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miércoles, 13 de febrero de 2019

A LA CAZA DE LOS ORCOS

La noche estaba templada y el olor salino del mar parecía cada vez más lejano. A pesar de haber marchado durante más de un día, Ujio se mantenía intacto. A su derecha, Revingar le seguía el paso, como si no hubiese hecho ninguna guardia en los últimos setenta días. Ambos estaban frescos, entusiasmados por la adrenalina de combatir contra la Alianza. 
Estaban volviendo a Orgrimmar por el mismo camino que había tomado Ujio para ir hasta Costa Oscura. Si bien iban rápido y habían pasado desapercibidos por el momento, el monje todavía sentía que alguien lo estaba observando. Entonces aceleró el paso y Revingar lo siguió. 
No tardaron mucho tiempo en darse cuenta de que, efectivamente, eran seguidos de cerca. Perros de la Alianza, pensó Revingar, pero la realidad es que era algo peor. Era algo que los marcaría para siempre. Ujio comenzó a sentir el crujir de las ramas de los altos árboles y sospechó. Parecía que alguien estuviera siguiéndolos desde las alturas, bastante atípico de los soldados de la Alianza. Los únicos que podrían hacer semejante tarea eran los elfos de la noche, pero no quedaban muchos por la zona, por lo que Ujio intuyó algo peor.
Debemos ocultarnos en algún lugar, antes de que nos logren cazar, le dijo a Revingar, que asintió. En la lejanía, pudieron divisar un pequeño río. Ujio supuso que podrían usar la corriente para alejarse de sus perseguidores. Acto seguido, se arrojó a las aguas y Revingar repitió sus pasos. 
La corriente no era muy poderosa, los ríos de Vallefresno se caracterizaban por ser pasivos, pero el pequeño impulso igual les fue de ayuda. Luego de tragar agua y golpearse con ramas por varios minutos, los orcos salieron del río. Notaron que se habían alejado de sus cazadores, pero sólo ganaron algunos minutos y ahora se encontraban más al sur y estaban muy lejos de los caminos ocultos que Ujio había utilizado en la ida. 
Ahora tenían que improvisar para sobrevivir. 

-Deja todo lo que no sea absolutamente necesario. Viajaremos ligeros a través del bosque, tenemos que llegar a la Empalizada de Morshan antes de que nos encuentren, allí nos reuniremos con los refuerzos- le dijo Ujio a Revingar, quien asintió. 

Los orcos se despojaron de sus bolsas y continuaron la marcha, sólo equipados con su armadura y armas. Ujio sabía que serían atrapados si no aumentaban la marcha. Quería evitar un enfrentamiento a toda costa. 
Continuaron a paso firme. Ya habían dejado atrás el Refugio Brisa de Plata, por lo que Ujio supo que estaban relativamente cerca de su destino, sólo restaba cruzar el río y continuar bordeando la montaña...pero sus perseguidores los encontraron primero. 
Un silbido furioso alertó al monje, que se arrojó a un lado y giró en el suelo. Desde lo alto de los árboles, las flechas caían como si se tratara de un castigo divino. Revingar, fiero como buen guerrero, repelió los proyectiles con su hacha. Profirió un rugido, que espantó a todas las aves y criaturas que se encontraban en los alrededores, y desafió a sus atacantes. 
Las forestales rastrearon y atacaron a los orcos.

Desde los árboles, cayeron sus cazadores, para darle continuidad al combate desde el suelo. Las sospechas de Ujio se confirmaron. Al menos una decena de forestales oscuras les daban caza a Ujio y Revingar.

-Ujio, Revingar. Por orden de la jefa de guerra, Sylvanas Brisaveloz, quedan detenidos. Arrojen sus armas o afronten las consecuencias- advirtió la líder del grupo. 

