. Deseamos que esta sea nuestra oportunidad.- sostuvo Brënor.
- Entonceh parece que seremo’ lo’ cinco contra lo’ perro’ de la Alianza.- indicó Hiasing.
- Que así sea.- manifestó Revingar.
Trabalomas, el lugar donde comenzará el asalto. 
Ujio ordenó a sus nuevos compañeros que ataran a Thravandir a un barril. No le costaría desatarse en cuanto despertara, pero lo demoraría lo suficiente como para que no pudiera advertirles a sus “colegas” que había sido golpeado por quienes lo habían contratado. Además, lanzaron el cadáver de Arkhantaz por la borda, mientras Elune custodiaba el cielo y la tierra.
A la mañana siguiente, llegaron a las playas de Trabalomas y cumplieron con su parte del trato. Les entregaron las mil monedas de oro a los piratas y partieron en busca de la ayuda de los Lobo Gélido.

miércoles, 13 de febrero de 2019

A LA CAZA DE LOS ORCOS

La noche estaba templada y el olor salino del mar parecía cada vez más lejano. A pesar de haber marchado durante más de un día, Ujio se mantenía intacto. A su derecha, Revingar le seguía el paso, como si no hubiese hecho ninguna guardia en los últimos setenta días. Ambos estaban frescos, entusiasmados por la adrenalina de combatir contra la Alianza. 
Estaban volviendo a Orgrimmar por el mismo camino que había tomado Ujio para ir hasta Costa Oscura. Si bien iban rápido y habían pasado desapercibidos por el momento, el monje todavía sentía que alguien lo estaba observando. Entonces aceleró el paso y Revingar lo siguió. 
No tardaron mucho tiempo en darse cuenta de que, efectivamente, eran seguidos de cerca. Perros de la Alianza, pensó Revingar, pero la realidad es que era algo peor. Era algo que los marcaría para siempre. Ujio comenzó a sentir el crujir de las ramas de los altos árboles y sospechó. Parecía que alguien estuviera siguiéndolos desde las alturas, bastante atípico de los soldados de la Alianza. Los únicos que podrían hacer semejante tarea eran los elfos de la noche, pero no quedaban muchos por la zona, por lo que Ujio intuyó algo peor.
Debemos ocultarnos en algún lugar, antes de que nos logren cazar, le dijo a Revingar, que asintió. En la lejanía, pudieron divisar un pequeño río. Ujio supuso que podrían usar la corriente para alejarse de sus perseguidores. Acto seguido, se arrojó a las aguas y Revingar repitió sus pasos. 
La corriente no era muy poderosa, los ríos de Vallefresno se caracterizaban por ser pasivos, pero el pequeño impulso igual les fue de ayuda. Luego de tragar agua y golpearse con ramas por varios minutos, los orcos salieron del río. Notaron que se habían alejado de sus cazadores, pero sólo ganaron algunos minutos y ahora se encontraban más al sur y estaban muy lejos de los caminos ocultos que Ujio había utilizado en la ida. 
Ahora tenían que improvisar para sobrevivir. 

-Deja todo lo que no sea absolutamente necesario. Viajaremos ligeros a través del bosque, tenemos que llegar a la Empalizada de Morshan antes de que nos encuentren, allí nos reuniremos con los refuerzos- le dijo Ujio a Revingar, quien asintió. 

Los orcos se despojaron de sus bolsas y continuaron la marcha, sólo equipados con su armadura y armas. Ujio sabía que serían atrapados si no aumentaban la marcha. Quería evitar un enfrentamiento a toda costa. 
Continuaron a paso firme. Ya habían dejado atrás el Refugio Brisa de Plata, por lo que Ujio supo que estaban relativamente cerca de su destino, sólo restaba cruzar el río y continuar bordeando la montaña...pero sus perseguidores los encontraron primero. 
Un silbido furioso alertó al monje, que se arrojó a un lado y giró en el suelo. Desde lo alto de los árboles, las flechas caían como si se tratara de un castigo divino. Revingar, fiero como buen guerrero, repelió los proyectiles con su hacha. Profirió un rugido, que espantó a todas las aves y criaturas que se encontraban en los alrededores, y desafió a sus atacantes. 
Las forestales rastrearon y atacaron a los orcos.

