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lunes, 3 de diciembre de 2018

DUDAS EN LA NOCHE: ¿VAROK O SYLVANAS?

Ujio y Revingar se refugiaron debajo de un árbol pequeño para pasar la noche. La oscuridad se había cernido sobre ellos y, si de día apenas se podía ver por la sombra de los colosales árboles que se extendían por todo Vallefresno, por la noche era imposible ver más allá de sus propios miembros. Pasar desapercibidos no les sería difícil, siempre y cuando no prendieran una hoguera. Una leve brisa soplaba, pero no era fría, sino más bien templada. No había amenazas alrededor. 
Distendidos y sin preocupaciones, más que las típicas de la guerra, Ujio y Revingar disfrutaban de unos jamones que habían ocultado en la mula que usaron como carnada para interceptar a los agentes de la Alianza. El animal se hallaba a un costado, atado a la rama de un árbol de proporciones medianas. Sólo oían el traqueteo de las ramas de los árboles y el sonido del jamón al ser mordido. 

El frondoso bosque de Vallefresno. 

-Entonces…¿Qué hay con ese tal Varok del que tanto se habla en Orgrimmar?- preguntó Revingar sin tapujos. 

Ujio dejó de masticar y suspiró, lanzando involuntariamente pequeños trozos de comida por los aires. A pesar de que admiraba que la jefa de guerra siempre estuviera un paso por delante del enemigo, Varok era un ícono de la Horda. Era sinónimo de honor, lo que no es algo que los orcos olviden con facilidad. Era  un superviviente de la primera Horda e  incluso había sobrevivido al control demoníaco. 

- Es una leyenda viva. Es el mejor guerrero que la Horda ha entregado...bueno, quizás el segundo, por detrás de Grommash Grito Infernal- respondió Ujio. 
- Y si es una leyenda…¿Por qué se dice lo contrario en las calles de Orgrimmar?- preguntó Revingar. 
- Es difícil de responder, ¿sabes? Varok se reveló contra las órdenes de la jefa de guerra y eso causó el rechazo de muchos jóvenes. Lo cierto es que sólo los más viejos, o los que venimos de familias que atravesaron el Portal Oscuro, sabemos lo que representa Varok para la Horda y el gran aliado que podría ser en esta guerra- respondió Ujio. 
- Oí que está prófugo de la Horda y la Alianza…
- Eso es lo que sabemos, pero no sabemos cómo escapó. Intentamos rescatarlo de las mazmorras de Ventormenta, pero se rehúso a volver a pelear al lado de Sylvanas y se quedó en esa inmunda celda húmeda, viviendo entre las ratas.- dijo Ujio con dolor, como si se sintiera herido por el rechazo del experimentado guerrero, pero rápidamente se serenó y volvió a hablar - Aparentemente, semanas después escapó por sus propios medios…
- Hablas de él como si fuera tu padre…-dijo Revingar, quien se dio cuenta que había metido la pata, por lo que inmediatamente trató de remediar su error.- Lo que quiero decir es que lo admiras…

Para Ujio las palabras de Revingar no fueron ofensivas. Por el contrario, esclarecieron sus pensamientos. Varok era como un padre, no sólo para él, sino también para todos los miembros de la Horda. Había plantado la semilla del honor en todos y cada uno de los que lo conocieron...y era tiempo de que comenzara a germinar. 

Varok y Sylvanas durante la batalla por las Ruinas de Lordaeron.

- ¡Oye!- le espetó Revingar a Ujio, que se había quedado pensativo- ¿Qué tanto piensas, joven?

- Es que...creo que deberíamos recuperar a Varok. No es que me oponga al liderazgo de Sylvanas, pero los valores que él nos inculcó nos pueden llevar a ganar esta guerra sin artimañas deshonrosas.
- Entonces, no te opones a la jefa de guerra, pero sí a sus métodos…¿Cierto?
- Correcto. Debes saber que, incluso en los tiempos más oscuros de la Horda, actuamos con honor. Cuando Garrosh Grito Infernal era el jefe de guerra e intentó hacerse con el poder del dios antiguo Y’Shaarj, lo derrocamos con honor y le dimos la posibilidad de enfrentarse a un juicio justo. Obrando con honor gané el título de Lanza de Vol’Jin.
- ¿Por qué tienes tantos conflictos en tu interior si crees que estás haciendo lo correcto?- preguntó Revingar, que ya se había percatado de lo que atormentaba en la mente de Ujio. 
- Porque la jefa de guerra trata como traidores a aquellos que se manifiestan en contra de sus acciones...no puedo ser descubierto. Pero en estos últimos meses he comprendido que me debo a la Horda, en su nombre hice cosas que ni el más sanguinario de los guerreros hubiese hecho, y la Horda no es nada sin sus valores fundacionales.

Revingar asintió. De alguna manera el pecho se le llenó de orgullo. Supo que “crió” bien a su pequeño hijo en aquella línea temporal. 