Revingar mostró una sonrisa socarrona y escupió al suelo. Apretó el mango del hacha y se lanzó al ataque. Ujio se sorprendió por la tenacidad que mostró la versión alternativa de su padre, pero también se sintió motivado. El monje también atacó. 
Revingar parecía no tener miedo, así como tampoco consciencia de que se enfrentaba a las unidades de élite de Sylvanas. Las flechas brotaron de los arcos enemigos como lo hace el agua de una vertiente, pero el experimentado orco esquivó todas y cada una de ellas. Tras un par de zancadas, desmembró a su primera víctima.
A sus espaldas corría Ujio, tratando de cubrirle los flancos. Si bien el monje era un protector de la vida, tenía cierto rechazo contra las forestales oscuras porque las consideraba criaturas sin voluntad que cumplían con las órdenes de Sylvanas sin cuestionamiento alguno, por lo que atacó a matar. Ultimó a la primera víctima de Revingar y asesinó a otras dos arqueras. El combate iba bien para los orcos, pero si había alguna posibilidad de que todo empeorara, se había hecho efectiva.
Un rugido potente sonó a espaldas de Ujio, el monje giró y por poco cae en las garras de un druida en forma de oso. Revingar peleaba contra las forestales cuerpo a cuerpo, cuando una enorme bola de fuego incineró a cuatro de ellas. Las tres restantes cambiaron de objetivo y lanzaron una lluvia de flechas al mago humano, que continuó con sus ataque s de fuego. Lo que había comenzado como un enfrentamiento entre dos bandos, se convirtió en una escaramuza con tres grupos. 
Druida elfo de la noche en forma de oso.

Como si fuera poco, desde detrás de unas plantas surgió una elfa de la noche. Con una de sus flechas hirió a Revingar en un brazo, pero el orco continuó peleando como si se hubiese tratado de un escarbadientes. Las forestales comenzaron a caer y sólo quedó la capitana, Ujio y Revingar la necesitaban para enviarle un mensaje a Sylvanas, por lo que doblegaron sus esfuerzos por protegerla de los ataques de la Alianza. 
Ujio corrió en dirección a la elfa, que con sus impresionantes habilidades lanzó una flecha tras de otra. El orco no podía acercarse a la ubicación de la arquera, por lo que se dividió en los espíritus elementales y atacó desde los flancos. La arquera no pudo ofrecer resistencia y cayó ante los puños de furia del monje. 
Revingar la tenía peor. Tenía que combatir contra el druida, mientras que intentaba esquivar los ataques de fuego del mago. A su vez, la forestal oscura intentaba escapar. Claramente, para los soldados de la Alianza sería una gran victoria acabar con todos ellos. Incluso dejaron escapar a la forestal para que le cuente la situación a la jefa de guerra. 
Ujio había vencido a su oponente, que se encontraba inconsciente en la hierba, y eligió un nuevo contrincante. Fue a por el mago, que se asustó al ver que el monje se le acercaba a gran velocidad. Comenzó a lanzar conjuros de fuego a diestra y siniestra, pero la agilidad del monje evitó que lo golpeara. Ujio lo dejó inconsciente con una seguidilla de golpes y se volteó para ayudar a Revingar, pero su padre ya había terminado el trabajo. El druida yacía boca abajo con la cabeza destrozada. 
Rápidamente, se dispusieron a perseguir a la forestal oscura, que se encontraba a unos 200 metros de los orcos. Sabían que la persecución sería complicada, incluso eran conscientes de que, si la perdían de vista, nunca más la encontrarían. 
Corrieron tras ella, pero no lograban alcanzarla y el cansancio comenzaba a pasarles factura. Fue en ese momento que un espíritu de lobo pasó al lado de los orcos. Revingar se dispuso a atacarlo, pero Ujio lo frenó. Déjalo, le dijo. En cuestión de segundos, alcanzó a la forestal y frenó su marcha. Ujio y Revingar llegaron hasta su posición a paso firme. 

-Veo que aún no has perdido tu toque, hermano- le dijo Ujio al chamán. 
-Soy el mejor en lo que hago, hermano- respondió Hiasing.- Tenemos que apresurarnos y llegar a la Empalizada cuanto antes, mañana emprendemos el viaje hacia el Puerto de Menethil. 