Desde los árboles, cayeron sus cazadores, para darle continuidad al combate desde el suelo. Las sospechas de Ujio se confirmaron. Al menos una decena de forestales oscuras les daban caza a Ujio y Revingar.

-Ujio, Revingar. Por orden de la jefa de guerra, Sylvanas Brisaveloz, quedan detenidos. Arrojen sus armas o afronten las consecuencias- advirtió la líder del grupo. 

Revingar mostró una sonrisa socarrona y escupió al suelo. Apretó el mango del hacha y se lanzó al ataque. Ujio se sorprendió por la tenacidad que mostró la versión alternativa de su padre, pero también se sintió motivado. El monje también atacó. 
Revingar parecía no tener miedo, así como tampoco consciencia de que se enfrentaba a las unidades de élite de Sylvanas. Las flechas brotaron de los arcos enemigos como lo hace el agua de una vertiente, pero el experimentado orco esquivó todas y cada una de ellas. Tras un par de zancadas, desmembró a su primera víctima.
A sus espaldas corría Ujio, tratando de cubrirle los flancos. Si bien el monje era un protector de la vida, tenía cierto rechazo contra las forestales oscuras porque las consideraba criaturas sin voluntad que cumplían con las órdenes de Sylvanas sin cuestionamiento alguno, por lo que atacó a matar. Ultimó a la primera víctima de Revingar y asesinó a otras dos arqueras. El combate iba bien para los orcos, pero si había alguna posibilidad de que todo empeorara, se había hecho efectiva.
Un rugido potente sonó a espaldas de Ujio, el monje giró y por poco cae en las garras de un druida en forma de oso. Revingar peleaba contra las forestales cuerpo a cuerpo, cuando una enorme bola de fuego incineró a cuatro de ellas. Las tres restantes cambiaron de objetivo y lanzaron una lluvia de flechas al mago humano, que continuó con sus ataque s de fuego. Lo que había comenzado como un enfrentamiento entre dos bandos, se convirtió en una escaramuza con tres grupos. 
Druida elfo de la noche en forma de oso.

Como si fuera poco, desde detrás de unas plantas surgió una elfa de la noche. Con una de sus flechas hirió a Revingar en un brazo, pero el orco continuó peleando como si se hubiese tratado de un escarbadientes. Las forestales comenzaron a caer y sólo quedó la capitana, Ujio y Revingar la necesitaban para enviarle un mensaje a Sylvanas, por lo que doblegaron sus esfuerzos por protegerla de los ataques de la Alianza. 
Ujio corrió en dirección a la elfa, que con sus impresionantes habilidades lanzó una flecha tras de otra. El orco no podía acercarse a la ubicación de la arquera, por lo que se dividió en los espíritus elementales y atacó desde los flancos. La arquera no pudo ofrecer resistencia y cayó ante los puños de furia del monje. 
Revingar la tenía peor. Tenía que combatir contra el druida, mientras que intentaba esquivar los ataques de fuego del mago. A su vez, la forestal oscura intentaba escapar. Claramente, para los soldados de la Alianza sería una gran victoria acabar con todos ellos. Incluso dejaron escapar a la forestal para que le cuente la situación a la jefa de guerra. 
Ujio había vencido a su oponente, que se encontraba inconsciente en la hierba, y eligió un nuevo contrincante. Fue a por el mago, que se asustó al ver que el monje se le acercaba a gran velocidad. Comenzó a lanzar conjuros de fuego a diestra y siniestra, pero la agilidad del monje evitó que lo golpeara. Ujio lo dejó inconsciente con una seguidilla de golpes y se volteó para ayudar a Revingar, pero su padre ya había terminado el trabajo. El druida yacía boca abajo con la cabeza destrozada. 
Rápidamente, se dispusieron a perseguir a la forestal oscura, que se encontraba a unos 200 metros de los orcos. Sabían que la persecución sería complicada, incluso eran conscientes de que, si la perdían de vista, nunca más la encontrarían. 
Corrieron tras ella, pero no lograban alcanzarla y el cansancio comenzaba a pasarles factura. Fue en ese momento que un espíritu de lobo pasó al lado de los orcos. Revingar se dispuso a atacarlo, pero Ujio lo frenó. Déjalo, le dijo. En cuestión de segundos, alcanzó a la forestal y frenó su marcha. Ujio y Revingar llegaron hasta su posición a paso firme. 