- Comprendo. Si es como dices, Varok tiene mi apoyo y, por supuesto, también mi hacha.- dijo mientras señalaba el hacha de leñador que había usado para desmembrar a los agentes de la Alianza.- Descansa un poco, te lo ganaste. Yo haré la primera guardia.

lunes, 5 de noviembre de 2018

MISIÓN EN VALLEFRESNO: PADRE E HIJO

La información que manejaban los exploradores de la Horda indicaba que la Alianza tenía espías en Vallefresno, aparentemente observaban los movimientos de la Horda para perpetrar un ataque en un futuro no muy lejano para recuperar las tierras que algunas vez estuvieron bajo el control de los elfos de la noche. La jefa de guerra, Sylvanas Brisaveloz, estaba preocupada, a pesar de que su rostro no daba indicios de tal preocupación, y decidió enviar a uno de sus más valiosos adalides de todos, el orco Ujio, a investigar la situación y acabar con los agentes del bando contrario.

Sin embargo, su misión no terminaba allí. Tenía una carga adicional, aunque para el monje no era precisamente una carga, sino más bien la oportunidad de desarrollar un vínculo con una versión de otra dimensión de su propio padre. Revingar era tan respetado en el Draenor alternativo como lo fue en Azeroth, era un orco con aptitudes para el combate con todo tipo de armas. Lo había aprendido de su padre, quien a su vez lo había heredado de su abuelo, y así sucesivamente. La guerra era tradición para los orcos y las técnicas de pelea pasaban de generación en generación. 

Pero no era lo mismo enfrentarse a reptiles gigantes, dracos y otras criaturas de una increíble fuerza y reducido intelecto, que hacerlo a bestias fuertes e inteligentes como enanos, humanos y huargen, entre otras razas que componían a la Alianza. Por lo que la tarea a la que se enfrentaría, requería de algunos consejos de un experto.


Más allá de la Empalizada de Mor’shan, los orcos repasaban los planes. Revingar simularía llevar un cargamento en una mula hacia el Puesto del Hachazo, mientras que Ujio lo seguiría por fuera del camino para asegurarse de que el guerrero no corra ningún peligro innecesario. El objetivo era tentar a los agentes de la Alianza para capturarlos posteriormente y hacerlos hablar. Se trataba de una zona conflictiva, en la que los orcos y los elfos habían luchado durante años por el control de los recursos, pero con el asalto a Darnassus había quedado en manos de la Horda. 

Revingar marchaba con ropajes de granjero y con la mano derecha sostenía la cuerda con la que guiaba a la mula. En su mano izquierda llevaba un hacha de leñador, que pidió expresamente para poder defenderse de los espías. El bosque era hermoso y, a pesar de que sabía que para los orcos era una fuente de madera, el mag’har pensó que sería una muy buena idea conservar aquellos milenarios y frondosos árboles para deleitarse con su inconmensurable belleza. 

Aquel follaje, que se extendía durante kilómetros y kilómetros, era lo único que no le permitía ver con claridad y que aventajaba a los agentes de la Alianza. Revingar se había informado sobre el aspecto y la historia de los elfos de la noche, con lo cual sabía de primera mano cómo lucían y cuáles eran sus tradiciones, tanto en el combate como en la vida. 

Revingar estaba preparado para cualquier eventualidad. Con el hacha de leñador podía desmembrar a cualquier ser vivo con facilidad. A pesar de que estaba entrado en años para ser un orco, su musculatura se mantenía como si se tratara de un joven. Se preocupaba por mantenerse activo, ya sea entrenando técnicas de combate día y noche o ayudando a su pueblo a establecerse en Orgrimmar. 


Los caminos de Vallefresno. 
Ujio veía con buenos ojos que Revingar se involucrara en las misiones de la Horda. Si bien aún no parecía estar preparado para partir a Zandalar, lo cierto era que se podría convertir en un poderoso bastión de la Horda en Vallefresno, un territorio que, a pesar de haber sido conquistado, se mantenía en conflicto. El monje seguía su camino sin quitarle la vista de encima a Revingar. Sus movimientos, símiles a los de un tigre, permitían que pase inadvertido por la frondosa vegetación del milenario bosque. 

El camino estaba llamativamente tranquilo. No había caravanas ni mercaderes transitándolo, sólo Revingar, quien tenía una actitud tranquila e iba silbando como si fuera un mercader real. Aquella actitud fue lo que, posiblemente, motivó a tres elfos de la noche y un draenei a interrumpir su marcha. 

No quiero problemas, sólo cargo alimento hacia el Puesto del Hachazo, expresó el orco, aunque no estaba seguro de que los espías de la Alianza le hubieran entendido. Entonces, una elfa lo interpeló en un idioma desconocido, luego otro elfo y después todos y cada uno de los guerreros. Parecía que amenazaban con matarlo si no soltaba el hacha...o al menos eso creyó Revingar. El orco se apegaba al plan e intentaba hablarles para que creyeran que se encontraba asustado. 

Mientras tanto, Ujio observaba con detenimiento cada movimiento de Revingar. Estaba ansioso, quería ver en acción a aquel guerrero legendario que dejó todo de lado para criarlo y que murió defendiendo las tierras de la Horda. 

