Su torso estaba empapado en sangre, producto de la herida que recibió en las costillas derechas. Su visión comenzaba a fallar y veía borroso. Los recuerdos comenzaban a poblar su mente y la posibilidad de una muerte honorable se asomaba lentamente en el horizonte. En una tierra donde alguna vez supo existir un poderoso imperio, alzado por una cultura milenaria, ahora reinaba la oscuridad. Una oscuridad tan tétrica y perversa, que era capaz corromper la realidad y las creaciones divinas de los longevos loa.
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El arrepentimiento de Ujio era inconmensurable. Recordó la premisa del clan Lobo Gélido, que luchaba contra la sed de sangre típica de los orcos y se lamentó por no lograr suprimir ese instinto tan...primitivo. No sentía lástima por el destino que le aguardaba, sino por el que les tocaría vivir a las razas de todo Azeroth producto de su falta de autocontrol. El ignoto se detuvo a tan sólo unos pasos del monje y lo miró, a través de sus anaranjados ojos acuosos, con una malicia que sólo conocieron los que atravesaron la misma experiencia.
Ujio observó rápidamente la anatomía del Jeth’laax. Sabía que si encontraba un punto débil, tendría una chance de golpear y al menos ganar tiempo para avisarles a los demás. El ignoto tenía extremidades de tentáculos, que parecían ser lo suficientemente fuertes como para terminar de destrozar sus costillas y producirle la muerte.
Fue entonces que pudo notar que una sombra gris se movía a gran velocidad hacia la criatura. Rápidamente, de un salto golpeó al ignoto desde su flanco izquierdo y le produjo una herida en las cercanías del cuello. Ujio se percató de que aquella sombra que había atacado al agente de los dioses antiguos no era ni más ni menos que su compañera de viaje, Colmilloferoz.
No. No lo hagas, ¡Te ordené que te vayas de aquí!, gritó el orco con lágrimas en los ojos, a sabiendas de la diferencia de poder que tenía con la aberración. La loba volvió a atacar, pero el ignoto, enfurecido por haber sido herido por una bestia a la que consideraba inferior, hizo gala de sus poderes. La detuvo en el medio del aire y la comenzó a ahorcar con sus energías oscuras, sin hacer siquiera esfuerzo físico. Colmilloferoz gemía, como si se tratara de una cachorra que llama a su madre, quizá producto de los efectos del contacto de los haces oscuros que entraron en contacto con cada fibra de su cuerpo.
Ujio no pudo soportar la imagen. La loba era uno de sus seres más queridos y la había criado desde pequeña en Alterac. Era uno de los pilares de su vida…
El ignoto seguía sometiendo a la bestia, con saña y desprecio, lo que favoreció el ataque del orco. Con una energía renovada, enfocada en salvar a su compañera de viaje, saltó por encima de Colmilloferoz y atacó, con su mano izquierda, la herida que la loba le había provocado al ignoto. Con los dedos estirados hacia delante, como si se tratara de una lanza, Ujio penetró la herida de la criatura. Su brazo se enterró hasta por encima del codo y cayó pesadamente junto al cuerpo del comandante de los dioses antiguos, que murió inmediatamente.

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