-Veo que aún no has perdido tu toque, hermano- le dijo Ujio al chamán. 
-Soy el mejor en lo que hago, hermano- respondió Hiasing.- Tenemos que apresurarnos y llegar a la Empalizada cuanto antes, mañana emprendemos el viaje hacia el Puerto de Menethil. 

Ujio sonrió. Que la Alianza se prepare

miércoles, 6 de febrero de 2019

UN ALIADO Y UN PLAN

Sólo habían transcurrido un par de días desde el asalto de la Alianza a la ciudad de Dazar’alor. Los mejores curanderos de la Horda aún se encargaban de cuidar a los heridos, mientras que los ciudadanos zandalari se ocupaban de limpiar las calles y quemar los cadáveres de los caídos en grandes piras honoríficas por su sacrificio en la batalla.
Ujio recorría las calles viendo los resultados del enfrentamiento. Vestía sus ropajes de ronin -un guerrero sin señor-, que había adoptado tras vencer a Xhiun en los Pináculos de Arakk. Unas sandalias de cuero flexible, que permitían que se vieran sus dedos verdes, un hakama naranja con remaches de cuero marrón, guantes naranjas cubiertos por una placa de metal con nudillos -especiales para golpes de puño-, un arnés pectoral de cuero de truenagarto, y, por último, dos katanas. 
El monje había perdido demasiado en los últimos años. Primero Vol’jin, después Varok, a pesar de que no estaba muerto, y ahora Rastakhan. Por eso trajo de vuelta sus vestimentas de ronin, lo que no sólo indicaba que estaba de duelo, sino que sacaría su faceta más violenta para enfrentarse a la Alianza. Ya no hay lugar para tibios
Observó todo lo que sucedía a su alrededor con detenimiento. Guardó las imágenes en sus retinas. ¿Para qué peleamos?, se preguntó. Miró a las madres llorando a sus hijos muertos en batalla, familias desoladas por el cruel paso de la Alianza. Peleamos para proteger todo lo que amamos