Fue en ese momento cuando una elfa de la noche lanzó una estocada de su daga contra Revingar. El mag’har esquivó y con su mano izquierda dibujó una parábola horizontal que impactó en la parte posterior del cráneo de su enemiga, destruyéndoselo. El resto de los agentes de la Alianza se quedaron atónitos, pero no tardaron en responder. Mientras gritaban y lanzaban estocadas a diestra y siniestra, el orco permanecía inmutable esquivando todo lo que le lanzaban. 

Ujio se sintió orgulloso de su padre. Supo que, a pesar de que este Revingar no era su progenitor, era un fiel reflejo de lo que su padre había sido. Le llenaba el alma de alegría saber que venía de un linaje guerrero. 

En tanto, Revingar continuaba ultimando a los espías. Le amputó las dos piernas a un elfo antes de que pudiera tocar el suelo con su cuerpo, mientras que el otro elfo terminó con el cráneo partido en dos. El draenei presentó más batalla, pero cayó herido ante las perfectas técnicas de batalla del orco.
Habla ahora o muere, le dijo Revingar con desprecio. El orco mag’har sabía qué era lo que estaban haciendo. Es que él lo había hecho en Draenor para recuperar un territorio que habían perdido en manos de los hijos de la Luz. Te dije que contaras los planes de tu enclenque Alianza, ¡Hazlo ahora!, insistió Revingar, pero, a pesar del miedo que sentía el draenei, no habló. El orco lo decapitó. 

Esa fue la parte que menos le gustó a Ujio, ya que, como monje, evitaba matar. Para él, era el último recurso. Jamás podría ser la primera opción. De cualquier manera, lo que más le molestaba era que se habían quedado sin un prisionero para interrogar. 

- Pero, ¿Qué has hecho?- preguntó con furia Ujio mientras salía de entre los matorrales.- A la jefa de guerra no le va a gustar esto…- agregó con ciertos indicios de arrepentimiento. 
- En lo que a mí concierne, ya sabemos cuáles son sus planes- respondió Revingar.- No necesitábamos a esa escoria draenei. Hice estas mismas tareas tiempo atrás en Draenor, es un reconocimiento de las tareas enemigas. Quieren saber dónde estamos, para qué  y cuáles son nuestras debilidades- explicó soberbiamente, mientras miraba de reojo al monje.
- ¡No puedes hacer…- increpó Ujio, pero fue interrumpido por Revingar. 
- No creo que te moleste que haya desoído las órdenes de tu jefa de guerra. Puedo ver en tus ojos que, a pesar de que admiras sus estrategias militares, sientes recelo por sus métodos.- lanzó el mag’har.- Aunque obra como una persona desesperada, es consciente de todos sus movimientos.
- También es tu jefa de guerra. Si quieres continuar con vida y no ser tratado como un traidor, no te olvides de eso…-le respondió Ujio, aunque en el fondo sabía que Revingar tenía razón.


Ujio recordó la quema de Teldrassil. 
Los orcos se miraron con cierta desconfianza. Ujio sabía que el guerrero podía leer sus pensamientos y eso lo inquietaba porque, a pesar de que no mostraba sus dudas respecto del liderazgo de Sylvanas, sí las tenía. Revingar, por su parte, era consciente de que el monje tenía un mejor manejo diplomático y estaba convencido de que tenía que aprender de eso. 

Entonces, según tus propias palabras, están pensando en reconquistar el territorio perdido. Le diremos eso a la jefa de guerra, sentenció Ujio, con una profunda desazón por lo que parecía ser el preludio de un nuevo enfrentamiento en los bosques de Vallefresno. 

martes, 23 de octubre de 2018

LA FAMILIA SE HA REUNIDO

El monje estaba exhausto. Había pasado los últimos doce días -al menos eso era lo que él creía- haciendo rituales, enfrentándose con ecos del pasado y aniquilando enemigos de otras realidades, sólo para ganar el apoyo de los orcos mag’har en la guerra contra la Alianza. Ahora que se encontraba de vuelta en Orgrimmar, tras lograr que sus congéneres se unieran a la Horda, sólo quería tirarse a descansar, pero para su sorpresa Eitrigg lo esperaba en el lugar para reunirse inmediatamente con la jefa de guerra, Sylvanas Brizaveloz, y los líderes de los nuevos aliados. Debes estar bromeando, necesito descansar, les espetó el monje con indignación. Así es la guerra, muchacho. No hay tiempo para el sueño ni los placeres, le contestó el experimentado guerrero. Acto seguido, caminaron juntos hacia el Fuerte Grommash.

Ujio llevaba en el cuello un colgante que le había regalado un niño en la primera visita que hizo la Horda a Draenor, cuando Garrosh aún era una amenaza para todo Azeroth. Se lo había colocado con la intención de que los mag’har relacionaran aquella pieza única con el pasado, con aquella cruzada que los liberó de las garras de la Legión Ardiente. Sin embargo, el éxito que habían cosechado en Draenor no se debía a aquel collar, que pasó inadvertido.

Ya en la embajada, donde se habían hospedado varios mag’har, Ujio notó algo extraño en el rostro de uno de los orcos de Draenor. Sus ojos y colmillos le resultaban familiares. Tenía el pelo negro, pero con un incipiente tono grisáceo, lo que indicaba que andaba alrededor de los 40 años. Estaba convencido de que había visto esos ojos con anterioridad…

Mientras Sylvanas, Eitrigg y Geya’rah sellaban su alianza, Ujio se acercó a aquel orco que le resultaba extraño. Lo estudió desde una distancia prudente, luego se acercó más y más, hasta que estuvo prácticamente a su lado. El otro orco lo miró con desdén, pero al cabo de unos segundos de miradas cruzadas, que parecían lanzar rayos, vio el colgante de Ujio y se llevó una gran sorpresa.



