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martes, 23 de octubre de 2018

LA FAMILIA SE HA REUNIDO

El monje estaba exhausto. Había pasado los últimos doce días -al menos eso era lo que él creía- haciendo rituales, enfrentándose con ecos del pasado y aniquilando enemigos de otras realidades, sólo para ganar el apoyo de los orcos mag’har en la guerra contra la Alianza. Ahora que se encontraba de vuelta en Orgrimmar, tras lograr que sus congéneres se unieran a la Horda, sólo quería tirarse a descansar, pero para su sorpresa Eitrigg lo esperaba en el lugar para reunirse inmediatamente con la jefa de guerra, Sylvanas Brizaveloz, y los líderes de los nuevos aliados. Debes estar bromeando, necesito descansar, les espetó el monje con indignación. Así es la guerra, muchacho. No hay tiempo para el sueño ni los placeres, le contestó el experimentado guerrero. Acto seguido, caminaron juntos hacia el Fuerte Grommash.

Ujio llevaba en el cuello un colgante que le había regalado un niño en la primera visita que hizo la Horda a Draenor, cuando Garrosh aún era una amenaza para todo Azeroth. Se lo había colocado con la intención de que los mag’har relacionaran aquella pieza única con el pasado, con aquella cruzada que los liberó de las garras de la Legión Ardiente. Sin embargo, el éxito que habían cosechado en Draenor no se debía a aquel collar, que pasó inadvertido.

Ya en la embajada, donde se habían hospedado varios mag’har, Ujio notó algo extraño en el rostro de uno de los orcos de Draenor. Sus ojos y colmillos le resultaban familiares. Tenía el pelo negro, pero con un incipiente tono grisáceo, lo que indicaba que andaba alrededor de los 40 años. Estaba convencido de que había visto esos ojos con anterioridad…

Mientras Sylvanas, Eitrigg y Geya’rah sellaban su alianza, Ujio se acercó a aquel orco que le resultaba extraño. Lo estudió desde una distancia prudente, luego se acercó más y más, hasta que estuvo prácticamente a su lado. El otro orco lo miró con desdén, pero al cabo de unos segundos de miradas cruzadas, que parecían lanzar rayos, vio el colgante de Ujio y se llevó una gran sorpresa.



- ¡Tú!- le espetó el orco con sorpresa - ¿Acaso eres Ujio?- preguntó, lo que le hizo recordar al monje de dónde conocía a ese orco.
- Sí, lo soy. Tú...¿Tú eres el niño que se perdió en la tormenta de nieve?- respondió Ujio.
- Sí...mi...mi nombre es Revingar, señor.

Al escuchar ese nombre, el orco quedó paralizado. Su corazón se detuvo por un momento y su mente entró en un profundo estado de confusión. Qué tan retorcido era el destino para poner delante de él a su difunto padre...pero vivo. Era un episodio que haría derramar lágrimas hasta al más duro de los guerreros.

Al cabo de unos segundos en silencio, Ujio se dio media vuelta y escapó rápidamente. Revingar no comprendía qué era lo que le sucedía, pero supuso que el monje tendría alguna razón válida para actuar de tal manera. Detrás de él se encontraba Eitrigg, quien conocía de primera mano la historia de Ujio.

- No te sorprendas por el comportamiento de Ujio- le dijo el experimentado guerrero a Revingar.- En esta línea temporal, tú fuiste su padre y tuvo que despedirse de tí a muy temprana edad. Siempre fuiste una importante influencia para él.

- Es...extraño lo que me cuentas, Eitrigg...porque él siempre fue una importante influencia para mí- reconoció el mag’har, haciendo referencia a que lo rescató de una muerte segura.

La noche cayó y Revingar se dirigió a los aposentos de Ujio con la intención de agradecerle formalmente por haberlo rescatado cuando era un niño. A su vez, el monje sentía la imperante necesidad de darle las gracias por haberle inculcado la importancia de la familia...a pesar de que él no era realmente su padre.

La puerta sonó. Tres fuertes golpes la sacudieron e hicieron retumbar el sonido en el amplio comedor de la casa de Ujio. El monje se acercó a la puerta y preguntó quién estaba del otro lado, Revingar contestó y un silencio incómodo se instaló dictatorialmente en el ambiente. Ujio salió de su vivienda y le propuso a Revingar ir a las murallas del sur, que daban a las hostiles tierras de Durotar, donde podrían charlar con tranquilidad.
Una vez que se encontraron en los titánicos muros, donde ambos se apoyaron, se aventuraron a dialogar con libertad. Parecía que, aunque provenían de dos líneas temporales diferentes, ambos tenían un estrecho vínculo que ni los mismos dragones del Vuelo Bronce podrían deshacer.