Ujio había sido designado como uno de los soldados que debía ayudar a los enfermos y heridos, pero el monje tomó su propio camino. Le pagó unas monedas de oro a un goblin mago para que abra un portal a Orgrimmar -esos enanos verdes nunca rechazan unas monedas-, se dirigieron a un oscuro callejón y, montado sobre Colmilloferoz, el orco se transportó hacia la ciudad capital de la Horda. 
Para su sorpresa, había poco movimiento, lo que dejó entrever que la mayoría de los guerreros estaban en Zuldazar, reforzando las defensas por si la Alianza volvía a atacar, algo que era realmente improbable. De cualquier manera, eso lo beneficiaba, ya que la poca vigilancia le permitiría moverse sin ser detectado por los oficiales de confianza de la jefa de guerra. El objetivo de Ujio era llegar a Costa Oscura, donde Revingar se encontraba  patrullando. 
Sé que te pido demasiado, Colmilloferoz, pero necesito que me lleves lo más rápido posible hasta Costa Oscura, le susurró a la loba, que respondió con un sonido agudo, como si se estuviera quejando. Sin más, la fiel corcel comenzó a correr en sentido norte, para llegar a Vallefresno a través de Azshara y pasar por la zona segura de los aserraderos. Normalmente, tardaría varias horas en recorrer ese trayecto, pero Colmilloferoz estaba descansada y bien alimentada, por lo que sólo demoró poco más de una hora en llegar al puente que conectaba ambas zonas. 
Desde allí, el camino se extendía en línea recta de este a oeste por unos cuántos kilómetros, pero más allá del aserradero de la Horda, había varios obstáculos que podrían poner en peligro al monje. La zona estaba este estaba infestada de demonios, vestigios de la Tercera Guerra. También había bases de los elfos de la noche que, si bien habían sido capturadas por la Horda, eran acechadas por asesinos de la Alianza. Esto obligaba a Ujio a salirse del camino principal y utilizar algunos senderos escabrosos ocultos, que se los había enseñado su padre, para poder atravesar Vallefresno. 
Nos tomará todo el día atravesar el gran bosque, Colmilloferoz. Parece que tenemos un largo viaje por delante, justo como en los viejos tiempos. Efectivamente, el viaje era largo. Ujio y su fiel loba estaban obligados a pasar muy cuidadosamente por algunos caminos que bordeaban las montañas, ya que un tropezón implicaría una caída mortal. El orco desmontaba y pasaba lentamente por esos lugares, mientras que la loba lo seguía. Pudo observar, al menos, tres caravanas de suministros de la Horda dirigiéndose a Costa Oscura y las siguió con la mirada para asegurarse de que no fueran atacadas. No vio a ningún agente de la Alianza, pero no pudo evitar sentirse vigilado. Quizá sea la propia consciencia del bosque.
Ujio continuó, a través de la maleza, las raíces que sobresalían de la tierra y las rocas que se camuflaban entre la alta hierba. El camino parecía interminable y ya lo había cansado, pero no podía detenerse. Al menos, no hasta que encontrara a Revingar. Afortunadamente, sabía dónde encontrarlo. 
Siguió sumando pasos a su cuenta. Ya había pasado Astranaar y podía sentir cómo se aproximaba a Costa Oscura por el aroma salino que comenzaba a sentirse en las proximidades de la Avanzada de Zoram’gar. El pasaje sur de Costa Oscura tenía poca vigilancia, apenas un par de brutos y algunas forestales oscuras ocultas entre la vegetación. Esto significaba que, a pesar de sus esfuerzos por pasar desapercibido, si pisaba Costa Oscura desde el sur, sería identificado y la jefa de guerra se enteraría de su incumplimiento. Por lo que optó por ingresar a través de los lindes occidentales del territorio que otrora perteneciera a los elfos de la noche. 

Las horas habían pasado raudas y veloces, la oscura luna se posaba sobre las blancas playas de Vallefresno e iluminaba las aguas con su perenne luz. La costa estaba plagada de nagas, que no representaban un problema para Ujio, pero entrar en combate con ellos retrasaría la tarea del orco. Llevaba más de un día viajando, apenas había comido unos trozos de carne seca y no había dormido, por lo que el cansancio comenzaba a hacer mella. 
Ve a la Avanzada de Zoram’gar, ahora debo continuar solo, le dijo Ujio a Colmilloferoz. A pesar de que no le gustó la orden de su amo, la fiel loba corrió a destino. Se alejó entre las sombras de los enormes y milenarios árboles de Vallefresno y, en tan sólo segundos, desapareció de la vista del orco. 
Ujio siguió su camino, bordeando las montañas del norte, que separaban a Vallefresno de Costa Oscura. Cual asesino, se fundió con las sombras, rasgo característico de los monjes del Shadopan, pasó a través de las ruinas, evitando incluso el incisivo olfato de los nagas. Así, llegó hasta Costa Oscura.
La resistencia de los orcos es realmente admirable. Pueden luchar por días sin detenerse y beber decenas de pintas sin caer. Ujio era el ejemplo perfecto, a pesar de todas las batallas que había librado en los últimos días, aún estaba entero como para atravesar medio mundo y encontrarse con su padre. 
El orco se movió por el bosque, siempre con la vista puesta en la playa. Sabía que si corría por la arena sería un blanco fácil, por lo que se mantenía cerca, pero oculto entre los árboles. Corrió como si no hubiera un mañana y, de esa manera, llegó rápidamente al recorrido de una pequeña patrulla de vigilancia. 
Ujio estaba curtido en el combate cuerpo a cuerpo y podía dejar inconsciente a cualquier guerrero sin la necesidad de matarlo. Rápidamente, le dio un buen uso a sus hábiles y, antes de que siquiera pudieran ver qué fue lo que los golpeó, tres brutos cayeron desmayados. El último miró sorprendido, pero sin alarmarse. Buenos golpes, Júnior, le dijo. 
Ujio sonrió. Acompáñame, tengo un plan para derrotar a la Alianza. 