- ¡Tú!- le espetó el orco con sorpresa - ¿Acaso eres Ujio?- preguntó, lo que le hizo recordar al monje de dónde conocía a ese orco.
- Sí, lo soy. Tú...¿Tú eres el niño que se perdió en la tormenta de nieve?- respondió Ujio.
- Sí...mi...mi nombre es Revingar, señor.

Al escuchar ese nombre, el orco quedó paralizado. Su corazón se detuvo por un momento y su mente entró en un profundo estado de confusión. Qué tan retorcido era el destino para poner delante de él a su difunto padre...pero vivo. Era un episodio que haría derramar lágrimas hasta al más duro de los guerreros.

Al cabo de unos segundos en silencio, Ujio se dio media vuelta y escapó rápidamente. Revingar no comprendía qué era lo que le sucedía, pero supuso que el monje tendría alguna razón válida para actuar de tal manera. Detrás de él se encontraba Eitrigg, quien conocía de primera mano la historia de Ujio.

- No te sorprendas por el comportamiento de Ujio- le dijo el experimentado guerrero a Revingar.- En esta línea temporal, tú fuiste su padre y tuvo que despedirse de tí a muy temprana edad. Siempre fuiste una importante influencia para él.

- Es...extraño lo que me cuentas, Eitrigg...porque él siempre fue una importante influencia para mí- reconoció el mag’har, haciendo referencia a que lo rescató de una muerte segura.

La noche cayó y Revingar se dirigió a los aposentos de Ujio con la intención de agradecerle formalmente por haberlo rescatado cuando era un niño. A su vez, el monje sentía la imperante necesidad de darle las gracias por haberle inculcado la importancia de la familia...a pesar de que él no era realmente su padre.

La puerta sonó. Tres fuertes golpes la sacudieron e hicieron retumbar el sonido en el amplio comedor de la casa de Ujio. El monje se acercó a la puerta y preguntó quién estaba del otro lado, Revingar contestó y un silencio incómodo se instaló dictatorialmente en el ambiente. Ujio salió de su vivienda y le propuso a Revingar ir a las murallas del sur, que daban a las hostiles tierras de Durotar, donde podrían charlar con tranquilidad.
Una vez que se encontraron en los titánicos muros, donde ambos se apoyaron, se aventuraron a dialogar con libertad. Parecía que, aunque provenían de dos líneas temporales diferentes, ambos tenían un estrecho vínculo que ni los mismos dragones del Vuelo Bronce podrían deshacer.

- Sabes, Ujio, tengo un hijo al que siempre le hablo de tí. Me da la impresión de que de alguna manera podrías ser tú, pero lo cierto es que su nombre es Gavingar- dijo el mag’har- Es un niño pequeño, apenas tiene cinco años, pero ya veo su espíritu combativo. Será un gran guerrero-
- Sin dudas lo será. Él era mi hermano mayor...murió durante un enfrentamiento contra la Alianza- contó el monje.- Y...como te contó Eitrigg, tú eras mi padre en esta línea temporal, con lo cual se me hace difícil mirarte a los ojos sin pensar que eres él.
- Lo sé, joven Ujio. Pero lo cierto es que no lo soy y nada te lo podrá devolver, ni siquiera los intrincados caminos del tiempo. Según me contó Eitrigg, tu padre fue un gran guerrero y, si bien estoy lejos de la edad que tuvo cuando falleció, haré mi mejor esfuerzo para honrar su nombre. No puedo ser tu padre, pero sí puedo ser tu compañero de batallas- le dijo orgullosamente Revingar.


Aunque Ujio comprendió dolorosamente las palabras de Revingar, percibió la esencia de su padre y no pudo evitar contentarse levemente por volver a compartir tiempo con él. Un compañero de combate es todo lo que necesito, le respondió con una sonrisa dibujada en su rostro. Entonces, el monje sacó de una de sus bolsas una orden de Sylvanas y se dispuso a explicarle los planes de guerra al mag’har. La familia se había vuelto a reunir y esas eran malas noticias para la Alianza.

martes, 2 de octubre de 2018

UN RECUERDO DE OTRO TIEMPO

Los últimos días habían sido difíciles. La destrucción del último sello de protección de Zandalar había sido un golpe duro para todos los trols y la Horda. Los ánimos estaban por el suelo, pero tanto Ujio como Rokhan sabían que no era el momento para lamentarse, por el contrario, debían levantar la cabeza y contraatacar. El objetivo era Uldir, una antigua edificación titánica donde los trols de sangre intentaban levantar de entre los muertos a G’huun. 

Tanto el monje como el cazador de la sombras se dispusieron a planificar el ataque en una de las salas del Gran Sello, cuando un no-muerto ingresó a la habitación con un mensaje para Ujio. 