Ujio sonrió. Que la Alianza se prepare

miércoles, 6 de febrero de 2019

UN ALIADO Y UN PLAN

Sólo habían transcurrido un par de días desde el asalto de la Alianza a la ciudad de Dazar’alor. Los mejores curanderos de la Horda aún se encargaban de cuidar a los heridos, mientras que los ciudadanos zandalari se ocupaban de limpiar las calles y quemar los cadáveres de los caídos en grandes piras honoríficas por su sacrificio en la batalla.
Ujio recorría las calles viendo los resultados del enfrentamiento. Vestía sus ropajes de ronin -un guerrero sin señor-, que había adoptado tras vencer a Xhiun en los Pináculos de Arakk. Unas sandalias de cuero flexible, que permitían que se vieran sus dedos verdes, un hakama naranja con remaches de cuero marrón, guantes naranjas cubiertos por una placa de metal con nudillos -especiales para golpes de puño-, un arnés pectoral de cuero de truenagarto, y, por último, dos katanas. 
El monje había perdido demasiado en los últimos años. Primero Vol’jin, después Varok, a pesar de que no estaba muerto, y ahora Rastakhan. Por eso trajo de vuelta sus vestimentas de ronin, lo que no sólo indicaba que estaba de duelo, sino que sacaría su faceta más violenta para enfrentarse a la Alianza. Ya no hay lugar para tibios
Observó todo lo que sucedía a su alrededor con detenimiento. Guardó las imágenes en sus retinas. ¿Para qué peleamos?, se preguntó. Miró a las madres llorando a sus hijos muertos en batalla, familias desoladas por el cruel paso de la Alianza. Peleamos para proteger todo lo que amamos




Ujio había sido designado como uno de los soldados que debía ayudar a los enfermos y heridos, pero el monje tomó su propio camino. Le pagó unas monedas de oro a un goblin mago para que abra un portal a Orgrimmar -esos enanos verdes nunca rechazan unas monedas-, se dirigieron a un oscuro callejón y, montado sobre Colmilloferoz, el orco se transportó hacia la ciudad capital de la Horda. 
Para su sorpresa, había poco movimiento, lo que dejó entrever que la mayoría de los guerreros estaban en Zuldazar, reforzando las defensas por si la Alianza volvía a atacar, algo que era realmente improbable. De cualquier manera, eso lo beneficiaba, ya que la poca vigilancia le permitiría moverse sin ser detectado por los oficiales de confianza de la jefa de guerra. El objetivo de Ujio era llegar a Costa Oscura, donde Revingar se encontraba  patrullando. 
Sé que te pido demasiado, Colmilloferoz, pero necesito que me lleves lo más rápido posible hasta Costa Oscura, le susurró a la loba, que respondió con un sonido agudo, como si se estuviera quejando. Sin más, la fiel corcel comenzó a correr en sentido norte, para llegar a Vallefresno a través de Azshara y pasar por la zona segura de los aserraderos. Normalmente, tardaría varias horas en recorrer ese trayecto, pero Colmilloferoz estaba descansada y bien alimentada, por lo que sólo demoró poco más de una hora en llegar al puente que conectaba ambas zonas. 
Desde allí, el camino se extendía en línea recta de este a oeste por unos cuántos kilómetros, pero más allá del aserradero de la Horda, había varios obstáculos que podrían poner en peligro al monje. La zona estaba este estaba infestada de demonios, vestigios de la Tercera Guerra. También había bases de los elfos de la noche que, si bien habían sido capturadas por la Horda, eran acechadas por asesinos de la Alianza. Esto obligaba a Ujio a salirse del camino principal y utilizar algunos senderos escabrosos ocultos, que se los había enseñado su padre, para poder atravesar Vallefresno. 
Nos tomará todo el día atravesar el gran bosque, Colmilloferoz. Parece que tenemos un largo viaje por delante, justo como en los viejos tiempos. Efectivamente, el viaje era largo. Ujio y su fiel loba estaban obligados a pasar muy cuidadosamente por algunos caminos que bordeaban las montañas, ya que un tropezón implicaría una caída mortal. El orco desmontaba y pasaba lentamente por esos lugares, mientras que la loba lo seguía. Pudo observar, al menos, tres caravanas de suministros de la Horda dirigiéndose a Costa Oscura y las siguió con la mirada para asegurarse de que no fueran atacadas. No vio a ningún agente de la Alianza, pero no pudo evitar sentirse vigilado. Quizá sea la propia consciencia del bosque.
Ujio continuó, a través de la maleza, las raíces que sobresalían de la tierra y las rocas que se camuflaban entre la alta hierba. El camino parecía interminable y ya lo había cansado, pero no podía detenerse. Al menos, no hasta que encontrara a Revingar. Afortunadamente, sabía dónde encontrarlo. 
Siguió sumando pasos a su cuenta. Ya había pasado Astranaar y podía sentir cómo se aproximaba a Costa Oscura por el aroma salino que comenzaba a sentirse en las proximidades de la Avanzada de Zoram’gar. El pasaje sur de Costa Oscura tenía poca vigilancia, apenas un par de brutos y algunas forestales oscuras ocultas entre la vegetación. Esto significaba que, a pesar de sus esfuerzos por pasar desapercibido, si pisaba Costa Oscura desde el sur, sería identificado y la jefa de guerra se enteraría de su incumplimiento. Por lo que optó por ingresar a través de los lindes occidentales del territorio que otrora perteneciera a los elfos de la noche. 