- Sabes, Ujio, tengo un hijo al que siempre le hablo de tí. Me da la impresión de que de alguna manera podrías ser tú, pero lo cierto es que su nombre es Gavingar- dijo el mag’har- Es un niño pequeño, apenas tiene cinco años, pero ya veo su espíritu combativo. Será un gran guerrero-
- Sin dudas lo será. Él era mi hermano mayor...murió durante un enfrentamiento contra la Alianza- contó el monje.- Y...como te contó Eitrigg, tú eras mi padre en esta línea temporal, con lo cual se me hace difícil mirarte a los ojos sin pensar que eres él.
- Lo sé, joven Ujio. Pero lo cierto es que no lo soy y nada te lo podrá devolver, ni siquiera los intrincados caminos del tiempo. Según me contó Eitrigg, tu padre fue un gran guerrero y, si bien estoy lejos de la edad que tuvo cuando falleció, haré mi mejor esfuerzo para honrar su nombre. No puedo ser tu padre, pero sí puedo ser tu compañero de batallas- le dijo orgullosamente Revingar.


Aunque Ujio comprendió dolorosamente las palabras de Revingar, percibió la esencia de su padre y no pudo evitar contentarse levemente por volver a compartir tiempo con él. Un compañero de combate es todo lo que necesito, le respondió con una sonrisa dibujada en su rostro. Entonces, el monje sacó de una de sus bolsas una orden de Sylvanas y se dispuso a explicarle los planes de guerra al mag’har. La familia se había vuelto a reunir y esas eran malas noticias para la Alianza.

martes, 2 de octubre de 2018

UN RECUERDO DE OTRO TIEMPO

Los últimos días habían sido difíciles. La destrucción del último sello de protección de Zandalar había sido un golpe duro para todos los trols y la Horda. Los ánimos estaban por el suelo, pero tanto Ujio como Rokhan sabían que no era el momento para lamentarse, por el contrario, debían levantar la cabeza y contraatacar. El objetivo era Uldir, una antigua edificación titánica donde los trols de sangre intentaban levantar de entre los muertos a G’huun. 

Tanto el monje como el cazador de la sombras se dispusieron a planificar el ataque en una de las salas del Gran Sello, cuando un no-muerto ingresó a la habitación con un mensaje para Ujio. 


-Señor, tengo un mensaje para usted. La jefa de guerra pidió expresamente que lo leyera en soledad, ya que es un secreto de Estado- le indicó al orco mientras le daba el pergamino. 

-Entiendo, muchas gracias- respondió. Miró a Rokhan directamente a los ojos y el trol se marchó de la habitación. 

Ujio, mi estimado adalid. Estamos en tiempos de guerra y necesitamos de la voluntad de todos nuestros guerreros para lograr la victoria sobre la Alianza, pero también necesitamos nuevos aliados para revitalizar nuestros esfuerzos. Es por eso que la Horda necesita que viajes en el tiempo, una vez más, hacia Draenor para traer a los orcos Mag’har a nuestro bando, rezaba el mensaje de Sylvanas. 


El orco se sorprendió sobremanera. Sus ojos parecían querer abandonar sus órbitas y su boca estaba abierta de par en par, dejando al descubierto todos sus dientes. Desde que volvieron de aquella línea temporal, se había establecido tácitamente que no la visitarían nuevamente para no alterar los cursos naturales del tiempo. Este nuevo movimiento de Sylvanas volvía a sacar a Ujio de su eje porque era completamente inesperado, lo que la exaltaba como estratega, pero a la vez alimentaba las sospechas de Ujio sobre las intenciones de la jefa de guerra. 


El monje se dirigió a sus aposentos, en busca de un enorme cofre que tenía distintos elementos que guardó en sus viajes. Revolvió compulsivamente todo el contenido buscando algo en particular, un recuerdo de aquella aventura a través de las líneas temporales. Algo que le diera una pista sobre cómo podría lograr que los orcos mag’har confiaran en él. Entre anillos, capas, colmillos y otras yerbas, se topó con lo que buscaba: un pequeño collar que le había regalado un niño que había salvado en la Cresta Pirofrío. 



Imagen propiedad de Blizzard Entertainment.
Aquella mañana gélida los Lobo Gélido se habían olvidado de sus problemas. La inclemente ventisca, que golpeaba desde el oeste, sacudía las tiendas con furia e invitaba a los orcos a refugiarse. Pero no todos eran lo suficientemente conscientes sobre el peligro que representaba. 
Un grito alertó a Ujio, que saltó de la tienda blandiendo un hacha en cada una de sus manos. Observó a su alrededor, pero a duras penas podía ver más allá de sus propios pies por la intensa nevada que caía sobre la aldea. Se dejó guiar por los gritos, esperando que tan sólo sea el eco del viento trayendo alaridos de alguna bestia moribunda. Al cabo de unos minutos, encontró el origen de los gritos. Era una madre. 

