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martes, 23 de octubre de 2018

LA FAMILIA SE HA REUNIDO

El monje estaba exhausto. Había pasado los últimos doce días -al menos eso era lo que él creía- haciendo rituales, enfrentándose con ecos del pasado y aniquilando enemigos de otras realidades, sólo para ganar el apoyo de los orcos mag’har en la guerra contra la Alianza. Ahora que se encontraba de vuelta en Orgrimmar, tras lograr que sus congéneres se unieran a la Horda, sólo quería tirarse a descansar, pero para su sorpresa Eitrigg lo esperaba en el lugar para reunirse inmediatamente con la jefa de guerra, Sylvanas Brizaveloz, y los líderes de los nuevos aliados. Debes estar bromeando, necesito descansar, les espetó el monje con indignación. Así es la guerra, muchacho. No hay tiempo para el sueño ni los placeres, le contestó el experimentado guerrero. Acto seguido, caminaron juntos hacia el Fuerte Grommash.

Ujio llevaba en el cuello un colgante que le había regalado un niño en la primera visita que hizo la Horda a Draenor, cuando Garrosh aún era una amenaza para todo Azeroth. Se lo había colocado con la intención de que los mag’har relacionaran aquella pieza única con el pasado, con aquella cruzada que los liberó de las garras de la Legión Ardiente. Sin embargo, el éxito que habían cosechado en Draenor no se debía a aquel collar, que pasó inadvertido.

Ya en la embajada, donde se habían hospedado varios mag’har, Ujio notó algo extraño en el rostro de uno de los orcos de Draenor. Sus ojos y colmillos le resultaban familiares. Tenía el pelo negro, pero con un incipiente tono grisáceo, lo que indicaba que andaba alrededor de los 40 años. Estaba convencido de que había visto esos ojos con anterioridad…

Mientras Sylvanas, Eitrigg y Geya’rah sellaban su alianza, Ujio se acercó a aquel orco que le resultaba extraño. Lo estudió desde una distancia prudente, luego se acercó más y más, hasta que estuvo prácticamente a su lado. El otro orco lo miró con desdén, pero al cabo de unos segundos de miradas cruzadas, que parecían lanzar rayos, vio el colgante de Ujio y se llevó una gran sorpresa.



- ¡Tú!- le espetó el orco con sorpresa - ¿Acaso eres Ujio?- preguntó, lo que le hizo recordar al monje de dónde conocía a ese orco.
- Sí, lo soy. Tú...¿Tú eres el niño que se perdió en la tormenta de nieve?- respondió Ujio.
- Sí...mi...mi nombre es Revingar, señor.

Al escuchar ese nombre, el orco quedó paralizado. Su corazón se detuvo por un momento y su mente entró en un profundo estado de confusión. Qué tan retorcido era el destino para poner delante de él a su difunto padre...pero vivo. Era un episodio que haría derramar lágrimas hasta al más duro de los guerreros.

Al cabo de unos segundos en silencio, Ujio se dio media vuelta y escapó rápidamente. Revingar no comprendía qué era lo que le sucedía, pero supuso que el monje tendría alguna razón válida para actuar de tal manera. Detrás de él se encontraba Eitrigg, quien conocía de primera mano la historia de Ujio.

- No te sorprendas por el comportamiento de Ujio- le dijo el experimentado guerrero a Revingar.- En esta línea temporal, tú fuiste su padre y tuvo que despedirse de tí a muy temprana edad. Siempre fuiste una importante influencia para él.

- Es...extraño lo que me cuentas, Eitrigg...porque él siempre fue una importante influencia para mí- reconoció el mag’har, haciendo referencia a que lo rescató de una muerte segura.

La noche cayó y Revingar se dirigió a los aposentos de Ujio con la intención de agradecerle formalmente por haberlo rescatado cuando era un niño. A su vez, el monje sentía la imperante necesidad de darle las gracias por haberle inculcado la importancia de la familia...a pesar de que él no era realmente su padre.