Las horas habían pasado raudas y veloces, la oscura luna se posaba sobre las blancas playas de Vallefresno e iluminaba las aguas con su perenne luz. La costa estaba plagada de nagas, que no representaban un problema para Ujio, pero entrar en combate con ellos retrasaría la tarea del orco. Llevaba más de un día viajando, apenas había comido unos trozos de carne seca y no había dormido, por lo que el cansancio comenzaba a hacer mella. 
Ve a la Avanzada de Zoram’gar, ahora debo continuar solo, le dijo Ujio a Colmilloferoz. A pesar de que no le gustó la orden de su amo, la fiel loba corrió a destino. Se alejó entre las sombras de los enormes y milenarios árboles de Vallefresno y, en tan sólo segundos, desapareció de la vista del orco. 
Ujio siguió su camino, bordeando las montañas del norte, que separaban a Vallefresno de Costa Oscura. Cual asesino, se fundió con las sombras, rasgo característico de los monjes del Shadopan, pasó a través de las ruinas, evitando incluso el incisivo olfato de los nagas. Así, llegó hasta Costa Oscura.
La resistencia de los orcos es realmente admirable. Pueden luchar por días sin detenerse y beber decenas de pintas sin caer. Ujio era el ejemplo perfecto, a pesar de todas las batallas que había librado en los últimos días, aún estaba entero como para atravesar medio mundo y encontrarse con su padre. 
El orco se movió por el bosque, siempre con la vista puesta en la playa. Sabía que si corría por la arena sería un blanco fácil, por lo que se mantenía cerca, pero oculto entre los árboles. Corrió como si no hubiera un mañana y, de esa manera, llegó rápidamente al recorrido de una pequeña patrulla de vigilancia. 
Ujio estaba curtido en el combate cuerpo a cuerpo y podía dejar inconsciente a cualquier guerrero sin la necesidad de matarlo. Rápidamente, le dio un buen uso a sus hábiles y, antes de que siquiera pudieran ver qué fue lo que los golpeó, tres brutos cayeron desmayados. El último miró sorprendido, pero sin alarmarse. Buenos golpes, Júnior, le dijo. 
Ujio sonrió. Acompáñame, tengo un plan para derrotar a la Alianza. 

martes, 29 de enero de 2019

LA CAÍDA DE DAZAR'ALOR

Los últimos cinco meses habían sido abrumadores para la Horda. Desde que rescataron a la princesa Talanji, se había enfrentado a diferentes peligros que, no sólo ocasionaron un sinfín de muertes, sino que además no habían cesado ni un solo día. Los soldados estaban muy cansados, algunos más que otros, pero lo cierto es que la fatiga era general. 
Ujio no era la excepción. Sus constantes viajes entre las distintas regiones de Zandalar, sumados a su participación en los frentes de batalla de Arathi y la Costa Oscura, lo habían dejado sumamente agotado. A todo esto, tenía que controlar el progreso de Revingar como guerrero de la Horda, que viajaba por los sectores sensibles de Azeroth recopilando información sobre los posibles próximos movimientos de la Alianza. Sin dudas, un trabajo intenso. 
En los últimos días, tan sólo había dormido un total de 80 minutos, fraccionados en pequeñas siestas de no más de 10 minutos cada una. Comenzaba a sentir el peso de la guerra. De la verdadera guerra, aquella de la que Varok tanto hablaba. 