El orco se le acercó para preguntarle qué le sucedía y ella le respondió que había perdido a su pequeño hijo en medio de la ventisca. Lo había tratado de rastrear, pero las huellas conducían hacia las inhóspitas llanuras nevadas. El monje vio la tristeza y desesperación en los ojos de aquella orca y, sin dudarlo, se lanzó en la búsqueda del niño. 


Ujio se colocó justo al lado de las huellas del pequeño orco para poder seguirlas en medio de los fuertes vientos blancos. Se cubrió el torso con una gruesa capa de piel de oso, que habían confeccionado los Lobo Gélido de Azeroth para él como regalo por su cumpleaños, y comenzó a caminar firmemente entre la nieve, que cedía ante cada uno de sus pasos. 


Ujio había perdido la noción de la orientación. Ya no sabía si marchaba hacia el este, el oeste, el norte o el sur. Entonces, se arrodilló, cerró sus ojos y entró en una profunda meditación. En lo más hondo de su fuero interno vio la figura del niño tirado junto a una roca y temblando de frío, lo que le trajo algunas certezas. No estaba claro qué tan lejos se encontraba de la posición del orco, pero sí le indicó la dirección. Con un vigor renovado, Ujio corrió a su encuentro. 





Los minutos parecían horas para la pobre madre orca que esperaba a su pequeño hijo en la entrada de la aldea. Las huellas de su prole y del orco que salió a buscarla ya habían sido tapadas por el viento blanco que soplaba del Oeste. A cada segundo se impacientaba más y más, se mordía las gruesas uñas y caminaba de un lado al otro. La esperanza se desvanecía. 

En la lejanía divisó una pequeña mancha negra. No parecía una persona, sino más bien humo negro, lo que hacía que se distinga entre tanto blanco. Al cabo de unos momentos, la orca se dio cuenta de que aquello era una figura. No tardó demasiado en reencontrarse con Ujio, que traía a su hijo en brazos. 

- ¡Gracias! ¡Oh, gran señor, gracias!- le dijo la mujer.- ¿Cuál es su nombre, extranjero?- agregó. 

- Mi nombre es Ujio- respondió mientras tiritaba.- Recuérdele a su hijo no salir durante las tormentas de nieve. Se nota que es un buen muchacho.- Le dijo. 

El orco volvió a su tienda, con la única intención de beber una infusión caliente y comer algo, tras haber caminado horas y horas en medio de una ventisca. Y con la sensación de haber hecho algo que cambiaría su vida para siempre. 


A la mañana siguiente, el joven,  ya recuperado, se acercó a su tienda y le obsequió un pequeño collar de huesos, rocas y colmillos que él mismo había hecho. Gracias por rescatarme, señor. Espero que algún día pueda ser como Usted, le dijo. 


No, niño. Tú serás mejor.


viernes, 21 de septiembre de 2018

LA GUERRA DE SANGRE

Los ejércitos de los trols de sangre se movilizaban con el único objetivo de destruir el último sello de protección que quedaba en pie en Zandalar. La carrera por salvar a Zuldazar de las influencias malignas de los trols de sangre estaba por llegar a su fin. En tanto, la princesa Talanji, junto a otros héroes de Azeroth, había comprobado que intentaban invocar a G’huun, el quinto dios antiguo, lo que implicaba una amenaza aún mayor.

La epifanía de Ujio, que había visto en su encuentro dimensional con lo que él suponía que era un dios antiguo, le había dado la posibilidad de tomar medidas inmediatas. Apenas recuperado de la herida que le habían ocasionado los trols, se subió a lomos de Colmilloferoz con la única intención de defender la capital del otrora imperio. Hiasing hizo un leve gesto de desaprobación, pero inmediatamente montó a su raptor, Tuluki, para acompañar a su amigo, que aún estaba débil. Rokhan y Talanji no se quedaron atrás y se dispusieron a pelear la batalla. Así, otros cuantos guerreros se alinearon detrás de la comitiva que encabezaba Ujio.

Desde la cicatriz que habían hecho en Nazmir, los trols de sangre marchaban firmes y raudos. Nada parecía poder detenerlos, ya que eran miles formando con la misma disciplina que un verdadero ejército. En la oscuridad, generada por los gases y la humedad del pantano, el escuadrón de Ujio vigilaba el avance de las fuerzas de G’huun.

Ujio desvió hacia el oeste a sus seguidores para que no se topen con los trols de sangre en un cuello de botella que se formaba más adelante en el camino, pero él continuó por la misma senda con el objetivo de encontrar alguna manera para retrasarlos. Tiró de las riendas de Colmilloferoz para que galope más rápido y logró adelantarse alrededor de un kilómetro de sus enemigos.

Con cada movimiento que hacía, sus costillas le dolían agudamente. A pesar de haber sido curado recientemente, el orco tomaba riesgos al moverse tan osadamente, ya que podría volverse a abrir la herida.

