El monje estaba exhausto. Había pasado los últimos doce días -al menos eso era lo que él creía- haciendo rituales, enfrentándose con ecos del pasado y aniquilando enemigos de otras realidades, sólo para ganar el apoyo de los orcos mag’har en la guerra contra la Alianza. Ahora que se encontraba de vuelta en Orgrimmar, tras lograr que sus congéneres se unieran a la Horda, sólo quería tirarse a descansar, pero para su sorpresa Eitrigg lo esperaba en el lugar para reunirse inmediatamente con la jefa de guerra, Sylvanas Brizaveloz, y los líderes de los nuevos aliados. Debes estar bromeando, necesito descansar, les espetó el monje con indignación. Así es la guerra, muchacho. No hay tiempo para el sueño ni los placeres, le contestó el experimentado guerrero. Acto seguido, caminaron juntos hacia el Fuerte Grommash.
Ujio llevaba en el cuello un colgante que le había regalado un niño en la primera visita que hizo la Horda a Draenor, cuando Garrosh aún era una amenaza para todo Azeroth. Se lo había colocado con la intención de que los mag’har relacionaran aquella pieza única con el pasado, con aquella cruzada que los liberó de las garras de la Legión Ardiente. Sin embargo, el éxito que habían cosechado en Draenor no se debía a aquel collar, que pasó inadvertido.
Ya en la embajada, donde se habían hospedado varios mag’har, Ujio notó algo extraño en el rostro de uno de los orcos de Draenor. Sus ojos y colmillos le resultaban familiares. Tenía el pelo negro, pero con un incipiente tono grisáceo, lo que indicaba que andaba alrededor de los 40 años. Estaba convencido de que había visto esos ojos con anterioridad…
Mientras Sylvanas, Eitrigg y Geya’rah sellaban su alianza, Ujio se acercó a aquel orco que le resultaba extraño. Lo estudió desde una distancia prudente, luego se acercó más y más, hasta que estuvo prácticamente a su lado. El otro orco lo miró con desdén, pero al cabo de unos segundos de miradas cruzadas, que parecían lanzar rayos, vio el colgante de Ujio y se llevó una gran sorpresa.
- ¡Tú!- le espetó el orco con sorpresa - ¿Acaso eres Ujio?- preguntó, lo que le hizo recordar al monje de dónde conocía a ese orco.
- Sí, lo soy. Tú...¿Tú eres el niño que se perdió en la tormenta de nieve?- respondió Ujio.
- Sí...mi...mi nombre es Revingar, señor.
Al escuchar ese nombre, el orco quedó paralizado. Su corazón se detuvo por un momento y su mente entró en un profundo estado de confusión. Qué tan retorcido era el destino para poner delante de él a su difunto padre...pero vivo. Era un episodio que haría derramar lágrimas hasta al más duro de los guerreros.
Al cabo de unos segundos en silencio, Ujio se dio media vuelta y escapó rápidamente. Revingar no comprendía qué era lo que le sucedía, pero supuso que el monje tendría alguna razón válida para actuar de tal manera. Detrás de él se encontraba Eitrigg, quien conocía de primera mano la historia de Ujio.
- No te sorprendas por el comportamiento de Ujio- le dijo el experimentado guerrero a Revingar.- En esta línea temporal, tú fuiste su padre y tuvo que despedirse de tí a muy temprana edad. Siempre fuiste una importante influencia para él.
- Es...extraño lo que me cuentas, Eitrigg...porque él siempre fue una importante influencia para mí- reconoció el mag’har, haciendo referencia a que lo rescató de una muerte segura.
La noche cayó y Revingar se dirigió a los aposentos de Ujio con la intención de agradecerle formalmente por haberlo rescatado cuando era un niño. A su vez, el monje sentía la imperante necesidad de darle las gracias por haberle inculcado la importancia de la familia...a pesar de que él no era realmente su padre.
La puerta sonó. Tres fuertes golpes la sacudieron e hicieron retumbar el sonido en el amplio comedor de la casa de Ujio. El monje se acercó a la puerta y preguntó quién estaba del otro lado, Revingar contestó y un silencio incómodo se instaló dictatorialmente en el ambiente. Ujio salió de su vivienda y le propuso a Revingar ir a las murallas del sur, que daban a las hostiles tierras de Durotar, donde podrían charlar con tranquilidad.
Una vez que se encontraron en los titánicos muros, donde ambos se apoyaron, se aventuraron a dialogar con libertad. Parecía que, aunque provenían de dos líneas temporales diferentes, ambos tenían un estrecho vínculo que ni los mismos dragones del Vuelo Bronce podrían deshacer.
- Sabes, Ujio, tengo un hijo al que siempre le hablo de tí. Me da la impresión de que de alguna manera podrías ser tú, pero lo cierto es que su nombre es Gavingar- dijo el mag’har- Es un niño pequeño, apenas tiene cinco años, pero ya veo su espíritu combativo. Será un gran guerrero-
- Sin dudas lo será. Él era mi hermano mayor...murió durante un enfrentamiento contra la Alianza- contó el monje.- Y...como te contó Eitrigg, tú eras mi padre en esta línea temporal, con lo cual se me hace difícil mirarte a los ojos sin pensar que eres él.
- Lo sé, joven Ujio. Pero lo cierto es que no lo soy y nada te lo podrá devolver, ni siquiera los intrincados caminos del tiempo. Según me contó Eitrigg, tu padre fue un gran guerrero y, si bien estoy lejos de la edad que tuvo cuando falleció, haré mi mejor esfuerzo para honrar su nombre. No puedo ser tu padre, pero sí puedo ser tu compañero de batallas- le dijo orgullosamente Revingar.
Aunque Ujio comprendió dolorosamente las palabras de Revingar, percibió la esencia de su padre y no pudo evitar contentarse levemente por volver a compartir tiempo con él. Un compañero de combate es todo lo que necesito, le respondió con una sonrisa dibujada en su rostro. Entonces, el monje sacó de una de sus bolsas una orden de Sylvanas y se dispuso a explicarle los planes de guerra al mag’har. La familia se había vuelto a reunir y esas eran malas noticias para la Alianza.