Es por eso que el ataque de la Alianza a Dazar’alor lo sorprendió sobremanera. Ujio había seguido a las fuerzas de Talanji y Rokhan hacia las costas de Nazmir, pero todo resultó ser un engaño, muy bien perpetrado, por los estrategas del rey Anduin Wrymm. Engaño, acción. Engaño, acción. Eso le recordaba al tiempo que pasó en el Templo del Tigre Blanco, donde conoció al gran Vol’jin y a la filosofía que ahora regía su vida, el huojin (“la mayor injusticia es la inacción”). El líder trol era un excelente estratega y, junto al humano Tyrathan Khort y el pandaren Taran Zhu, había logrado defender a Pandaria del asedio zandalari en numerosas ocasiones. 
Esta jugarreta de la Alianza parecía planificada por Vol’jin. Era una cruel broma del destino que hacía caer nuevamente en una trampa a los zandalari, que ahora eran aliados de la Horda. Eso irritaba a Ujio que, tan pronto como pudo, se encontró nuevamente en Dazar’alor para repeler a sus enemigos. 
Pero el tiempo es tirano...y conspiraba a favor de la Alianza. Al llegar, entre pelea y pelea, Ujio y los soldados de la Horda se encontraron con que el rey Rastakhan había sido asesinado por los guerreros de Anduin.
El rey Rastakhan en sus momentos finales. 
Una profunda tristeza se apoderó de su corazón. Mientras que el grueso de los guerreros de la Horda lo sentía como una derrota, Ujio lo veía como una oportunidad de devolverles el favor a sus enemigos. Deben pensar que estamos derrotados. Engaño, acción.
Si bien la muerte de Rastakhan le había recordado a la de Vol’jin, por su mente se cruzaban ciertos pensamientos positivos. No paraba de pensar en lo duros que son los trols. Esos sí que son guerreros fieros. Incluso cuando se había batido a duelo con su amigo Hiasing, que era un Lanza Negra, le le había costado creer que un ser tan pequeño en tamaño fuera tan habilidoso para el combate cuerpo a cuerpo...¡Y tan fuerte! 
Rastakhan había sido valiente. Pasó los últimos meses defendiendo a su pueblo de las amenazas internas. Confió en la Horda y así logró defender sus tierras de la insurgencia de Zul y compañía. Pero los esfuerzos por defender las tierras zandalari fueron tan grandes, que perdieron de vista al rey...y este lo pagó caro. 
Es hora de retribuirle a Rastakhan la confianza que depositó en la Horda. 



martes, 8 de enero de 2019

CARTA DE UN SOLDADO A OTRO

Habían pasado varios días desde que Ujio y Revingar patrullaron los bosques de Vallefresno. Las noticias habían sido entregadas a la jefa de guerra y ahora esperaban por órdenes. A pesar de estar atareados y mantener sus mentes ocupadas la mayor parte del tiempo, ni Revingar ni Ujio podían olvidarse de aquella charla que mantuvieron en los lindes occidentales de Vallefresno. El mag’har se preguntaba qué era lo que había hecho Ujio en nombre de la Horda que tanto le pesaba, mientras que el monje se lamentaba de haber mencionado esa parte de su pasado. Al caer la noche, Ujio le escribió una carta a Revingar.