A pesar de que se encontraba lejos y las emanaciones del pantano no le permitían ver apropiadamente, el orco podía sentir las vibraciones que generaba el ejército en el terreno. Desesperado, miró en todas direcciones buscando algo que pudiera detener aunque sea por un momento a las fuerzas de Zul. No tardó demasiado en percatarse de que una manada o, mejor dicho, una población entera de hipopótamos vivía en los pantanos.

Con osadía, corrió y se subió al lomo del macho alfa. La bestia no dudó ni un segundo en saltar de un lado para el otro para quitarse de encima al monje que, con cada salto, sentía el dolor en su cuerpo. Afortunadamente para él, logró dominar a la bestia y la incitó a correr en dirección al ejército, por lo que el resto de los animales la siguieron.

La estampida fue un éxito. El orco no pudo ser testigo de las innumerables bajas que ocasionó con esa inteligente acción estratégica. “Juega con las ventajas del terreno”, solía decirles Revingar a él y su hermano, lo que sin dudas era una de las claves de la guerra. Así ganó el tiempo que necesitaba para llegar a la capital y prepararse para la guerra.

Zuldazar, capital zandalari.
Tiempo. Sólo eso había ganado el orco con su maniobra defensiva. Es que en Zuldazar el profeta Zul tenía infiltrados que comenzaron con el ataque. Las fuerzas fieles al rey Rastakhan defendían el último sello, que mantenía protegida a la isla de Zandalar, pero sus esfuerzos comenzaban a menguar.

Ujio llegó a lomos de Colmilloferoz, sin sospechar con lo que se encontraría. Los infiltrados estaban doblegando a los zandalari. Sus cejas se unieron y sus ojos se cerraron levemente, mostrando su desprecio hacia los trols de sangre. Ataca…¡Ahora!, le ordenó a la loba, que inmediatamente saltó sobre el primer enemigo que se le cruzó en el camino. Ujio quería desmontar, pero su estado no le permitía hacer eso sin que haya consecuencias.

En la lejanía pudo ver a Hiasing, Rokhan y Talanji luchando con el mismo fervor. Lentamente, comenzaban a ganar terreno, pero lo peor aún estaba por llegar.


En lo alto de las pirámide central, donde se ubicaba el Gran Sello, Zul se enfrentaba a Rastakhan. El rey de Zandalar tenía un poder inconmensurable, producto de su ofrenda a Bwomsandi, lo que le permitió que la pelea se inclinara a su lado.

Sin embargo, en medio del fragor de la batalla, Mythrax, un poderoso esbirro de los dioses antiguos, lanzó un poderoso rayo que destruyó por completo el último sello protector y así, la esperanza se esfumó y el terror reinó.

Mythrax, esbirro de los dioses antiguos.


lunes, 17 de septiembre de 2018

LA VUELTA DEL DRAGÓN

Todos miraban con asombro al agonizante monje. Su torso comenzaba a tornarse de un color oscuro, quizá producto de las oscuras magias que manejan los trols de sangre, y su piel estaba pálida. Las sombras se lo querían llevar.

A su lado, se encontraba su amigo Hiasing, que había sobrevivido a la batalla de Entrañas -más por su conexión con los elementos que por la ayuda que recibió de la jefa de guerra- y había llegado a Zandalar tras recuperarse de sus heridas. Ehtoh no va nada bien, vamoh a necesitar flores medicinaleh, sostuvo el chamán, mientras tocaba tímidamente las manchas que tenía Ujio en su cuerpo.

Rokhan también estaba allí. No lo dudó ni un segundo, simplemente se lanzó a recorrer las inmediaciones para recoger las hierbas que necesitaba el monje para su recuperación. Colmilloferoz no se alejaba de su lado, aunque, de tanto en tanto, lanzaba un profundo aullido que denotaba dolor por el sufrimiento de su amigo.


Ujio sólo veía sombras. Oscuridad. Vacío. Si bien no podía observar nada a su alrededor y a duras penas podía ver sus propios miembros, sabía que alguien lo observaba, que era vigilado de cerca por una entidad. Tu fin se acerca...puedes aceptarlo y morir...o unirte a nosotros y gobernar por el resto de la eternidad, le susurró una voz similar a la del ignoto.

N'zoth, dios antiguo.
Aunque tenía su campo de visión limitado por la pérdida de un ojo y la oscuridad del lugar, Ujio podía sentir movimiento a su alrededor. Lo que sea que se moviera, impregnaba el aire con una humedad repugnante, lo que le recordó a los tentáculos de la criatura que había asesinado minutos antes...entonces supo a qué se enfrentaba.

Puedes matarme con tranquilidad, criatura, dijo el monje. Nada de lo que puedas ofrecerme me hará arrodillarme ante tí. La respuesta de Ujio no sorprendió a la criatura, por el contrario tenía muchas propuestas para hacerle.

