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miércoles, 13 de febrero de 2019

A LA CAZA DE LOS ORCOS

La noche estaba templada y el olor salino del mar parecía cada vez más lejano. A pesar de haber marchado durante más de un día, Ujio se mantenía intacto. A su derecha, Revingar le seguía el paso, como si no hubiese hecho ninguna guardia en los últimos setenta días. Ambos estaban frescos, entusiasmados por la adrenalina de combatir contra la Alianza. 
Estaban volviendo a Orgrimmar por el mismo camino que había tomado Ujio para ir hasta Costa Oscura. Si bien iban rápido y habían pasado desapercibidos por el momento, el monje todavía sentía que alguien lo estaba observando. Entonces aceleró el paso y Revingar lo siguió. 
No tardaron mucho tiempo en darse cuenta de que, efectivamente, eran seguidos de cerca. Perros de la Alianza, pensó Revingar, pero la realidad es que era algo peor. Era algo que los marcaría para siempre. Ujio comenzó a sentir el crujir de las ramas de los altos árboles y sospechó. Parecía que alguien estuviera siguiéndolos desde las alturas, bastante atípico de los soldados de la Alianza. Los únicos que podrían hacer semejante tarea eran los elfos de la noche, pero no quedaban muchos por la zona, por lo que Ujio intuyó algo peor.
Debemos ocultarnos en algún lugar, antes de que nos logren cazar, le dijo a Revingar, que asintió. En la lejanía, pudieron divisar un pequeño río. Ujio supuso que podrían usar la corriente para alejarse de sus perseguidores. Acto seguido, se arrojó a las aguas y Revingar repitió sus pasos. 
La corriente no era muy poderosa, los ríos de Vallefresno se caracterizaban por ser pasivos, pero el pequeño impulso igual les fue de ayuda. Luego de tragar agua y golpearse con ramas por varios minutos, los orcos salieron del río. Notaron que se habían alejado de sus cazadores, pero sólo ganaron algunos minutos y ahora se encontraban más al sur y estaban muy lejos de los caminos ocultos que Ujio había utilizado en la ida. 
Ahora tenían que improvisar para sobrevivir. 

-Deja todo lo que no sea absolutamente necesario. Viajaremos ligeros a través del bosque, tenemos que llegar a la Empalizada de Morshan antes de que nos encuentren, allí nos reuniremos con los refuerzos- le dijo Ujio a Revingar, quien asintió. 

Los orcos se despojaron de sus bolsas y continuaron la marcha, sólo equipados con su armadura y armas. Ujio sabía que serían atrapados si no aumentaban la marcha. Quería evitar un enfrentamiento a toda costa. 
Continuaron a paso firme. Ya habían dejado atrás el Refugio Brisa de Plata, por lo que Ujio supo que estaban relativamente cerca de su destino, sólo restaba cruzar el río y continuar bordeando la montaña...pero sus perseguidores los encontraron primero. 
Un silbido furioso alertó al monje, que se arrojó a un lado y giró en el suelo. Desde lo alto de los árboles, las flechas caían como si se tratara de un castigo divino. Revingar, fiero como buen guerrero, repelió los proyectiles con su hacha. Profirió un rugido, que espantó a todas las aves y criaturas que se encontraban en los alrededores, y desafió a sus atacantes. 
Las forestales rastrearon y atacaron a los orcos.

Desde los árboles, cayeron sus cazadores, para darle continuidad al combate desde el suelo. Las sospechas de Ujio se confirmaron. Al menos una decena de forestales oscuras les daban caza a Ujio y Revingar.

-Ujio, Revingar. Por orden de la jefa de guerra, Sylvanas Brisaveloz, quedan detenidos. Arrojen sus armas o afronten las consecuencias- advirtió la líder del grupo. 