Colega Revingar: 
        La conversación que mantuvimos el otro día en Vallefresno me trajo recuerdos desagradables, pero que han sido la piedra angular de mi existencia y me han llevado a mantener una conducta honorable en los años posteriores. En la Horda no todo es lo que parece, todos los que seguimos un código de honor hemos cometido atrocidades...sólo que algunos lo han hecho sin respetar ninguna regla y abrazaron a la locura. 
Tras haber sido entrenado en el Templo del Tigre Blanco y de haber tomado un papel en los ejércitos de la Horda, vencimos a Garrosh Grito Infernal. Entonces todo volvió a la normalidad. No pasó mucho tiempo antes de que volviéramos a estar en combate contra la Alianza. Y ahí sucedió. 
Mi comienzo en las artes marciales y en el camino del monje no fueron por casualidad. Hubo una pandaren que me rescató de un accidente, me curó y me adoptó como un discípulo más. Me presentó a los maestros Chen Cerveza de Trueno y Taran Zhu, mientras que compartí labores dentro del Templo con Vol’Jin y Tyrathan Khort. Allí aprendí a usar mi cuerpo como un arma. 
Pináculos de Arakk. 
Pero el problema fue que aquella pandaren, llamada Xhiun, empatizó con la Alianza. Una cálida tarde en los Pináculos de Arakk, que nos auspiciaba nada bueno, me encontraba realizando tareas para levantar un campamento de la Horda, cuando una incursión de la Alianza nos atacó. Mi compañía quedó devastada. Unos 35 buenos soldados y peones cayeron en las manos de nuestro enemigo, que nos emboscó. El resto estaba demasiado herido como para poder defenderse. 

Me encontraba solo en una lucha que seguro iba a perder, pero me enfrenté a la Alianza con honor. Sus guerreros caían uno a uno, sin dudas no habían enviado a los mejores, y me atacaban con poca disciplina, lo que me favorecía ampliamente. Hasta que una voz femenina irrumpió y ordenó que se detenga la batalla. “Déjenlo, este es mío”, dijo. “Üjio, el dragón de un sólo ojo, tu nombre ha cobrado trascendencia entre las filas de la Alianza. Eres un guerrero honorable, pero no puedes con esta legión tú solo. Ríndete y serás perdonado por el Rey Varian Wrynn. Presenta resistencia y tu cabeza será puesta en una pica, para advertirle a todos los perros de la Horda que este territorio no les pertenece”, advirtió mientras se abría paso entre sus subordinados. Era Xhiun. 

Me pregunté qué le había sucedido. Por qué hablaba de esa manera de la Horda. Tenía mucho odio en su interior...se había alejado del camino de los monjes. “Maestra Xhiun, veo que ha encontrado su lugar en el mundo. Su nombre corrió la misma suerte que el mío, se dice que les arranca los ojos a quienes te miran fijamente, la lengua a quienes osan contradecirle y la cabeza a quienes se oponen a Usted. Sus advertencias lo confirman”, le dije tranquilamente, aunque no le gustó mucho. 
“Tu Horda arruinó a mi Pandaria. Ríndete y te perdonaré, pero hazlo AHORA”, espetó. Claramente, mi misión era establecer un campamento en aquella posición para garantizar el dominio de la Horda. Así fue que me puse en posición de combate y esperé a mi rival. Xhiun ordenó que me ataquen. 
No tardé demasiado en quitarme de encima a esos pobres tontos que intentaron asesinarme. Es de muy mal gusto hacer que tus guerreros inexperimentados se enfrenten a un héroe de la Horda, especialmente si es un orco. Los pequeños cuerpos de los humanos, elfos y enanos se quebraron como una rama impactada por un hacha, mas aún quedaron todos vivos. Pero Xhiun no se lo tomó con gracia y atacó sin piedad. 
Recuerdo que, mientras estábamos en el Templo del Tigre Blanco, ella siempre me decía que debía encontrar el equilibrio entre mis emociones. Hacía hincapié en que tenía que librarme de aquello que me ataba al pasado. Los recuerdos de mamá haciendo guisado de jabalí, de mi padre -tú- contándome historias frente a una hoguera y de mi hermano defendiéndome de los otros niños. Pero todo aquello fue lo que me fortaleció. Ahora, sin embargo, parecía ser ella la que no podía encontrar el equilibrio, al punto de que su furia controlaba sus golpes y los hacía lentos y predecibles. 
Intenté hacerla entrar en consciencia, advertirle que luchando contra mí no lograría detener a la Horda, pero ella insistió. Usó todas las técnicas que me había enseñado y algunas de las que el maestro Chen nos enseñó a ambos, pero fue una nueva técnica la que me sorprendió. Me lanzó cuchillas envenenadas, un truco propio de un asesino. Una de ellas rasgó levemente mi brazo derecho, lo suficiente como para hacer que el veneno ingrese en el torrente sanguíneo. Ahí fue cuando la sed de sangre se apropió de mí. 
En tan sólo un breve momento, pasó de tener la ventaja a estar al borde de la muerte. Fue recién cuando se encontró en el suelo, con una terrible mirada de terror, que recuperé el control sobre mi cuerpo. Su sangre brotaba por todos lados, mientras intentaba alejarse a rastras. No dijo nada, pero aquella mirada me alcanzó para comprender la brutalidad que había cometido. Segundos después, murió. 
Desde entonces, prometí no volver a entrar en ese frenético estado, aunque recientemente rompí aquella promesa. Ese es mi secreto más oculto...y doloroso. Eso es lo que hice en nombre de la Horda, masacré a mi querida amiga y salvadora...y no quiero que nadie tenga que volver a atravesar aquello ni que me toque volver a hacerlo, ya que tengo grandes amigos en la Alianza. 