-Señor, tengo un mensaje para usted. La jefa de guerra pidió expresamente que lo leyera en soledad, ya que es un secreto de Estado- le indicó al orco mientras le daba el pergamino. 

-Entiendo, muchas gracias- respondió. Miró a Rokhan directamente a los ojos y el trol se marchó de la habitación. 

Ujio, mi estimado adalid. Estamos en tiempos de guerra y necesitamos de la voluntad de todos nuestros guerreros para lograr la victoria sobre la Alianza, pero también necesitamos nuevos aliados para revitalizar nuestros esfuerzos. Es por eso que la Horda necesita que viajes en el tiempo, una vez más, hacia Draenor para traer a los orcos Mag’har a nuestro bando, rezaba el mensaje de Sylvanas. 


El orco se sorprendió sobremanera. Sus ojos parecían querer abandonar sus órbitas y su boca estaba abierta de par en par, dejando al descubierto todos sus dientes. Desde que volvieron de aquella línea temporal, se había establecido tácitamente que no la visitarían nuevamente para no alterar los cursos naturales del tiempo. Este nuevo movimiento de Sylvanas volvía a sacar a Ujio de su eje porque era completamente inesperado, lo que la exaltaba como estratega, pero a la vez alimentaba las sospechas de Ujio sobre las intenciones de la jefa de guerra. 


El monje se dirigió a sus aposentos, en busca de un enorme cofre que tenía distintos elementos que guardó en sus viajes. Revolvió compulsivamente todo el contenido buscando algo en particular, un recuerdo de aquella aventura a través de las líneas temporales. Algo que le diera una pista sobre cómo podría lograr que los orcos mag’har confiaran en él. Entre anillos, capas, colmillos y otras yerbas, se topó con lo que buscaba: un pequeño collar que le había regalado un niño que había salvado en la Cresta Pirofrío. 



Imagen propiedad de Blizzard Entertainment.
Aquella mañana gélida los Lobo Gélido se habían olvidado de sus problemas. La inclemente ventisca, que golpeaba desde el oeste, sacudía las tiendas con furia e invitaba a los orcos a refugiarse. Pero no todos eran lo suficientemente conscientes sobre el peligro que representaba. 
Un grito alertó a Ujio, que saltó de la tienda blandiendo un hacha en cada una de sus manos. Observó a su alrededor, pero a duras penas podía ver más allá de sus propios pies por la intensa nevada que caía sobre la aldea. Se dejó guiar por los gritos, esperando que tan sólo sea el eco del viento trayendo alaridos de alguna bestia moribunda. Al cabo de unos minutos, encontró el origen de los gritos. Era una madre. 

El orco se le acercó para preguntarle qué le sucedía y ella le respondió que había perdido a su pequeño hijo en medio de la ventisca. Lo había tratado de rastrear, pero las huellas conducían hacia las inhóspitas llanuras nevadas. El monje vio la tristeza y desesperación en los ojos de aquella orca y, sin dudarlo, se lanzó en la búsqueda del niño. 


Ujio se colocó justo al lado de las huellas del pequeño orco para poder seguirlas en medio de los fuertes vientos blancos. Se cubrió el torso con una gruesa capa de piel de oso, que habían confeccionado los Lobo Gélido de Azeroth para él como regalo por su cumpleaños, y comenzó a caminar firmemente entre la nieve, que cedía ante cada uno de sus pasos. 


Ujio había perdido la noción de la orientación. Ya no sabía si marchaba hacia el este, el oeste, el norte o el sur. Entonces, se arrodilló, cerró sus ojos y entró en una profunda meditación. En lo más hondo de su fuero interno vio la figura del niño tirado junto a una roca y temblando de frío, lo que le trajo algunas certezas. No estaba claro qué tan lejos se encontraba de la posición del orco, pero sí le indicó la dirección. Con un vigor renovado, Ujio corrió a su encuentro. 





Los minutos parecían horas para la pobre madre orca que esperaba a su pequeño hijo en la entrada de la aldea. Las huellas de su prole y del orco que salió a buscarla ya habían sido tapadas por el viento blanco que soplaba del Oeste. A cada segundo se impacientaba más y más, se mordía las gruesas uñas y caminaba de un lado al otro. La esperanza se desvanecía. 

En la lejanía divisó una pequeña mancha negra. No parecía una persona, sino más bien humo negro, lo que hacía que se distinga entre tanto blanco. Al cabo de unos momentos, la orca se dio cuenta de que aquello era una figura. No tardó demasiado en reencontrarse con Ujio, que traía a su hijo en brazos. 

- ¡Gracias! ¡Oh, gran señor, gracias!- le dijo la mujer.- ¿Cuál es su nombre, extranjero?- agregó. 

- Mi nombre es Ujio- respondió mientras tiritaba.- Recuérdele a su hijo no salir durante las tormentas de nieve. Se nota que es un buen muchacho.- Le dijo. 

El orco volvió a su tienda, con la única intención de beber una infusión caliente y comer algo, tras haber caminado horas y horas en medio de una ventisca. Y con la sensación de haber hecho algo que cambiaría su vida para siempre. 