Revingar mostró una sonrisa socarrona y escupió al suelo. Apretó el mango del hacha y se lanzó al ataque. Ujio se sorprendió por la tenacidad que mostró la versión alternativa de su padre, pero también se sintió motivado. El monje también atacó. 
Revingar parecía no tener miedo, así como tampoco consciencia de que se enfrentaba a las unidades de élite de Sylvanas. Las flechas brotaron de los arcos enemigos como lo hace el agua de una vertiente, pero el experimentado orco esquivó todas y cada una de ellas. Tras un par de zancadas, desmembró a su primera víctima.
A sus espaldas corría Ujio, tratando de cubrirle los flancos. Si bien el monje era un protector de la vida, tenía cierto rechazo contra las forestales oscuras porque las consideraba criaturas sin voluntad que cumplían con las órdenes de Sylvanas sin cuestionamiento alguno, por lo que atacó a matar. Ultimó a la primera víctima de Revingar y asesinó a otras dos arqueras. El combate iba bien para los orcos, pero si había alguna posibilidad de que todo empeorara, se había hecho efectiva.
Un rugido potente sonó a espaldas de Ujio, el monje giró y por poco cae en las garras de un druida en forma de oso. Revingar peleaba contra las forestales cuerpo a cuerpo, cuando una enorme bola de fuego incineró a cuatro de ellas. Las tres restantes cambiaron de objetivo y lanzaron una lluvia de flechas al mago humano, que continuó con sus ataque s de fuego. Lo que había comenzado como un enfrentamiento entre dos bandos, se convirtió en una escaramuza con tres grupos. 
Druida elfo de la noche en forma de oso.

Como si fuera poco, desde detrás de unas plantas surgió una elfa de la noche. Con una de sus flechas hirió a Revingar en un brazo, pero el orco continuó peleando como si se hubiese tratado de un escarbadientes. Las forestales comenzaron a caer y sólo quedó la capitana, Ujio y Revingar la necesitaban para enviarle un mensaje a Sylvanas, por lo que doblegaron sus esfuerzos por protegerla de los ataques de la Alianza. 
Ujio corrió en dirección a la elfa, que con sus impresionantes habilidades lanzó una flecha tras de otra. El orco no podía acercarse a la ubicación de la arquera, por lo que se dividió en los espíritus elementales y atacó desde los flancos. La arquera no pudo ofrecer resistencia y cayó ante los puños de furia del monje. 
Revingar la tenía peor. Tenía que combatir contra el druida, mientras que intentaba esquivar los ataques de fuego del mago. A su vez, la forestal oscura intentaba escapar. Claramente, para los soldados de la Alianza sería una gran victoria acabar con todos ellos. Incluso dejaron escapar a la forestal para que le cuente la situación a la jefa de guerra. 
Ujio había vencido a su oponente, que se encontraba inconsciente en la hierba, y eligió un nuevo contrincante. Fue a por el mago, que se asustó al ver que el monje se le acercaba a gran velocidad. Comenzó a lanzar conjuros de fuego a diestra y siniestra, pero la agilidad del monje evitó que lo golpeara. Ujio lo dejó inconsciente con una seguidilla de golpes y se volteó para ayudar a Revingar, pero su padre ya había terminado el trabajo. El druida yacía boca abajo con la cabeza destrozada. 
Rápidamente, se dispusieron a perseguir a la forestal oscura, que se encontraba a unos 200 metros de los orcos. Sabían que la persecución sería complicada, incluso eran conscientes de que, si la perdían de vista, nunca más la encontrarían. 
Corrieron tras ella, pero no lograban alcanzarla y el cansancio comenzaba a pasarles factura. Fue en ese momento que un espíritu de lobo pasó al lado de los orcos. Revingar se dispuso a atacarlo, pero Ujio lo frenó. Déjalo, le dijo. En cuestión de segundos, alcanzó a la forestal y frenó su marcha. Ujio y Revingar llegaron hasta su posición a paso firme. 