Se siguió moviendo a su alrededor. Ambos se encontraban en alguna especie de plano etéreo, donde su integridad física no peligraba. Sin embargo, podía tener letales consecuencias para sus respectivos espíritus.
¿Acaso no quieres reencontrarte con tu familia?, preguntó la criatura maliciosamente. El monje dudó...era lo que más quería en el mundo. Pero eso no era posible. Su mente fuerte lo llevó a percatarse de la estrategia de la entidad que lo vigilaba, quería remover sus sentimientos más profundos para hacerlo dudar y, acto seguido, sumarlo a sus filas. Eso no es posible y, aunque lo fuera, lo que sucedió es lo que acepto como real, le contestó.


Hiasing llamó al agua, elemento de la vida, con la que mantuvo al monje con vida. Ete perro eh duro, dijo para sí mismo, aunque todos los presentes lo escucharon. Si bien habían pasado pocos minutos, Rokhan volvió con lo que el chamán necesitaba para recomponer la salud de Ujio.

Le entregó las hierbas a Hiasing, quien las molió, mientras las mezclaba con algunos jugos sospechosos. Entonces, escupió en el tazón donde preparó el brebaje y se lo arrojó al monje sobre la herida que tenía en las costillas derechas. Ujio emitió un grito ahogado. Ese reflejo les dio esperanza a todos de que el monje se recomponga.


El monje permanecía calmo. De alguna extraña manera, sabía lo que sucedía en el mundo físico y confiaba en que volvería a su cuerpo próximamente. Sin embargo, para eso debía aguardar en ese tenebroso, húmedo y apestoso lugar en el que se encontraba.

Hace años que miramos a tu raza y tú eres uno de los que más se destaca. Burlaste a la muerte en otra ocasión, aún cuando toda tu familia sucumbió ante heridas similares. Eres un hueso duro de roer…, le dijo la criatura. Con nosotros alcanzarás la gloria, serás nuestro general más grande, tendrás un poder…, el ser detuvo en pleno monólogo. Algo llamó su atención. La niebla oscura se disipó.


Ujio abrió sus ojos. A su alrededor estaban sus compañeros de armas y amigos. Hiasing rió, Rokhan suspiró y la princesa Talanji hizo un ademán con su cabeza. Colmilloferoz, por su parte, parecía más un perro faldero que una poderosa loba de guerra, ya que su cola se movía de un lado hacia el otro y brincaba sin parar. El monje la miró con cara de muerto y le sonrió.


Su torso ya no estaba infectado por la influencia oscura de los trols de sangre, aunque aún se sentía debilitado. Con esfuerzo -y dolor- se sentó por sus propios medios, miró a todos alrededor y les dijo: “Logré ver algo...Zuldazar está bajo ataque, ¿Qué les parece si vamos a defenderla?”.

lunes, 10 de septiembre de 2018

UN VÍNCULO ETERNO

Habían elegido un itinerario seguro para garantizar su seguridad. Gertha y Gavingar habían planificado durante meses el viaje hasta Alterac, hogar de los Lobo Gélido. Habían seleccionado meticulosamente cada uno de los lugares en los que acamparían, donde comprarían provisiones y con quienes tratarían en los Reinos del Este. Todo para garantizar la seguridad del miembro más pequeño de la familia en su primera gran aventura.

Desde aquel fatídico atardecer en el que cremaron a Revingar en Durotar, habían tratado de terminar de cumplir con la promesa que le había hecho a Korogar, que aún desconocía que se convertiría en el prometedor Ujio. Debían llevarlo a las montañas de Alterac para que conozca al clan Lobo Gélido, al que pertenecía desde su nacimiento por ser hijo de su padre. Y allí se encontraban los orcos, que antaño habían llegado desde un Draenor devastado, esperando con ansias que la familia del glorioso Revingar se uniera al clan. El clima de algarabía era generalizado. Algunos había combatido al lado del experimentado guerrero, mientras que otros lo habían guiado espiritualmente y los más jóvenes conocían sus hazañas por los relatos orales. En todos los casos, tenían un buen concepto del difunto orco.

Para el niño todo era nuevo. Él había nacido en Durotar, un desierto de tierra colorada que se encontraba entre el mar y el río, donde los raptores y los escórpidos deambulaban cazando a los jabalíes, y el calor era tan intenso que hasta su gruesa piel se sentía incómoda ante la exposición a los rayos del sol. Alterac era gélido y el viento propiciaba un clima pacífico, mas no amable. Las criaturas no andaban libremente por las inhóspitas condiciones, se refugiaban y esperaban al momento indicado para salir de sus madrigueras.

Sin embargo, allí se encontraban los orcos. Erguidos, aguardando la llegada de linaje del campeón de la Horda. Formaron un pasillo entre las tiendas en las que vivían, que estaban recubiertas de un cuero duro de algún animal de la zona, y a medida que Gertha, Gavingar y Korogar pasaban a su lado, se golpeaban el pecho en señal de respeto.