Saludos, Revingar. Nunca olvides tu honor. 

lunes, 3 de diciembre de 2018

DUDAS EN LA NOCHE: ¿VAROK O SYLVANAS?

Ujio y Revingar se refugiaron debajo de un árbol pequeño para pasar la noche. La oscuridad se había cernido sobre ellos y, si de día apenas se podía ver por la sombra de los colosales árboles que se extendían por todo Vallefresno, por la noche era imposible ver más allá de sus propios miembros. Pasar desapercibidos no les sería difícil, siempre y cuando no prendieran una hoguera. Una leve brisa soplaba, pero no era fría, sino más bien templada. No había amenazas alrededor. 
Distendidos y sin preocupaciones, más que las típicas de la guerra, Ujio y Revingar disfrutaban de unos jamones que habían ocultado en la mula que usaron como carnada para interceptar a los agentes de la Alianza. El animal se hallaba a un costado, atado a la rama de un árbol de proporciones medianas. Sólo oían el traqueteo de las ramas de los árboles y el sonido del jamón al ser mordido. 

El frondoso bosque de Vallefresno. 

-Entonces…¿Qué hay con ese tal Varok del que tanto se habla en Orgrimmar?- preguntó Revingar sin tapujos. 

Ujio dejó de masticar y suspiró, lanzando involuntariamente pequeños trozos de comida por los aires. A pesar de que admiraba que la jefa de guerra siempre estuviera un paso por delante del enemigo, Varok era un ícono de la Horda. Era sinónimo de honor, lo que no es algo que los orcos olviden con facilidad. Era  un superviviente de la primera Horda e  incluso había sobrevivido al control demoníaco. 

- Es una leyenda viva. Es el mejor guerrero que la Horda ha entregado...bueno, quizás el segundo, por detrás de Grommash Grito Infernal- respondió Ujio. 
- Y si es una leyenda…¿Por qué se dice lo contrario en las calles de Orgrimmar?- preguntó Revingar. 
- Es difícil de responder, ¿sabes? Varok se reveló contra las órdenes de la jefa de guerra y eso causó el rechazo de muchos jóvenes. Lo cierto es que sólo los más viejos, o los que venimos de familias que atravesaron el Portal Oscuro, sabemos lo que representa Varok para la Horda y el gran aliado que podría ser en esta guerra- respondió Ujio. 
- Oí que está prófugo de la Horda y la Alianza…
- Eso es lo que sabemos, pero no sabemos cómo escapó. Intentamos rescatarlo de las mazmorras de Ventormenta, pero se rehúso a volver a pelear al lado de Sylvanas y se quedó en esa inmunda celda húmeda, viviendo entre las ratas.- dijo Ujio con dolor, como si se sintiera herido por el rechazo del experimentado guerrero, pero rápidamente se serenó y volvió a hablar - Aparentemente, semanas después escapó por sus propios medios…
- Hablas de él como si fuera tu padre…-dijo Revingar, quien se dio cuenta que había metido la pata, por lo que inmediatamente trató de remediar su error.- Lo que quiero decir es que lo admiras…

Para Ujio las palabras de Revingar no fueron ofensivas. Por el contrario, esclarecieron sus pensamientos. Varok era como un padre, no sólo para él, sino también para todos los miembros de la Horda. Había plantado la semilla del honor en todos y cada uno de los que lo conocieron...y era tiempo de que comenzara a germinar. 