-Veo que aún no has perdido tu toque, hermano- le dijo Ujio al chamán. 
-Soy el mejor en lo que hago, hermano- respondió Hiasing.- Tenemos que apresurarnos y llegar a la Empalizada cuanto antes, mañana emprendemos el viaje hacia el Puerto de Menethil. 

Ujio sonrió. Que la Alianza se prepare

miércoles, 6 de febrero de 2019

UN ALIADO Y UN PLAN

Sólo habían transcurrido un par de días desde el asalto de la Alianza a la ciudad de Dazar’alor. Los mejores curanderos de la Horda aún se encargaban de cuidar a los heridos, mientras que los ciudadanos zandalari se ocupaban de limpiar las calles y quemar los cadáveres de los caídos en grandes piras honoríficas por su sacrificio en la batalla.
Ujio recorría las calles viendo los resultados del enfrentamiento. Vestía sus ropajes de ronin -un guerrero sin señor-, que había adoptado tras vencer a Xhiun en los Pináculos de Arakk. Unas sandalias de cuero flexible, que permitían que se vieran sus dedos verdes, un hakama naranja con remaches de cuero marrón, guantes naranjas cubiertos por una placa de metal con nudillos -especiales para golpes de puño-, un arnés pectoral de cuero de truenagarto, y, por último, dos katanas. 
El monje había perdido demasiado en los últimos años. Primero Vol’jin, después Varok, a pesar de que no estaba muerto, y ahora Rastakhan. Por eso trajo de vuelta sus vestimentas de ronin, lo que no sólo indicaba que estaba de duelo, sino que sacaría su faceta más violenta para enfrentarse a la Alianza. Ya no hay lugar para tibios
Observó todo lo que sucedía a su alrededor con detenimiento. Guardó las imágenes en sus retinas. ¿Para qué peleamos?, se preguntó. Miró a las madres llorando a sus hijos muertos en batalla, familias desoladas por el cruel paso de la Alianza. Peleamos para proteger todo lo que amamos




Ujio había sido designado como uno de los soldados que debía ayudar a los enfermos y heridos, pero el monje tomó su propio camino. Le pagó unas monedas de oro a un goblin mago para que abra un portal a Orgrimmar -esos enanos verdes nunca rechazan unas monedas-, se dirigieron a un oscuro callejón y, montado sobre Colmilloferoz, el orco se transportó hacia la ciudad capital de la Horda. 
Para su sorpresa, había poco movimiento, lo que dejó entrever que la mayoría de los guerreros estaban en Zuldazar, reforzando las defensas por si la Alianza volvía a atacar, algo que era realmente improbable. De cualquier manera, eso lo beneficiaba, ya que la poca vigilancia le permitiría moverse sin ser detectado por los oficiales de confianza de la jefa de guerra. El objetivo de Ujio era llegar a Costa Oscura, donde Revingar se encontraba  patrullando. 
Sé que te pido demasiado, Colmilloferoz, pero necesito que me lleves lo más rápido posible hasta Costa Oscura, le susurró a la loba, que respondió con un sonido agudo, como si se estuviera quejando. Sin más, la fiel corcel comenzó a correr en sentido norte, para llegar a Vallefresno a través de Azshara y pasar por la zona segura de los aserraderos. Normalmente, tardaría varias horas en recorrer ese trayecto, pero Colmilloferoz estaba descansada y bien alimentada, por lo que sólo demoró poco más de una hora en llegar al puente que conectaba ambas zonas. 
Desde allí, el camino se extendía en línea recta de este a oeste por unos cuántos kilómetros, pero más allá del aserradero de la Horda, había varios obstáculos que podrían poner en peligro al monje. La zona estaba este estaba infestada de demonios, vestigios de la Tercera Guerra. También había bases de los elfos de la noche que, si bien habían sido capturadas por la Horda, eran acechadas por asesinos de la Alianza. Esto obligaba a Ujio a salirse del camino principal y utilizar algunos senderos escabrosos ocultos, que se los había enseñado su padre, para poder atravesar Vallefresno. 
Nos tomará todo el día atravesar el gran bosque, Colmilloferoz. Parece que tenemos un largo viaje por delante, justo como en los viejos tiempos. Efectivamente, el viaje era largo. Ujio y su fiel loba estaban obligados a pasar muy cuidadosamente por algunos caminos que bordeaban las montañas, ya que un tropezón implicaría una caída mortal. El orco desmontaba y pasaba lentamente por esos lugares, mientras que la loba lo seguía. Pudo observar, al menos, tres caravanas de suministros de la Horda dirigiéndose a Costa Oscura y las siguió con la mirada para asegurarse de que no fueran atacadas. No vio a ningún agente de la Alianza, pero no pudo evitar sentirse vigilado. Quizá sea la propia consciencia del bosque.
Ujio continuó, a través de la maleza, las raíces que sobresalían de la tierra y las rocas que se camuflaban entre la alta hierba. El camino parecía interminable y ya lo había cansado, pero no podía detenerse. Al menos, no hasta que encontrara a Revingar. Afortunadamente, sabía dónde encontrarlo. 
Siguió sumando pasos a su cuenta. Ya había pasado Astranaar y podía sentir cómo se aproximaba a Costa Oscura por el aroma salino que comenzaba a sentirse en las proximidades de la Avanzada de Zoram’gar. El pasaje sur de Costa Oscura tenía poca vigilancia, apenas un par de brutos y algunas forestales oscuras ocultas entre la vegetación. Esto significaba que, a pesar de sus esfuerzos por pasar desapercibido, si pisaba Costa Oscura desde el sur, sería identificado y la jefa de guerra se enteraría de su incumplimiento. Por lo que optó por ingresar a través de los lindes occidentales del territorio que otrora perteneciera a los elfos de la noche. 