A la mañana siguiente, el joven,  ya recuperado, se acercó a su tienda y le obsequió un pequeño collar de huesos, rocas y colmillos que él mismo había hecho. Gracias por rescatarme, señor. Espero que algún día pueda ser como Usted, le dijo. 


No, niño. Tú serás mejor.


viernes, 21 de septiembre de 2018

LA GUERRA DE SANGRE

Los ejércitos de los trols de sangre se movilizaban con el único objetivo de destruir el último sello de protección que quedaba en pie en Zandalar. La carrera por salvar a Zuldazar de las influencias malignas de los trols de sangre estaba por llegar a su fin. En tanto, la princesa Talanji, junto a otros héroes de Azeroth, había comprobado que intentaban invocar a G’huun, el quinto dios antiguo, lo que implicaba una amenaza aún mayor.

La epifanía de Ujio, que había visto en su encuentro dimensional con lo que él suponía que era un dios antiguo, le había dado la posibilidad de tomar medidas inmediatas. Apenas recuperado de la herida que le habían ocasionado los trols, se subió a lomos de Colmilloferoz con la única intención de defender la capital del otrora imperio. Hiasing hizo un leve gesto de desaprobación, pero inmediatamente montó a su raptor, Tuluki, para acompañar a su amigo, que aún estaba débil. Rokhan y Talanji no se quedaron atrás y se dispusieron a pelear la batalla. Así, otros cuantos guerreros se alinearon detrás de la comitiva que encabezaba Ujio.

Desde la cicatriz que habían hecho en Nazmir, los trols de sangre marchaban firmes y raudos. Nada parecía poder detenerlos, ya que eran miles formando con la misma disciplina que un verdadero ejército. En la oscuridad, generada por los gases y la humedad del pantano, el escuadrón de Ujio vigilaba el avance de las fuerzas de G’huun.

Ujio desvió hacia el oeste a sus seguidores para que no se topen con los trols de sangre en un cuello de botella que se formaba más adelante en el camino, pero él continuó por la misma senda con el objetivo de encontrar alguna manera para retrasarlos. Tiró de las riendas de Colmilloferoz para que galope más rápido y logró adelantarse alrededor de un kilómetro de sus enemigos.

Con cada movimiento que hacía, sus costillas le dolían agudamente. A pesar de haber sido curado recientemente, el orco tomaba riesgos al moverse tan osadamente, ya que podría volverse a abrir la herida.

A pesar de que se encontraba lejos y las emanaciones del pantano no le permitían ver apropiadamente, el orco podía sentir las vibraciones que generaba el ejército en el terreno. Desesperado, miró en todas direcciones buscando algo que pudiera detener aunque sea por un momento a las fuerzas de Zul. No tardó demasiado en percatarse de que una manada o, mejor dicho, una población entera de hipopótamos vivía en los pantanos.

Con osadía, corrió y se subió al lomo del macho alfa. La bestia no dudó ni un segundo en saltar de un lado para el otro para quitarse de encima al monje que, con cada salto, sentía el dolor en su cuerpo. Afortunadamente para él, logró dominar a la bestia y la incitó a correr en dirección al ejército, por lo que el resto de los animales la siguieron.

La estampida fue un éxito. El orco no pudo ser testigo de las innumerables bajas que ocasionó con esa inteligente acción estratégica. “Juega con las ventajas del terreno”, solía decirles Revingar a él y su hermano, lo que sin dudas era una de las claves de la guerra. Así ganó el tiempo que necesitaba para llegar a la capital y prepararse para la guerra.

Zuldazar, capital zandalari.
Tiempo. Sólo eso había ganado el orco con su maniobra defensiva. Es que en Zuldazar el profeta Zul tenía infiltrados que comenzaron con el ataque. Las fuerzas fieles al rey Rastakhan defendían el último sello, que mantenía protegida a la isla de Zandalar, pero sus esfuerzos comenzaban a menguar.

Ujio llegó a lomos de Colmilloferoz, sin sospechar con lo que se encontraría. Los infiltrados estaban doblegando a los zandalari. Sus cejas se unieron y sus ojos se cerraron levemente, mostrando su desprecio hacia los trols de sangre. Ataca…¡Ahora!, le ordenó a la loba, que inmediatamente saltó sobre el primer enemigo que se le cruzó en el camino. Ujio quería desmontar, pero su estado no le permitía hacer eso sin que haya consecuencias.

En la lejanía pudo ver a Hiasing, Rokhan y Talanji luchando con el mismo fervor. Lentamente, comenzaban a ganar terreno, pero lo peor aún estaba por llegar.


En lo alto de las pirámide central, donde se ubicaba el Gran Sello, Zul se enfrentaba a Rastakhan. El rey de Zandalar tenía un poder inconmensurable, producto de su ofrenda a Bwomsandi, lo que le permitió que la pelea se inclinara a su lado.

Sin embargo, en medio del fragor de la batalla, Mythrax, un poderoso esbirro de los dioses antiguos, lanzó un poderoso rayo que destruyó por completo el último sello protector y así, la esperanza se esfumó y el terror reinó.

Mythrax, esbirro de los dioses antiguos.


lunes, 17 de septiembre de 2018

LA VUELTA DEL DRAGÓN

Todos miraban con asombro al agonizante monje. Su torso comenzaba a tornarse de un color oscuro, quizá producto de las oscuras magias que manejan los trols de sangre, y su piel estaba pálida. Las sombras se lo querían llevar.