martes, 29 de enero de 2019

LA CAÍDA DE DAZAR'ALOR

Los últimos cinco meses habían sido abrumadores para la Horda. Desde que rescataron a la princesa Talanji, se había enfrentado a diferentes peligros que, no sólo ocasionaron un sinfín de muertes, sino que además no habían cesado ni un solo día. Los soldados estaban muy cansados, algunos más que otros, pero lo cierto es que la fatiga era general. 
Ujio no era la excepción. Sus constantes viajes entre las distintas regiones de Zandalar, sumados a su participación en los frentes de batalla de Arathi y la Costa Oscura, lo habían dejado sumamente agotado. A todo esto, tenía que controlar el progreso de Revingar como guerrero de la Horda, que viajaba por los sectores sensibles de Azeroth recopilando información sobre los posibles próximos movimientos de la Alianza. Sin dudas, un trabajo intenso. 
En los últimos días, tan sólo había dormido un total de 80 minutos, fraccionados en pequeñas siestas de no más de 10 minutos cada una. Comenzaba a sentir el peso de la guerra. De la verdadera guerra, aquella de la que Varok tanto hablaba. 

Es por eso que el ataque de la Alianza a Dazar’alor lo sorprendió sobremanera. Ujio había seguido a las fuerzas de Talanji y Rokhan hacia las costas de Nazmir, pero todo resultó ser un engaño, muy bien perpetrado, por los estrategas del rey Anduin Wrymm. Engaño, acción. Engaño, acción. Eso le recordaba al tiempo que pasó en el Templo del Tigre Blanco, donde conoció al gran Vol’jin y a la filosofía que ahora regía su vida, el huojin (“la mayor injusticia es la inacción”). El líder trol era un excelente estratega y, junto al humano Tyrathan Khort y el pandaren Taran Zhu, había logrado defender a Pandaria del asedio zandalari en numerosas ocasiones. 
Esta jugarreta de la Alianza parecía planificada por Vol’jin. Era una cruel broma del destino que hacía caer nuevamente en una trampa a los zandalari, que ahora eran aliados de la Horda. Eso irritaba a Ujio que, tan pronto como pudo, se encontró nuevamente en Dazar’alor para repeler a sus enemigos. 
Pero el tiempo es tirano...y conspiraba a favor de la Alianza. Al llegar, entre pelea y pelea, Ujio y los soldados de la Horda se encontraron con que el rey Rastakhan había sido asesinado por los guerreros de Anduin.
El rey Rastakhan en sus momentos finales. 
Una profunda tristeza se apoderó de su corazón. Mientras que el grueso de los guerreros de la Horda lo sentía como una derrota, Ujio lo veía como una oportunidad de devolverles el favor a sus enemigos. Deben pensar que estamos derrotados. Engaño, acción.
Si bien la muerte de Rastakhan le había recordado a la de Vol’jin, por su mente se cruzaban ciertos pensamientos positivos. No paraba de pensar en lo duros que son los trols. Esos sí que son guerreros fieros. Incluso cuando se había batido a duelo con su amigo Hiasing, que era un Lanza Negra, le le había costado creer que un ser tan pequeño en tamaño fuera tan habilidoso para el combate cuerpo a cuerpo...¡Y tan fuerte! 
Rastakhan había sido valiente. Pasó los últimos meses defendiendo a su pueblo de las amenazas internas. Confió en la Horda y así logró defender sus tierras de la insurgencia de Zul y compañía. Pero los esfuerzos por defender las tierras zandalari fueron tan grandes, que perdieron de vista al rey...y este lo pagó caro. 
Es hora de retribuirle a Rastakhan la confianza que depositó en la Horda. 