Las horas habían pasado raudas y veloces, la oscura luna se posaba sobre las blancas playas de Vallefresno e iluminaba las aguas con su perenne luz. La costa estaba plagada de nagas, que no representaban un problema para Ujio, pero entrar en combate con ellos retrasaría la tarea del orco. Llevaba más de un día viajando, apenas había comido unos trozos de carne seca y no había dormido, por lo que el cansancio comenzaba a hacer mella. 
Ve a la Avanzada de Zoram’gar, ahora debo continuar solo, le dijo Ujio a Colmilloferoz. A pesar de que no le gustó la orden de su amo, la fiel loba corrió a destino. Se alejó entre las sombras de los enormes y milenarios árboles de Vallefresno y, en tan sólo segundos, desapareció de la vista del orco. 
Ujio siguió su camino, bordeando las montañas del norte, que separaban a Vallefresno de Costa Oscura. Cual asesino, se fundió con las sombras, rasgo característico de los monjes del Shadopan, pasó a través de las ruinas, evitando incluso el incisivo olfato de los nagas. Así, llegó hasta Costa Oscura.
La resistencia de los orcos es realmente admirable. Pueden luchar por días sin detenerse y beber decenas de pintas sin caer. Ujio era el ejemplo perfecto, a pesar de todas las batallas que había librado en los últimos días, aún estaba entero como para atravesar medio mundo y encontrarse con su padre. 
El orco se movió por el bosque, siempre con la vista puesta en la playa. Sabía que si corría por la arena sería un blanco fácil, por lo que se mantenía cerca, pero oculto entre los árboles. Corrió como si no hubiera un mañana y, de esa manera, llegó rápidamente al recorrido de una pequeña patrulla de vigilancia. 
Ujio estaba curtido en el combate cuerpo a cuerpo y podía dejar inconsciente a cualquier guerrero sin la necesidad de matarlo. Rápidamente, le dio un buen uso a sus hábiles y, antes de que siquiera pudieran ver qué fue lo que los golpeó, tres brutos cayeron desmayados. El último miró sorprendido, pero sin alarmarse. Buenos golpes, Júnior, le dijo. 
Ujio sonrió. Acompáñame, tengo un plan para derrotar a la Alianza.