A su lado, se encontraba su amigo Hiasing, que había sobrevivido a la batalla de Entrañas -más por su conexión con los elementos que por la ayuda que recibió de la jefa de guerra- y había llegado a Zandalar tras recuperarse de sus heridas. Ehtoh no va nada bien, vamoh a necesitar flores medicinaleh, sostuvo el chamán, mientras tocaba tímidamente las manchas que tenía Ujio en su cuerpo.

Rokhan también estaba allí. No lo dudó ni un segundo, simplemente se lanzó a recorrer las inmediaciones para recoger las hierbas que necesitaba el monje para su recuperación. Colmilloferoz no se alejaba de su lado, aunque, de tanto en tanto, lanzaba un profundo aullido que denotaba dolor por el sufrimiento de su amigo.


Ujio sólo veía sombras. Oscuridad. Vacío. Si bien no podía observar nada a su alrededor y a duras penas podía ver sus propios miembros, sabía que alguien lo observaba, que era vigilado de cerca por una entidad. Tu fin se acerca...puedes aceptarlo y morir...o unirte a nosotros y gobernar por el resto de la eternidad, le susurró una voz similar a la del ignoto.

N'zoth, dios antiguo.
Aunque tenía su campo de visión limitado por la pérdida de un ojo y la oscuridad del lugar, Ujio podía sentir movimiento a su alrededor. Lo que sea que se moviera, impregnaba el aire con una humedad repugnante, lo que le recordó a los tentáculos de la criatura que había asesinado minutos antes...entonces supo a qué se enfrentaba.

Puedes matarme con tranquilidad, criatura, dijo el monje. Nada de lo que puedas ofrecerme me hará arrodillarme ante tí. La respuesta de Ujio no sorprendió a la criatura, por el contrario tenía muchas propuestas para hacerle.

Se siguió moviendo a su alrededor. Ambos se encontraban en alguna especie de plano etéreo, donde su integridad física no peligraba. Sin embargo, podía tener letales consecuencias para sus respectivos espíritus.
¿Acaso no quieres reencontrarte con tu familia?, preguntó la criatura maliciosamente. El monje dudó...era lo que más quería en el mundo. Pero eso no era posible. Su mente fuerte lo llevó a percatarse de la estrategia de la entidad que lo vigilaba, quería remover sus sentimientos más profundos para hacerlo dudar y, acto seguido, sumarlo a sus filas. Eso no es posible y, aunque lo fuera, lo que sucedió es lo que acepto como real, le contestó.


Hiasing llamó al agua, elemento de la vida, con la que mantuvo al monje con vida. Ete perro eh duro, dijo para sí mismo, aunque todos los presentes lo escucharon. Si bien habían pasado pocos minutos, Rokhan volvió con lo que el chamán necesitaba para recomponer la salud de Ujio.

Le entregó las hierbas a Hiasing, quien las molió, mientras las mezclaba con algunos jugos sospechosos. Entonces, escupió en el tazón donde preparó el brebaje y se lo arrojó al monje sobre la herida que tenía en las costillas derechas. Ujio emitió un grito ahogado. Ese reflejo les dio esperanza a todos de que el monje se recomponga.


El monje permanecía calmo. De alguna extraña manera, sabía lo que sucedía en el mundo físico y confiaba en que volvería a su cuerpo próximamente. Sin embargo, para eso debía aguardar en ese tenebroso, húmedo y apestoso lugar en el que se encontraba.

Hace años que miramos a tu raza y tú eres uno de los que más se destaca. Burlaste a la muerte en otra ocasión, aún cuando toda tu familia sucumbió ante heridas similares. Eres un hueso duro de roer…, le dijo la criatura. Con nosotros alcanzarás la gloria, serás nuestro general más grande, tendrás un poder…, el ser detuvo en pleno monólogo. Algo llamó su atención. La niebla oscura se disipó.


Ujio abrió sus ojos. A su alrededor estaban sus compañeros de armas y amigos. Hiasing rió, Rokhan suspiró y la princesa Talanji hizo un ademán con su cabeza. Colmilloferoz, por su parte, parecía más un perro faldero que una poderosa loba de guerra, ya que su cola se movía de un lado hacia el otro y brincaba sin parar. El monje la miró con cara de muerto y le sonrió.


Su torso ya no estaba infectado por la influencia oscura de los trols de sangre, aunque aún se sentía debilitado. Con esfuerzo -y dolor- se sentó por sus propios medios, miró a todos alrededor y les dijo: “Logré ver algo...Zuldazar está bajo ataque, ¿Qué les parece si vamos a defenderla?”.

lunes, 10 de septiembre de 2018

UN VÍNCULO ETERNO

Habían elegido un itinerario seguro para garantizar su seguridad. Gertha y Gavingar habían planificado durante meses el viaje hasta Alterac, hogar de los Lobo Gélido. Habían seleccionado meticulosamente cada uno de los lugares en los que acamparían, donde comprarían provisiones y con quienes tratarían en los Reinos del Este. Todo para garantizar la seguridad del miembro más pequeño de la familia en su primera gran aventura.