La puerta sonó. Tres fuertes golpes la sacudieron e hicieron retumbar el sonido en el amplio comedor de la casa de Ujio. El monje se acercó a la puerta y preguntó quién estaba del otro lado, Revingar contestó y un silencio incómodo se instaló dictatorialmente en el ambiente. Ujio salió de su vivienda y le propuso a Revingar ir a las murallas del sur, que daban a las hostiles tierras de Durotar, donde podrían charlar con tranquilidad.
Una vez que se encontraron en los titánicos muros, donde ambos se apoyaron, se aventuraron a dialogar con libertad. Parecía que, aunque provenían de dos líneas temporales diferentes, ambos tenían un estrecho vínculo que ni los mismos dragones del Vuelo Bronce podrían deshacer.

- Sabes, Ujio, tengo un hijo al que siempre le hablo de tí. Me da la impresión de que de alguna manera podrías ser tú, pero lo cierto es que su nombre es Gavingar- dijo el mag’har- Es un niño pequeño, apenas tiene cinco años, pero ya veo su espíritu combativo. Será un gran guerrero-
- Sin dudas lo será. Él era mi hermano mayor...murió durante un enfrentamiento contra la Alianza- contó el monje.- Y...como te contó Eitrigg, tú eras mi padre en esta línea temporal, con lo cual se me hace difícil mirarte a los ojos sin pensar que eres él.
- Lo sé, joven Ujio. Pero lo cierto es que no lo soy y nada te lo podrá devolver, ni siquiera los intrincados caminos del tiempo. Según me contó Eitrigg, tu padre fue un gran guerrero y, si bien estoy lejos de la edad que tuvo cuando falleció, haré mi mejor esfuerzo para honrar su nombre. No puedo ser tu padre, pero sí puedo ser tu compañero de batallas- le dijo orgullosamente Revingar.


Aunque Ujio comprendió dolorosamente las palabras de Revingar, percibió la esencia de su padre y no pudo evitar contentarse levemente por volver a compartir tiempo con él. Un compañero de combate es todo lo que necesito, le respondió con una sonrisa dibujada en su rostro. Entonces, el monje sacó de una de sus bolsas una orden de Sylvanas y se dispuso a explicarle los planes de guerra al mag’har. La familia se había vuelto a reunir y esas eran malas noticias para la Alianza.

martes, 2 de octubre de 2018

UN RECUERDO DE OTRO TIEMPO

Los últimos días habían sido difíciles. La destrucción del último sello de protección de Zandalar había sido un golpe duro para todos los trols y la Horda. Los ánimos estaban por el suelo, pero tanto Ujio como Rokhan sabían que no era el momento para lamentarse, por el contrario, debían levantar la cabeza y contraatacar. El objetivo era Uldir, una antigua edificación titánica donde los trols de sangre intentaban levantar de entre los muertos a G’huun. 

Tanto el monje como el cazador de la sombras se dispusieron a planificar el ataque en una de las salas del Gran Sello, cuando un no-muerto ingresó a la habitación con un mensaje para Ujio. 


-Señor, tengo un mensaje para usted. La jefa de guerra pidió expresamente que lo leyera en soledad, ya que es un secreto de Estado- le indicó al orco mientras le daba el pergamino. 

-Entiendo, muchas gracias- respondió. Miró a Rokhan directamente a los ojos y el trol se marchó de la habitación. 

Ujio, mi estimado adalid. Estamos en tiempos de guerra y necesitamos de la voluntad de todos nuestros guerreros para lograr la victoria sobre la Alianza, pero también necesitamos nuevos aliados para revitalizar nuestros esfuerzos. Es por eso que la Horda necesita que viajes en el tiempo, una vez más, hacia Draenor para traer a los orcos Mag’har a nuestro bando, rezaba el mensaje de Sylvanas. 


El orco se sorprendió sobremanera. Sus ojos parecían querer abandonar sus órbitas y su boca estaba abierta de par en par, dejando al descubierto todos sus dientes. Desde que volvieron de aquella línea temporal, se había establecido tácitamente que no la visitarían nuevamente para no alterar los cursos naturales del tiempo. Este nuevo movimiento de Sylvanas volvía a sacar a Ujio de su eje porque era completamente inesperado, lo que la exaltaba como estratega, pero a la vez alimentaba las sospechas de Ujio sobre las intenciones de la jefa de guerra. 