Drek’thar recibió a los miembros del clan y saludó al pequeño Korogar. Hola, joven guerrero, le dijo mientras se golpeaba el pecho e inmediatamente los invitó a recorrer las instalaciones del clan. Entre tiendas y corrales con ganado, Korogar divisó una pequeña cría de lobo que se apegaba fuertemente a la panza de su madre. Haciendo caso omiso a la guía que ofrecía el experimentado chamán, se dirigió hacia el lugar donde se encontraba la loba con sus crías, hipnotizado por la tierna imagen que podía apreciar.



Se acercó lentamente, más por instinto que por ser consciente de los daños que podría hacerle la madre si lo tomaba como una amenaza, y se detuvo frente a las bestias. Se arrodilló y acarició a loba mientras amamantaba a sus crías. El animal le lengüeteó la mano con cariño y Korogar sintió que hasta le sonrió. En medio de esa conexión tan íntima y profunda, se le acercó una de las crías y le mordió una botamanga, mientras emitía un gruñido infantil. Sin duda eres un lobo gélido, le susurró Drek’thar.



Así pues, el chamán le aseguró que esa pequeña cachorra lo había elegido como compañero, por lo que lo instó a nombrarla. El niño orco pensó y pensó en un buen nombre de batalla, pero no fue hasta que notó que la loba tenía un sólo colmillo desarrollado que decidió ponerle un nombre: Colmilloferoz.



El joven Korogar volvía todos los años a ver a su fiel compañera, pero esta ocasión era distinta. A sus jóvenes 16 años, el orco volvía a las tierras del clan Lobo Gélido con malas noticias. El último miembro de su familia, Gavingar, había muerto en el descubrimiento de Pandaria.

Vestía un manto andrajoso, que cubría el extraño uniforme de otras tierras que llevaba puesto. Pero ni siquiera la capa agujereada ni los ropajes de lugares lejanos podían eclipsar la tristeza que mostraba en sus ojos.

Drek’thar lo esperaba en lo alto de una colina, dentro de los dominios de los Lobo Gélido. Aunque carecía de visión, el chamán sabía lo que le sucedía al orco. El viento se lo había comunicado apenas había sucedido, por lo que había tenido tiempo para elegir las palabras que le diría al joven Korogar.

Estás con los tuyos. Nosotros somos tu familia, le dijo al recibirlo. Aunque las palabras del chamán no habían sanado sus heridas emocionales, Ujio esbozó una sonrisa que denotaba agradecimiento. Se dirigieron a la tienda de Drek’thar, donde había una pequeña mesa con comida recién preparada y distintas bebidas alcohólicas, se sentaron y se miraron durante un breve momento.

Sé lo que piensas, lanzó el chamán. Crees que estás solo, pero estás equivocado. Los Lobo Gélido nunca abandonamos a nuestros hermanos...puedes preguntarle a alguien que te estaba esperando. Ujio abrió sus ojos como platos, sorprendido por haberse olvidado de su fiel compañera. Salió raudamente de la tienda y se dirigió a los corrales. A pesar de ser muy obediente, al ver al orco, Colmilloferoz saltó por encima de las cercas de madera y fue a su encuentro.

La bestia se paró sobre sus miembros inferiores y se posó sobre el torso del orco, quien la abrazó con fuerza. Las tragedias que había atravesado lo habían llevado a olvidarse de todo lo que le quedaba, que no era poco. A esto me refería, le dijo el chamán. Este es un vínculo para toda la vida.

martes, 4 de septiembre de 2018

UN DUELO PERDIDO


Su torso estaba empapado en sangre, producto de la herida que recibió en las costillas derechas. Su visión comenzaba a fallar y veía borroso. Los recuerdos comenzaban a poblar su mente y la posibilidad de una muerte honorable se asomaba lentamente en el horizonte. En una tierra donde alguna vez supo existir un poderoso imperio, alzado por una cultura milenaria, ahora reinaba la oscuridad. Una oscuridad tan tétrica y perversa, que era capaz corromper la realidad y las creaciones divinas de los longevos loa.



Esta imagen le pertenece a Blizzard.
Allí estaba Ujio, inmóvil ante la aparición de un ignoto. Jeth’laax, se hacía llamar la criatura que irradiaba energías púrpuras, magentas, azules y negras mientras se acercaba al monje. Era un comandante de los dioses antiguos, una criatura capaz que luchar contra legiones enteras de guerreros, que había sido invocada por la sed de sangre del orco, que asesinó a una veintena de trols de sangre en medio de un ritual de invocación.

El arrepentimiento de Ujio era inconmensurable. Recordó la premisa del clan Lobo Gélido, que luchaba contra la sed de sangre típica de los orcos y se lamentó por no lograr suprimir ese instinto tan...primitivo. No sentía lástima por el destino que le aguardaba, sino por el que les tocaría vivir a las razas de todo Azeroth producto de su falta de autocontrol. El ignoto se detuvo a tan sólo unos pasos del monje y lo miró, a través de sus anaranjados ojos acuosos, con una malicia que sólo conocieron los que atravesaron la misma experiencia.

