Ujio recorría las calles viendo los resultados del enfrentamiento. Vestía sus ropajes de ronin -un guerrero sin señor-, que había adoptado tras vencer a Xhiun en los Pináculos de Arakk. Unas sandalias de cuero flexible, que permitían que se vieran sus dedos verdes, un hakama naranja con remaches de cuero marrón, guantes naranjas cubiertos por una placa de metal con nudillos -especiales para golpes de puño-, un arnés pectoral de cuero de truenagarto, y, por último, dos katanas.
El monje había perdido demasiado en los últimos años. Primero Vol’jin, después Varok, a pesar de que no estaba muerto, y ahora Rastakhan. Por eso trajo de vuelta sus vestimentas de ronin, lo que no sólo indicaba que estaba de duelo, sino que sacaría su faceta más violenta para enfrentarse a la Alianza. Ya no hay lugar para tibios.
Observó todo lo que sucedía a su alrededor con detenimiento. Guardó las imágenes en sus retinas. ¿Para qué peleamos?, se preguntó. Miró a las madres llorando a sus hijos muertos en batalla, familias desoladas por el cruel paso de la Alianza. Peleamos para proteger todo lo que amamos.
Ujio había sido designado como uno de los soldados que debía ayudar a los enfermos y heridos, pero el monje tomó su propio camino. Le pagó unas monedas de oro a un goblin mago para que abra un portal a Orgrimmar -esos enanos verdes nunca rechazan unas monedas-, se dirigieron a un oscuro callejón y, montado sobre Colmilloferoz, el orco se transportó hacia la ciudad capital de la Horda.
Para su sorpresa, había poco movimiento, lo que dejó entrever que la mayoría de los guerreros estaban en Zuldazar, reforzando las defensas por si la Alianza volvía a atacar, algo que era realmente improbable. De cualquier manera, eso lo beneficiaba, ya que la poca vigilancia le permitiría moverse sin ser detectado por los oficiales de confianza de la jefa de guerra. El objetivo de Ujio era llegar a Costa Oscura, donde Revingar se encontraba patrullando.
Sé que te pido demasiado, Colmilloferoz, pero necesito que me lleves lo más rápido posible hasta Costa Oscura, le susurró a la loba, que respondió con un sonido agudo, como si se estuviera quejando. Sin más, la fiel corcel comenzó a correr en sentido norte, para llegar a Vallefresno a través de Azshara y pasar por la zona segura de los aserraderos. Normalmente, tardaría varias horas en recorrer ese trayecto, pero Colmilloferoz estaba descansada y bien alimentada, por lo que sólo demoró poco más de una hora en llegar al puente que conectaba ambas zonas.
Desde allí, el camino se extendía en línea recta de este a oeste por unos cuántos kilómetros, pero más allá del aserradero de la Horda, había varios obstáculos que podrían poner en peligro al monje. La zona estaba este estaba infestada de demonios, vestigios de la Tercera Guerra. También había bases de los elfos de la noche que, si bien habían sido capturadas por la Horda, eran acechadas por asesinos de la Alianza. Esto obligaba a Ujio a salirse del camino principal y utilizar algunos senderos escabrosos ocultos, que se los había enseñado su padre, para poder atravesar Vallefresno.
Nos tomará todo el día atravesar el gran bosque, Colmilloferoz. Parece que tenemos un largo viaje por delante, justo como en los viejos tiempos. Efectivamente, el viaje era largo. Ujio y su fiel loba estaban obligados a pasar muy cuidadosamente por algunos caminos que bordeaban las montañas, ya que un tropezón implicaría una caída mortal. El orco desmontaba y pasaba lentamente por esos lugares, mientras que la loba lo seguía. Pudo observar, al menos, tres caravanas de suministros de la Horda dirigiéndose a Costa Oscura y las siguió con la mirada para asegurarse de que no fueran atacadas. No vio a ningún agente de la Alianza, pero no pudo evitar sentirse vigilado. Quizá sea la propia consciencia del bosque.
Ujio continuó, a través de la maleza, las raíces que sobresalían de la tierra y las rocas que se camuflaban entre la alta hierba. El camino parecía interminable y ya lo había cansado, pero no podía detenerse. Al menos, no hasta que encontrara a Revingar. Afortunadamente, sabía dónde encontrarlo.
Siguió sumando pasos a su cuenta. Ya había pasado Astranaar y podía sentir cómo se aproximaba a Costa Oscura por el aroma salino que comenzaba a sentirse en las proximidades de la Avanzada de Zoram’gar. El pasaje sur de Costa Oscura tenía poca vigilancia, apenas un par de brutos y algunas forestales oscuras ocultas entre la vegetación. Esto significaba que, a pesar de sus esfuerzos por pasar desapercibido, si pisaba Costa Oscura desde el sur, sería identificado y la jefa de guerra se enteraría de su incumplimiento. Por lo que optó por ingresar a través de los lindes occidentales del territorio que otrora perteneciera a los elfos de la noche.
Las horas habían pasado raudas y veloces, la oscura luna se posaba sobre las blancas playas de Vallefresno e iluminaba las aguas con su perenne luz. La costa estaba plagada de nagas, que no representaban un problema para Ujio, pero entrar en combate con ellos retrasaría la tarea del orco. Llevaba más de un día viajando, apenas había comido unos trozos de carne seca y no había dormido, por lo que el cansancio comenzaba a hacer mella.
Ve a la Avanzada de Zoram’gar, ahora debo continuar solo, le dijo Ujio a Colmilloferoz. A pesar de que no le gustó la orden de su amo, la fiel loba corrió a destino. Se alejó entre las sombras de los enormes y milenarios árboles de Vallefresno y, en tan sólo segundos, desapareció de la vista del orco.
Ujio siguió su camino, bordeando las montañas del norte, que separaban a Vallefresno de Costa Oscura. Cual asesino, se fundió con las sombras, rasgo característico de los monjes del Shadopan, pasó a través de las ruinas, evitando incluso el incisivo olfato de los nagas. Así, llegó hasta Costa Oscura.
La resistencia de los orcos es realmente admirable. Pueden luchar por días sin detenerse y beber decenas de pintas sin caer. Ujio era el ejemplo perfecto, a pesar de todas las batallas que había librado en los últimos días, aún estaba entero como para atravesar medio mundo y encontrarse con su padre.
El orco se movió por el bosque, siempre con la vista puesta en la playa. Sabía que si corría por la arena sería un blanco fácil, por lo que se mantenía cerca, pero oculto entre los árboles. Corrió como si no hubiera un mañana y, de esa manera, llegó rápidamente al recorrido de una pequeña patrulla de vigilancia.
Ujio estaba curtido en el combate cuerpo a cuerpo y podía dejar inconsciente a cualquier guerrero sin la necesidad de matarlo. Rápidamente, le dio un buen uso a sus hábiles y, antes de que siquiera pudieran ver qué fue lo que los golpeó, tres brutos cayeron desmayados. El último miró sorprendido, pero sin alarmarse. Buenos golpes, Júnior, le dijo.
Ujio sonrió. Acompáñame, tengo un plan para derrotar a la Alianza.