El monje se dirigió a sus aposentos, en busca de un enorme cofre que tenía distintos elementos que guardó en sus viajes. Revolvió compulsivamente todo el contenido buscando algo en particular, un recuerdo de aquella aventura a través de las líneas temporales. Algo que le diera una pista sobre cómo podría lograr que los orcos mag’har confiaran en él. Entre anillos, capas, colmillos y otras yerbas, se topó con lo que buscaba: un pequeño collar que le había regalado un niño que había salvado en la Cresta Pirofrío. 



Imagen propiedad de Blizzard Entertainment.
Aquella mañana gélida los Lobo Gélido se habían olvidado de sus problemas. La inclemente ventisca, que golpeaba desde el oeste, sacudía las tiendas con furia e invitaba a los orcos a refugiarse. Pero no todos eran lo suficientemente conscientes sobre el peligro que representaba. 
Un grito alertó a Ujio, que saltó de la tienda blandiendo un hacha en cada una de sus manos. Observó a su alrededor, pero a duras penas podía ver más allá de sus propios pies por la intensa nevada que caía sobre la aldea. Se dejó guiar por los gritos, esperando que tan sólo sea el eco del viento trayendo alaridos de alguna bestia moribunda. Al cabo de unos minutos, encontró el origen de los gritos. Era una madre. 

El orco se le acercó para preguntarle qué le sucedía y ella le respondió que había perdido a su pequeño hijo en medio de la ventisca. Lo había tratado de rastrear, pero las huellas conducían hacia las inhóspitas llanuras nevadas. El monje vio la tristeza y desesperación en los ojos de aquella orca y, sin dudarlo, se lanzó en la búsqueda del niño. 


Ujio se colocó justo al lado de las huellas del pequeño orco para poder seguirlas en medio de los fuertes vientos blancos. Se cubrió el torso con una gruesa capa de piel de oso, que habían confeccionado los Lobo Gélido de Azeroth para él como regalo por su cumpleaños, y comenzó a caminar firmemente entre la nieve, que cedía ante cada uno de sus pasos. 


Ujio había perdido la noción de la orientación. Ya no sabía si marchaba hacia el este, el oeste, el norte o el sur. Entonces, se arrodilló, cerró sus ojos y entró en una profunda meditación. En lo más hondo de su fuero interno vio la figura del niño tirado junto a una roca y temblando de frío, lo que le trajo algunas certezas. No estaba claro qué tan lejos se encontraba de la posición del orco, pero sí le indicó la dirección. Con un vigor renovado, Ujio corrió a su encuentro. 





Los minutos parecían horas para la pobre madre orca que esperaba a su pequeño hijo en la entrada de la aldea. Las huellas de su prole y del orco que salió a buscarla ya habían sido tapadas por el viento blanco que soplaba del Oeste. A cada segundo se impacientaba más y más, se mordía las gruesas uñas y caminaba de un lado al otro. La esperanza se desvanecía. 

En la lejanía divisó una pequeña mancha negra. No parecía una persona, sino más bien humo negro, lo que hacía que se distinga entre tanto blanco. Al cabo de unos momentos, la orca se dio cuenta de que aquello era una figura. No tardó demasiado en reencontrarse con Ujio, que traía a su hijo en brazos. 

- ¡Gracias! ¡Oh, gran señor, gracias!- le dijo la mujer.- ¿Cuál es su nombre, extranjero?- agregó. 

- Mi nombre es Ujio- respondió mientras tiritaba.- Recuérdele a su hijo no salir durante las tormentas de nieve. Se nota que es un buen muchacho.- Le dijo. 

El orco volvió a su tienda, con la única intención de beber una infusión caliente y comer algo, tras haber caminado horas y horas en medio de una ventisca. Y con la sensación de haber hecho algo que cambiaría su vida para siempre. 


A la mañana siguiente, el joven,  ya recuperado, se acercó a su tienda y le obsequió un pequeño collar de huesos, rocas y colmillos que él mismo había hecho. Gracias por rescatarme, señor. Espero que algún día pueda ser como Usted, le dijo. 


No, niño. Tú serás mejor.