martes, 8 de enero de 2019

CARTA DE UN SOLDADO A OTRO

Habían pasado varios días desde que Ujio y Revingar patrullaron los bosques de Vallefresno. Las noticias habían sido entregadas a la jefa de guerra y ahora esperaban por órdenes. A pesar de estar atareados y mantener sus mentes ocupadas la mayor parte del tiempo, ni Revingar ni Ujio podían olvidarse de aquella charla que mantuvieron en los lindes occidentales de Vallefresno. El mag’har se preguntaba qué era lo que había hecho Ujio en nombre de la Horda que tanto le pesaba, mientras que el monje se lamentaba de haber mencionado esa parte de su pasado. Al caer la noche, Ujio le escribió una carta a Revingar.



Colega Revingar: 
        La conversación que mantuvimos el otro día en Vallefresno me trajo recuerdos desagradables, pero que han sido la piedra angular de mi existencia y me han llevado a mantener una conducta honorable en los años posteriores. En la Horda no todo es lo que parece, todos los que seguimos un código de honor hemos cometido atrocidades...sólo que algunos lo han hecho sin respetar ninguna regla y abrazaron a la locura. 
Tras haber sido entrenado en el Templo del Tigre Blanco y de haber tomado un papel en los ejércitos de la Horda, vencimos a Garrosh Grito Infernal. Entonces todo volvió a la normalidad. No pasó mucho tiempo antes de que volviéramos a estar en combate contra la Alianza. Y ahí sucedió. 
Mi comienzo en las artes marciales y en el camino del monje no fueron por casualidad. Hubo una pandaren que me rescató de un accidente, me curó y me adoptó como un discípulo más. Me presentó a los maestros Chen Cerveza de Trueno y Taran Zhu, mientras que compartí labores dentro del Templo con Vol’Jin y Tyrathan Khort. Allí aprendí a usar mi cuerpo como un arma. 
Pináculos de Arakk. 
Pero el problema fue que aquella pandaren, llamada Xhiun, empatizó con la Alianza. Una cálida tarde en los Pináculos de Arakk, que nos auspiciaba nada bueno, me encontraba realizando tareas para levantar un campamento de la Horda, cuando una incursión de la Alianza nos atacó. Mi compañía quedó devastada. Unos 35 buenos soldados y peones cayeron en las manos de nuestro enemigo, que nos emboscó. El resto estaba demasiado herido como para poder defenderse. 

Me encontraba solo en una lucha que seguro iba a perder, pero me enfrenté a la Alianza con honor. Sus guerreros caían uno a uno, sin dudas no habían enviado a los mejores, y me atacaban con poca disciplina, lo que me favorecía ampliamente. Hasta que una voz femenina irrumpió y ordenó que se detenga la batalla. “Déjenlo, este es mío”, dijo. “Üjio, el dragón de un sólo ojo, tu nombre ha cobrado trascendencia entre las filas de la Alianza. Eres un guerrero honorable, pero no puedes con esta legión tú solo. Ríndete y serás perdonado por el Rey Varian Wrynn. Presenta resistencia y tu cabeza será puesta en una pica, para advertirle a todos los perros de la Horda que este territorio no les pertenece”, advirtió mientras se abría paso entre sus subordinados. Era Xhiun. 