Desde aquel fatídico atardecer en el que cremaron a Revingar en Durotar, habían tratado de terminar de cumplir con la promesa que le había hecho a Korogar, que aún desconocía que se convertiría en el prometedor Ujio. Debían llevarlo a las montañas de Alterac para que conozca al clan Lobo Gélido, al que pertenecía desde su nacimiento por ser hijo de su padre. Y allí se encontraban los orcos, que antaño habían llegado desde un Draenor devastado, esperando con ansias que la familia del glorioso Revingar se uniera al clan. El clima de algarabía era generalizado. Algunos había combatido al lado del experimentado guerrero, mientras que otros lo habían guiado espiritualmente y los más jóvenes conocían sus hazañas por los relatos orales. En todos los casos, tenían un buen concepto del difunto orco.

Para el niño todo era nuevo. Él había nacido en Durotar, un desierto de tierra colorada que se encontraba entre el mar y el río, donde los raptores y los escórpidos deambulaban cazando a los jabalíes, y el calor era tan intenso que hasta su gruesa piel se sentía incómoda ante la exposición a los rayos del sol. Alterac era gélido y el viento propiciaba un clima pacífico, mas no amable. Las criaturas no andaban libremente por las inhóspitas condiciones, se refugiaban y esperaban al momento indicado para salir de sus madrigueras.

Sin embargo, allí se encontraban los orcos. Erguidos, aguardando la llegada de linaje del campeón de la Horda. Formaron un pasillo entre las tiendas en las que vivían, que estaban recubiertas de un cuero duro de algún animal de la zona, y a medida que Gertha, Gavingar y Korogar pasaban a su lado, se golpeaban el pecho en señal de respeto.

Drek’thar recibió a los miembros del clan y saludó al pequeño Korogar. Hola, joven guerrero, le dijo mientras se golpeaba el pecho e inmediatamente los invitó a recorrer las instalaciones del clan. Entre tiendas y corrales con ganado, Korogar divisó una pequeña cría de lobo que se apegaba fuertemente a la panza de su madre. Haciendo caso omiso a la guía que ofrecía el experimentado chamán, se dirigió hacia el lugar donde se encontraba la loba con sus crías, hipnotizado por la tierna imagen que podía apreciar.



Se acercó lentamente, más por instinto que por ser consciente de los daños que podría hacerle la madre si lo tomaba como una amenaza, y se detuvo frente a las bestias. Se arrodilló y acarició a loba mientras amamantaba a sus crías. El animal le lengüeteó la mano con cariño y Korogar sintió que hasta le sonrió. En medio de esa conexión tan íntima y profunda, se le acercó una de las crías y le mordió una botamanga, mientras emitía un gruñido infantil. Sin duda eres un lobo gélido, le susurró Drek’thar.



Así pues, el chamán le aseguró que esa pequeña cachorra lo había elegido como compañero, por lo que lo instó a nombrarla. El niño orco pensó y pensó en un buen nombre de batalla, pero no fue hasta que notó que la loba tenía un sólo colmillo desarrollado que decidió ponerle un nombre: Colmilloferoz.



El joven Korogar volvía todos los años a ver a su fiel compañera, pero esta ocasión era distinta. A sus jóvenes 16 años, el orco volvía a las tierras del clan Lobo Gélido con malas noticias. El último miembro de su familia, Gavingar, había muerto en el descubrimiento de Pandaria.

Vestía un manto andrajoso, que cubría el extraño uniforme de otras tierras que llevaba puesto. Pero ni siquiera la capa agujereada ni los ropajes de lugares lejanos podían eclipsar la tristeza que mostraba en sus ojos.

Drek’thar lo esperaba en lo alto de una colina, dentro de los dominios de los Lobo Gélido. Aunque carecía de visión, el chamán sabía lo que le sucedía al orco. El viento se lo había comunicado apenas había sucedido, por lo que había tenido tiempo para elegir las palabras que le diría al joven Korogar.

Estás con los tuyos. Nosotros somos tu familia, le dijo al recibirlo. Aunque las palabras del chamán no habían sanado sus heridas emocionales, Ujio esbozó una sonrisa que denotaba agradecimiento. Se dirigieron a la tienda de Drek’thar, donde había una pequeña mesa con comida recién preparada y distintas bebidas alcohólicas, se sentaron y se miraron durante un breve momento.

Sé lo que piensas, lanzó el chamán. Crees que estás solo, pero estás equivocado. Los Lobo Gélido nunca abandonamos a nuestros hermanos...puedes preguntarle a alguien que te estaba esperando. Ujio abrió sus ojos como platos, sorprendido por haberse olvidado de su fiel compañera. Salió raudamente de la tienda y se dirigió a los corrales. A pesar de ser muy obediente, al ver al orco, Colmilloferoz saltó por encima de las cercas de madera y fue a su encuentro.

La bestia se paró sobre sus miembros inferiores y se posó sobre el torso del orco, quien la abrazó con fuerza. Las tragedias que había atravesado lo habían llevado a olvidarse de todo lo que le quedaba, que no era poco. A esto me refería, le dijo el chamán. Este es un vínculo para toda la vida.