Ujio observó rápidamente la anatomía del Jeth’laax. Sabía que si encontraba un punto débil, tendría una chance de golpear y al menos ganar tiempo para avisarles a los demás. El ignoto tenía extremidades de tentáculos, que parecían ser lo suficientemente fuertes como para terminar de destrozar sus costillas y producirle la muerte.

Fue entonces que pudo notar que una sombra gris se movía a gran velocidad hacia la criatura. Rápidamente, de un salto golpeó al ignoto desde su flanco izquierdo y le produjo una herida en las cercanías del cuello. Ujio se percató de que aquella sombra que había atacado al agente de los dioses antiguos no era ni más ni menos que su compañera de viaje, Colmilloferoz.

No. No lo hagas, ¡Te ordené que te vayas de aquí!, gritó el orco con lágrimas en los ojos, a sabiendas de la diferencia de poder que tenía con la aberración. La loba volvió a atacar, pero el ignoto, enfurecido por haber sido herido por una bestia a la que consideraba inferior, hizo gala de sus poderes. La detuvo en el medio del aire y la comenzó a ahorcar con sus energías oscuras, sin hacer siquiera esfuerzo físico. Colmilloferoz gemía, como si se tratara de una cachorra que llama a su madre, quizá producto de los efectos del contacto de los haces oscuros que entraron en contacto con cada fibra de su cuerpo.

Ujio no pudo soportar la imagen. La loba era uno de sus seres más queridos y la había criado desde pequeña en Alterac. Era uno de los pilares de su vida…

El ignoto seguía sometiendo a la bestia, con saña y desprecio, lo que favoreció el ataque del orco. Con una energía renovada, enfocada en salvar a su compañera de viaje, saltó por encima de Colmilloferoz y atacó, con su mano izquierda, la herida que la loba le había provocado al ignoto. Con los dedos estirados hacia delante, como si se tratara de una lanza, Ujio penetró la herida de la criatura. Su brazo se enterró hasta por encima del codo y cayó pesadamente junto al cuerpo del comandante de los dioses antiguos, que murió inmediatamente.

Colmilloferoz se recuperó raudamente -al parecer el ataque del ignoto era más parecido a una tortura que a una ofensiva mortal- y se acercó hasta el monje, que se encontraba en el suelo respirando con dificultad.
Gracias, vieja amiga, le dijo Ujio luego de escupir sangre. Me salvaste cuando ya nada me quedaba...y ahora me salvaste nuevamente...nos salvaste a todos, agregó justo antes de quedar inconsciente en medio del territorio de los trols de sangre.

miércoles, 29 de agosto de 2018

UNA TRAMPA MORTAL

Aunque parecía que la Horda había ayudado a la princesa Talanji a escapar de una muerte segura, o peor aún, de una vida en cautiverio, en realidad la había llevado directamente a una trampa mortal. No sólo para ella, sino para todo su pueblo. El profeta Zul había traicionado a la corona y apuñalado al rey, con el objetivo de tomar el poder y rendir culto al dios de la sangre, G’huun.

Ujio había sido enviado a explorar los pantanos de Nazmir para enfrentarse a los trols de sangre, una amenaza que crecía a cada minuto e inclinaba la balanza a favor de Zul. El monje estaba equipado con una armadura completamente nueva, diseñada por los zandalari, que contaba con encantamientos que atenuaban el efecto de la magia de sangre sobre su cuerpo. Aún así, los trols debían ser respetados porque trataban con poderes que iban más allá de la comprensión de los mortales.

El joven orco había oído algunas cosas sobre los dioses antiguos durante su estadía en Pandaria. Sabía que se conocían cuatro, que el más poderoso, Y’Shaarj, había sido asesinado por Aman’thul y que aún desconocían a una de esas entidades. Por eso supuso que G’huun era el quinto dios antiguo. Esto sólo suponía una amenaza aún mayor para toda Azeroth.


Escondido entre unos matorrales, observaba la actividad de los trols de sangre. Por lo que había podido observar en Nazmir, había varias tribus que tenían distintas constumbres, entre ellas las de canibalizar a los miembros masculinos de sus propios clanes. Pero lo importante era que intentaban traer a la vida a muchos enemigos de gran poder, entre los que se encontraban ignotos y otras criaturas, a través de los poderes oscuros.