Me pregunté qué le había sucedido. Por qué hablaba de esa manera de la Horda. Tenía mucho odio en su interior...se había alejado del camino de los monjes. “Maestra Xhiun, veo que ha encontrado su lugar en el mundo. Su nombre corrió la misma suerte que el mío, se dice que les arranca los ojos a quienes te miran fijamente, la lengua a quienes osan contradecirle y la cabeza a quienes se oponen a Usted. Sus advertencias lo confirman”, le dije tranquilamente, aunque no le gustó mucho. 
“Tu Horda arruinó a mi Pandaria. Ríndete y te perdonaré, pero hazlo AHORA”, espetó. Claramente, mi misión era establecer un campamento en aquella posición para garantizar el dominio de la Horda. Así fue que me puse en posición de combate y esperé a mi rival. Xhiun ordenó que me ataquen. 
No tardé demasiado en quitarme de encima a esos pobres tontos que intentaron asesinarme. Es de muy mal gusto hacer que tus guerreros inexperimentados se enfrenten a un héroe de la Horda, especialmente si es un orco. Los pequeños cuerpos de los humanos, elfos y enanos se quebraron como una rama impactada por un hacha, mas aún quedaron todos vivos. Pero Xhiun no se lo tomó con gracia y atacó sin piedad. 
Recuerdo que, mientras estábamos en el Templo del Tigre Blanco, ella siempre me decía que debía encontrar el equilibrio entre mis emociones. Hacía hincapié en que tenía que librarme de aquello que me ataba al pasado. Los recuerdos de mamá haciendo guisado de jabalí, de mi padre -tú- contándome historias frente a una hoguera y de mi hermano defendiéndome de los otros niños. Pero todo aquello fue lo que me fortaleció. Ahora, sin embargo, parecía ser ella la que no podía encontrar el equilibrio, al punto de que su furia controlaba sus golpes y los hacía lentos y predecibles. 
Intenté hacerla entrar en consciencia, advertirle que luchando contra mí no lograría detener a la Horda, pero ella insistió. Usó todas las técnicas que me había enseñado y algunas de las que el maestro Chen nos enseñó a ambos, pero fue una nueva técnica la que me sorprendió. Me lanzó cuchillas envenenadas, un truco propio de un asesino. Una de ellas rasgó levemente mi brazo derecho, lo suficiente como para hacer que el veneno ingrese en el torrente sanguíneo. Ahí fue cuando la sed de sangre se apropió de mí. 
En tan sólo un breve momento, pasó de tener la ventaja a estar al borde de la muerte. Fue recién cuando se encontró en el suelo, con una terrible mirada de terror, que recuperé el control sobre mi cuerpo. Su sangre brotaba por todos lados, mientras intentaba alejarse a rastras. No dijo nada, pero aquella mirada me alcanzó para comprender la brutalidad que había cometido. Segundos después, murió. 
Desde entonces, prometí no volver a entrar en ese frenético estado, aunque recientemente rompí aquella promesa. Ese es mi secreto más oculto...y doloroso. Eso es lo que hice en nombre de la Horda, masacré a mi querida amiga y salvadora...y no quiero que nadie tenga que volver a atravesar aquello ni que me toque volver a hacerlo, ya que tengo grandes amigos en la Alianza. 

Saludos, Revingar. Nunca olvides tu honor. 

lunes, 3 de diciembre de 2018

DUDAS EN LA NOCHE: ¿VAROK O SYLVANAS?

Ujio y Revingar se refugiaron debajo de un árbol pequeño para pasar la noche. La oscuridad se había cernido sobre ellos y, si de día apenas se podía ver por la sombra de los colosales árboles que se extendían por todo Vallefresno, por la noche era imposible ver más allá de sus propios miembros. Pasar desapercibidos no les sería difícil, siempre y cuando no prendieran una hoguera. Una leve brisa soplaba, pero no era fría, sino más bien templada. No había amenazas alrededor. 
Distendidos y sin preocupaciones, más que las típicas de la guerra, Ujio y Revingar disfrutaban de unos jamones que habían ocultado en la mula que usaron como carnada para interceptar a los agentes de la Alianza. El animal se hallaba a un costado, atado a la rama de un árbol de proporciones medianas. Sólo oían el traqueteo de las ramas de los árboles y el sonido del jamón al ser mordido. 

El frondoso bosque de Vallefresno. 

-Entonces…¿Qué hay con ese tal Varok del que tanto se habla en Orgrimmar?- preguntó Revingar sin tapujos. 

