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martes, 2 de octubre de 2018

UN RECUERDO DE OTRO TIEMPO

Los últimos días habían sido difíciles. La destrucción del último sello de protección de Zandalar había sido un golpe duro para todos los trols y la Horda. Los ánimos estaban por el suelo, pero tanto Ujio como Rokhan sabían que no era el momento para lamentarse, por el contrario, debían levantar la cabeza y contraatacar. El objetivo era Uldir, una antigua edificación titánica donde los trols de sangre intentaban levantar de entre los muertos a G’huun. 

Tanto el monje como el cazador de la sombras se dispusieron a planificar el ataque en una de las salas del Gran Sello, cuando un no-muerto ingresó a la habitación con un mensaje para Ujio. 


-Señor, tengo un mensaje para usted. La jefa de guerra pidió expresamente que lo leyera en soledad, ya que es un secreto de Estado- le indicó al orco mientras le daba el pergamino. 

-Entiendo, muchas gracias- respondió. Miró a Rokhan directamente a los ojos y el trol se marchó de la habitación. 

Ujio, mi estimado adalid. Estamos en tiempos de guerra y necesitamos de la voluntad de todos nuestros guerreros para lograr la victoria sobre la Alianza, pero también necesitamos nuevos aliados para revitalizar nuestros esfuerzos. Es por eso que la Horda necesita que viajes en el tiempo, una vez más, hacia Draenor para traer a los orcos Mag’har a nuestro bando, rezaba el mensaje de Sylvanas. 


El orco se sorprendió sobremanera. Sus ojos parecían querer abandonar sus órbitas y su boca estaba abierta de par en par, dejando al descubierto todos sus dientes. Desde que volvieron de aquella línea temporal, se había establecido tácitamente que no la visitarían nuevamente para no alterar los cursos naturales del tiempo. Este nuevo movimiento de Sylvanas volvía a sacar a Ujio de su eje porque era completamente inesperado, lo que la exaltaba como estratega, pero a la vez alimentaba las sospechas de Ujio sobre las intenciones de la jefa de guerra. 


El monje se dirigió a sus aposentos, en busca de un enorme cofre que tenía distintos elementos que guardó en sus viajes. Revolvió compulsivamente todo el contenido buscando algo en particular, un recuerdo de aquella aventura a través de las líneas temporales. Algo que le diera una pista sobre cómo podría lograr que los orcos mag’har confiaran en él. Entre anillos, capas, colmillos y otras yerbas, se topó con lo que buscaba: un pequeño collar que le había regalado un niño que había salvado en la Cresta Pirofrío. 



Imagen propiedad de Blizzard Entertainment.
Aquella mañana gélida los Lobo Gélido se habían olvidado de sus problemas. La inclemente ventisca, que golpeaba desde el oeste, sacudía las tiendas con furia e invitaba a los orcos a refugiarse. Pero no todos eran lo suficientemente conscientes sobre el peligro que representaba. 
Un grito alertó a Ujio, que saltó de la tienda blandiendo un hacha en cada una de sus manos. Observó a su alrededor, pero a duras penas podía ver más allá de sus propios pies por la intensa nevada que caía sobre la aldea. Se dejó guiar por los gritos, esperando que tan sólo sea el eco del viento trayendo alaridos de alguna bestia moribunda. Al cabo de unos minutos, encontró el origen de los gritos. Era una madre. 

El orco se le acercó para preguntarle qué le sucedía y ella le respondió que había perdido a su pequeño hijo en medio de la ventisca. Lo había tratado de rastrear, pero las huellas conducían hacia las inhóspitas llanuras nevadas. El monje vio la tristeza y desesperación en los ojos de aquella orca y, sin dudarlo, se lanzó en la búsqueda del niño. 


Ujio se colocó justo al lado de las huellas del pequeño orco para poder seguirlas en medio de los fuertes vientos blancos. Se cubrió el torso con una gruesa capa de piel de oso, que habían confeccionado los Lobo Gélido de Azeroth para él como regalo por su cumpleaños, y comenzó a caminar firmemente entre la nieve, que cedía ante cada uno de sus pasos. 


Ujio había perdido la noción de la orientación. Ya no sabía si marchaba hacia el este, el oeste, el norte o el sur. Entonces, se arrodilló, cerró sus ojos y entró en una profunda meditación. En lo más hondo de su fuero interno vio la figura del niño tirado junto a una roca y temblando de frío, lo que le trajo algunas certezas. No estaba claro qué tan lejos se encontraba de la posición del orco, pero sí le indicó la dirección. Con un vigor renovado, Ujio corrió a su encuentro. 





Los minutos parecían horas para la pobre madre orca que esperaba a su pequeño hijo en la entrada de la aldea. Las huellas de su prole y del orco que salió a buscarla ya habían sido tapadas por el viento blanco que soplaba del Oeste. A cada segundo se impacientaba más y más, se mordía las gruesas uñas y caminaba de un lado al otro. La esperanza se desvanecía. 

En la lejanía divisó una pequeña mancha negra. No parecía una persona, sino más bien humo negro, lo que hacía que se distinga entre tanto blanco. Al cabo de unos momentos, la orca se dio cuenta de que aquello era una figura. No tardó demasiado en reencontrarse con Ujio, que traía a su hijo en brazos. 

- ¡Gracias! ¡Oh, gran señor, gracias!- le dijo la mujer.- ¿Cuál es su nombre, extranjero?- agregó. 

- Mi nombre es Ujio- respondió mientras tiritaba.- Recuérdele a su hijo no salir durante las tormentas de nieve. Se nota que es un buen muchacho.- Le dijo. 

El orco volvió a su tienda, con la única intención de beber una infusión caliente y comer algo, tras haber caminado horas y horas en medio de una ventisca. Y con la sensación de haber hecho algo que cambiaría su vida para siempre. 


A la mañana siguiente, el joven,  ya recuperado, se acercó a su tienda y le obsequió un pequeño collar de huesos, rocas y colmillos que él mismo había hecho. Gracias por rescatarme, señor. Espero que algún día pueda ser como Usted, le dijo. 


No, niño. Tú serás mejor.


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