Habían elegido un itinerario seguro para garantizar su seguridad. Gertha y Gavingar habían planificado durante meses el viaje hasta Alterac, hogar de los Lobo Gélido. Habían seleccionado meticulosamente cada uno de los lugares en los que acamparían, donde comprarían provisiones y con quienes tratarían en los Reinos del Este. Todo para garantizar la seguridad del miembro más pequeño de la familia en su primera gran aventura.
Desde aquel fatídico atardecer en el que cremaron a Revingar en Durotar, habían tratado de terminar de cumplir con la promesa que le había hecho a Korogar, que aún desconocía que se convertiría en el prometedor Ujio. Debían llevarlo a las montañas de Alterac para que conozca al clan Lobo Gélido, al que pertenecía desde su nacimiento por ser hijo de su padre. Y allí se encontraban los orcos, que antaño habían llegado desde un Draenor devastado, esperando con ansias que la familia del glorioso Revingar se uniera al clan. El clima de algarabía era generalizado. Algunos había combatido al lado del experimentado guerrero, mientras que otros lo habían guiado espiritualmente y los más jóvenes conocían sus hazañas por los relatos orales. En todos los casos, tenían un buen concepto del difunto orco.
Para el niño todo era nuevo. Él había nacido en Durotar, un desierto de tierra colorada que se encontraba entre el mar y el río, donde los raptores y los escórpidos deambulaban cazando a los jabalíes, y el calor era tan intenso que hasta su gruesa piel se sentía incómoda ante la exposición a los rayos del sol. Alterac era gélido y el viento propiciaba un clima pacífico, mas no amable. Las criaturas no andaban libremente por las inhóspitas condiciones, se refugiaban y esperaban al momento indicado para salir de sus madrigueras.
Sin embargo, allí se encontraban los orcos. Erguidos, aguardando la llegada de linaje del campeón de la Horda. Formaron un pasillo entre las tiendas en las que vivían, que estaban recubiertas de un cuero duro de algún animal de la zona, y a medida que Gertha, Gavingar y Korogar pasaban a su lado, se golpeaban el pecho en señal de respeto.
Drek’thar recibió a los miembros del clan y saludó al pequeño Korogar. Hola, joven guerrero, le dijo mientras se golpeaba el pecho e inmediatamente los invitó a recorrer las instalaciones del clan. Entre tiendas y corrales con ganado, Korogar divisó una pequeña cría de lobo que se apegaba fuertemente a la panza de su madre. Haciendo caso omiso a la guía que ofrecía el experimentado chamán, se dirigió hacia el lugar donde se encontraba la loba con sus crías, hipnotizado por la tierna imagen que podía apreciar.
Se acercó lentamente, más por instinto que por ser consciente de los daños que podría hacerle la madre si lo tomaba como una amenaza, y se detuvo frente a las bestias. Se arrodilló y acarició a loba mientras amamantaba a sus crías. El animal le lengüeteó la mano con cariño y Korogar sintió que hasta le sonrió. En medio de esa conexión tan íntima y profunda, se le acercó una de las crías y le mordió una botamanga, mientras emitía un gruñido infantil. Sin duda eres un lobo gélido, le susurró Drek’thar.
Así pues, el chamán le aseguró que esa pequeña cachorra lo había elegido como compañero, por lo que lo instó a nombrarla. El niño orco pensó y pensó en un buen nombre de batalla, pero no fue hasta que notó que la loba tenía un sólo colmillo desarrollado que decidió ponerle un nombre: Colmilloferoz.
El joven Korogar volvía todos los años a ver a su fiel compañera, pero esta ocasión era distinta. A sus jóvenes 16 años, el orco volvía a las tierras del clan Lobo Gélido con malas noticias. El último miembro de su familia, Gavingar, había muerto en el descubrimiento de Pandaria.
Vestía un manto andrajoso, que cubría el extraño uniforme de otras tierras que llevaba puesto. Pero ni siquiera la capa agujereada ni los ropajes de lugares lejanos podían eclipsar la tristeza que mostraba en sus ojos.
Drek’thar lo esperaba en lo alto de una colina, dentro de los dominios de los Lobo Gélido. Aunque carecía de visión, el chamán sabía lo que le sucedía al orco. El viento se lo había comunicado apenas había sucedido, por lo que había tenido tiempo para elegir las palabras que le diría al joven Korogar.
Estás con los tuyos. Nosotros somos tu familia, le dijo al recibirlo. Aunque las palabras del chamán no habían sanado sus heridas emocionales, Ujio esbozó una sonrisa que denotaba agradecimiento. Se dirigieron a la tienda de Drek’thar, donde había una pequeña mesa con comida recién preparada y distintas bebidas alcohólicas, se sentaron y se miraron durante un breve momento.
Sé lo que piensas, lanzó el chamán. Crees que estás solo, pero estás equivocado. Los Lobo Gélido nunca abandonamos a nuestros hermanos...puedes preguntarle a alguien que te estaba esperando. Ujio abrió sus ojos como platos, sorprendido por haberse olvidado de su fiel compañera. Salió raudamente de la tienda y se dirigió a los corrales. A pesar de ser muy obediente, al ver al orco, Colmilloferoz saltó por encima de las cercas de madera y fue a su encuentro.
La bestia se paró sobre sus miembros inferiores y se posó sobre el torso del orco, quien la abrazó con fuerza. Las tragedias que había atravesado lo habían llevado a olvidarse de todo lo que le quedaba, que no era poco. A esto me refería, le dijo el chamán. Este es un vínculo para toda la vida.


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