Ujio dejó de masticar y suspiró, lanzando involuntariamente pequeños trozos de comida por los aires. A pesar de que admiraba que la jefa de guerra siempre estuviera un paso por delante del enemigo, Varok era un ícono de la Horda. Era sinónimo de honor, lo que no es algo que los orcos olviden con facilidad. Era  un superviviente de la primera Horda e  incluso había sobrevivido al control demoníaco. 

- Es una leyenda viva. Es el mejor guerrero que la Horda ha entregado...bueno, quizás el segundo, por detrás de Grommash Grito Infernal- respondió Ujio. 
- Y si es una leyenda…¿Por qué se dice lo contrario en las calles de Orgrimmar?- preguntó Revingar. 
- Es difícil de responder, ¿sabes? Varok se reveló contra las órdenes de la jefa de guerra y eso causó el rechazo de muchos jóvenes. Lo cierto es que sólo los más viejos, o los que venimos de familias que atravesaron el Portal Oscuro, sabemos lo que representa Varok para la Horda y el gran aliado que podría ser en esta guerra- respondió Ujio. 
- Oí que está prófugo de la Horda y la Alianza…
- Eso es lo que sabemos, pero no sabemos cómo escapó. Intentamos rescatarlo de las mazmorras de Ventormenta, pero se rehúso a volver a pelear al lado de Sylvanas y se quedó en esa inmunda celda húmeda, viviendo entre las ratas.- dijo Ujio con dolor, como si se sintiera herido por el rechazo del experimentado guerrero, pero rápidamente se serenó y volvió a hablar - Aparentemente, semanas después escapó por sus propios medios…
- Hablas de él como si fuera tu padre…-dijo Revingar, quien se dio cuenta que había metido la pata, por lo que inmediatamente trató de remediar su error.- Lo que quiero decir es que lo admiras…

Para Ujio las palabras de Revingar no fueron ofensivas. Por el contrario, esclarecieron sus pensamientos. Varok era como un padre, no sólo para él, sino también para todos los miembros de la Horda. Había plantado la semilla del honor en todos y cada uno de los que lo conocieron...y era tiempo de que comenzara a germinar. 

Varok y Sylvanas durante la batalla por las Ruinas de Lordaeron.

- ¡Oye!- le espetó Revingar a Ujio, que se había quedado pensativo- ¿Qué tanto piensas, joven?

- Es que...creo que deberíamos recuperar a Varok. No es que me oponga al liderazgo de Sylvanas, pero los valores que él nos inculcó nos pueden llevar a ganar esta guerra sin artimañas deshonrosas.
- Entonces, no te opones a la jefa de guerra, pero sí a sus métodos…¿Cierto?
- Correcto. Debes saber que, incluso en los tiempos más oscuros de la Horda, actuamos con honor. Cuando Garrosh Grito Infernal era el jefe de guerra e intentó hacerse con el poder del dios antiguo Y’Shaarj, lo derrocamos con honor y le dimos la posibilidad de enfrentarse a un juicio justo. Obrando con honor gané el título de Lanza de Vol’Jin.
- ¿Por qué tienes tantos conflictos en tu interior si crees que estás haciendo lo correcto?- preguntó Revingar, que ya se había percatado de lo que atormentaba en la mente de Ujio. 
- Porque la jefa de guerra trata como traidores a aquellos que se manifiestan en contra de sus acciones...no puedo ser descubierto. Pero en estos últimos meses he comprendido que me debo a la Horda, en su nombre hice cosas que ni el más sanguinario de los guerreros hubiese hecho, y la Horda no es nada sin sus valores fundacionales.

Revingar asintió. De alguna manera el pecho se le llenó de orgullo. Supo que “crió” bien a su pequeño hijo en aquella línea temporal. 

- Comprendo. Si es como dices, Varok tiene mi apoyo y, por supuesto, también mi hacha.- dijo mientras señalaba el hacha de leñador que había usado para desmembrar a los agentes de la Alianza.- Descansa un poco, te lo ganaste. Yo haré la primera guardia.