Eran tantos los rituales de invocación que estaban llevando a cabo, que Ujio no podría interrumpirlos todos ni aunque pudiera volar a lomos de un dragón nimbo. Por lo que supuso que lo mejor que podía hacer era enviar un mensaje a Rokhan para que advierta a los otros héroes de la Horda. Lentamente, se volvió hacia el camino, donde había quedado su fiel compañera, Colmilloferoz, una loba que había sido criada en Alterac. Sacó un pergamino de entre las muchas bolsas que llevaba la loba en su silla de montar y escribió un mensaje, seguido por un pequeño mapa donde indicaba todos los rituales que había logrado identificar durante su incursión. Ve rápidamente y no mires atrás. Atraviesa el camino y no oses enfrentarte a ningún enemigo, le dijo. La loba hizo un pequeño sonido de desaprobación. No quería irse, quería quedarse junto a su jinete, el que la cuidaba y le proveía mucho más que un lugar caliente donde dormir.




El orco era muy apegado a los animales. También había criado a un dragón nimbo, al que llamó Escama Ígnea, y tenía un sinfín de mascotas en su vivienda en Durotar. A él tampoco le hacía ninguna gracia dejar que su loba se aleje de él, pero entendía que estaba a punto de afrontar una tarea más que peligrosa y que el mínimo error lo llevaría al fracaso...y no quería arrastrar a Colmilloferoz a ese destino.

El animal dio media vuelta y volvió sobre sus pasos, directo al campamento que había montado Rokhan en medio de unas antiguas ruinas zandalari. En tanto, el monje procuró ser sigiloso e ingresó en los dominios de una de las tantas tribus trol. Suavemente, como si se tratara de un asesino más que un monje, se colocó detrás de una de las chozas que se ubicaban en los bordes de la tribu y observó detenidamente cómo sacrificaban a trols zandalari para invocar a un poderoso ignoto, que poco a poco comenzaba a materializarse.

Ujio recordó sus anteriores enfrentamientos con estas criaturas, donde había vencido gracias a que se encontraba en grupo con otros grandes campeones de la Horda. Ahora estaba solo y dudaba sobre su capacidad para derrotarlo, por lo que supuso que su mejor plan era interrumpir la invocación antes de que se complete.
Había alrededor de una veintena de trols de sangre alrededor del altar donde sacrificaban a las víctimas. Eran demasiados enemigos para que el orco pudiera derribar solo, pero se le ocurrió una idea que probablemente le diera la victoria. Se sentó en posición de flor de loto e inició una silenciosa meditación, que llevó su mente a todas partes y a la nada misma simultáneamente, al cabo de unos segundos su cuerpo se dividió en tres: tormenta, tierra y fuego. A su vez, invocó a Xuen, el Tigre Blanco, y se lanzó al ataque.

El espectáculo fue alucinante, incluso para los propios trols de sangre. Las tres figuras se movieron individualmente, esquivando y contraatacando a sus enemigos, dejándolos fuera de combate con tan sólo un golpe, producto del dominio de las artes marciales del monje. En tanto, la invocación del dios salvaje -que sólo duraba unos segundos- acabó con una decena de enemigos rápidamente. Al acabarse ambas técnicas, el monje volvió a quedarse sólo, pero con la certeza de que sólo le restaba enfrentarse a cinco enemigos.

Inmediatamente, Ujio escuchó un susurro a sus espaldas. No puedes vencernos, ¡Únete a nosotros!, le dijo.  El monje se volteó para ver quién le había escupido esas palabras, pero se dio cuenta de que la voz se encontraba dentro de su cabeza. ¡Ja! ¡Estúpido! Serás parte de mi ritual de invocación, le espetó. Entonces, los trols aprovecharon el lapsus del monje y atacaron a sus espaldas, uno de ellos perforó las costillas derechas de Ujio con una especie de arma ponzoñosa que no tuvo problemas en rasgar su armadura de cuero. El monje sintió un agudo dolor en cuerpo y alma que casi lo desmaya. Como pudo, se arrojó al suelo y giró para recobrar su posición y ponerse de frente a sus atacantes, pero la herida era demasiado profunda y dolorosa.

Estoy acabado, pensó por un momento. Pero los orcos no se rinden fácilmente, tienen un aliado silencioso que se mantiene en las sombras hasta que la ocasión lo amerita. Un trol volvió a atacarlo, pero Ujio esquivó su ataque con facilidad y con el hacha que blandía en su mano izquierda le partió el cráneo en múltiples pedazos...y el ansia de sangre se hizo presente. El orco se abalanzó sobre el resto de los trols que realizaban el ritual y los eliminó uno a uno con una violencia tan grande, que los prisioneros que esperaban su turno para ser sacrificados comenzaron a llorar y a pedirles a todos los loa que no los mate a ellos.

En medio de un campo repleto de cadáveres, Ujio recobró la consciencia. La imagen lo espantó, no sólo había matado a los cinco enemigos que habían quedado en pie tras el primer ataque, sino que había masacrado a los que anteriormente habían quedado inconscientes. Gracias, escuchó. Hiciste el trabajo por ellos, joven orco. El monje levantó la mirada y se encontró con el ignoto parado frente a él. Ujio había completado el ritual.