La batalla se volvía más sanguinaria con cada paso que daban los ejércitos de la Horda. Las fuerzas élficas caían lentamente, pero no se desmoralizaban. Peleaban con fiereza, a pesar de que eran superados en número. La jefa de guerra, Sylvanas Brisaveloz, había desaparecido del campo de batalla y los soldados de la Horda ya habían conquistado una gran parte del terreno.
Por órdenes expresas de Varok Colmillosauro, les habían perdonado la vida a los civiles que se encontraron, los elfos luchaban con fiereza y determinación a pesar de encontrarse en una evidente desventaja. Todo indicaba que la Horda ganaría esta batalla, al menos hasta que la Alianza enviara a todas sus huestes, pero nadie esperaba los acontecimientos que estaban por suceder. Ni siquiera la propia Horda.
Un estallido, que retumbó hasta en la cueva más recóndita de Costa Oscura y sacudió los cimientos de la misma tierra, llamó la atención de todos los guerreros. De pronto, se sintió otro estallido. Y otro. Y otro más, hasta que el objetivo del ataque se destacó por encima de todos los que estaban involucrados en la batalla. Era Teldrassil, el árbol del mundo, que estaba envuelto en llamas.
El clima se enrareció. Dejó de parecer una guerra y se asemejó más a un funeral. Incluso muchos de los guerreros de la Horda no podían creer lo que estaban observando. Se trataba de un acto de suma crueldad. A orillas del mar se encontraba Sylvanas, junto a Varok y Nathanos, ambos miraban el árbol con incredulidad, como si no creyeran lo que estaba sucediendo. Pero ella tenía satisfacción.
Ujio pudo apreciar con desolación cómo uno de los monumentos naturales más importantes de toda Azeroth era destruido lenta y dolorosamente. Estaba estupefacto, no podía creer lo que había hecho la jefa de guerra. Es que muchas de las razas que integran la Horda tienen un particular vínculo con la naturaleza. Los Tauren creían fervientemente que la Tierra tenía que ser protegida y cuidada, es por eso que habían logrado convertirse en druidas, mientras que los orcos habían recobrado ese espíritu naturista cuando durante el mandato de Thrall como jefe de guerra.
Prontamente, Ujio fue herido. Con un vigor renovado, y una furia incontrolable, un elfo de la noche lo atacó mientras él estaba distraído. Lo hirió de un flechazo en el hombro derecho. Pero el monje tenía dominio sobre distintas disciplinas y una de ellas era curar, con lo cual se quitó el proyectil del cuerpo, giró en el suelo para resguardarse detrás de una columna de madera, y se curó la herida lo mejor que pudo.
Los últimos días habían sido intensos en muchos aspectos, es por eso que le costó recuperarse. Rápidamente salió de su escondite para enfrentarse al elfo que lo había herido, pero ya había sido ultimado por un elfo de sangre paladín. Con un breve gesto de la cabeza, le agradeció y continuó luchando contra otros soldados.
Al cabo de un par de horas, todo amainó. Los últimos elfos fueron capturados, quizá por presión del mismísimo Varok o porque la sed de sangre de Sylvanas estaba saciada. Ujio buscó entre los cadáveres que estaban regados por la playa para ver si se encontraba con alguno de sus amigos (tanto de su bando como del contrario), pero ellos no estaban ahí. Aparentemente, todos estaban vivos y coleando, lo que le dio una cuota de esperanza al orco.
Ujio sentía que la cruzada de Brisaveloz estaba pasando todos los límites. La guerra no se trataba de matar inocentes y destruir todo a su paso, sino de someter a aquellos que amenazaban la integridad de los pueblos que componen la Horda. Pero atacar al árbol del mundo era algo que iba más allá de su comprensión.
Fue en ese momento que recordó las últimas palabras de Vol’jin cuando designó a Sylvanas como jefa de guerra: “Sólo algunos lo entenderán”. La curiosidad se apoderó de su mente y se preguntó qué era lo que sabía el troll para tomar semejante decisión y cuál era el secreto de la reina alma en pena, sin embargo, eso sólo sería develado por el tiempo. Sólo restaba esperar pacientemente, mientras aún tenían la ventaja.

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