Varok y Sylvanas durante la batalla por las Ruinas de Lordaeron.

- ¡Oye!- le espetó Revingar a Ujio, que se había quedado pensativo- ¿Qué tanto piensas, joven?

- Es que...creo que deberíamos recuperar a Varok. No es que me oponga al liderazgo de Sylvanas, pero los valores que él nos inculcó nos pueden llevar a ganar esta guerra sin artimañas deshonrosas.
- Entonces, no te opones a la jefa de guerra, pero sí a sus métodos…¿Cierto?
- Correcto. Debes saber que, incluso en los tiempos más oscuros de la Horda, actuamos con honor. Cuando Garrosh Grito Infernal era el jefe de guerra e intentó hacerse con el poder del dios antiguo Y’Shaarj, lo derrocamos con honor y le dimos la posibilidad de enfrentarse a un juicio justo. Obrando con honor gané el título de Lanza de Vol’Jin.
- ¿Por qué tienes tantos conflictos en tu interior si crees que estás haciendo lo correcto?- preguntó Revingar, que ya se había percatado de lo que atormentaba en la mente de Ujio. 
- Porque la jefa de guerra trata como traidores a aquellos que se manifiestan en contra de sus acciones...no puedo ser descubierto. Pero en estos últimos meses he comprendido que me debo a la Horda, en su nombre hice cosas que ni el más sanguinario de los guerreros hubiese hecho, y la Horda no es nada sin sus valores fundacionales.

Revingar asintió. De alguna manera el pecho se le llenó de orgullo. Supo que “crió” bien a su pequeño hijo en aquella línea temporal. 

- Comprendo. Si es como dices, Varok tiene mi apoyo y, por supuesto, también mi hacha.- dijo mientras señalaba el hacha de leñador que había usado para desmembrar a los agentes de la Alianza.- Descansa un poco, te lo ganaste. Yo haré la primera guardia.

lunes, 5 de noviembre de 2018

MISIÓN EN VALLEFRESNO: PADRE E HIJO

La información que manejaban los exploradores de la Horda indicaba que la Alianza tenía espías en Vallefresno, aparentemente observaban los movimientos de la Horda para perpetrar un ataque en un futuro no muy lejano para recuperar las tierras que algunas vez estuvieron bajo el control de los elfos de la noche. La jefa de guerra, Sylvanas Brisaveloz, estaba preocupada, a pesar de que su rostro no daba indicios de tal preocupación, y decidió enviar a uno de sus más valiosos adalides de todos, el orco Ujio, a investigar la situación y acabar con los agentes del bando contrario.

Sin embargo, su misión no terminaba allí. Tenía una carga adicional, aunque para el monje no era precisamente una carga, sino más bien la oportunidad de desarrollar un vínculo con una versión de otra dimensión de su propio padre. Revingar era tan respetado en el Draenor alternativo como lo fue en Azeroth, era un orco con aptitudes para el combate con todo tipo de armas. Lo había aprendido de su padre, quien a su vez lo había heredado de su abuelo, y así sucesivamente. La guerra era tradición para los orcos y las técnicas de pelea pasaban de generación en generación. 

Pero no era lo mismo enfrentarse a reptiles gigantes, dracos y otras criaturas de una increíble fuerza y reducido intelecto, que hacerlo a bestias fuertes e inteligentes como enanos, humanos y huargen, entre otras razas que componían a la Alianza. Por lo que la tarea a la que se enfrentaría, requería de algunos consejos de un experto.


Más allá de la Empalizada de Mor’shan, los orcos repasaban los planes. Revingar simularía llevar un cargamento en una mula hacia el Puesto del Hachazo, mientras que Ujio lo seguiría por fuera del camino para asegurarse de que el guerrero no corra ningún peligro innecesario. El objetivo era tentar a los agentes de la Alianza para capturarlos posteriormente y hacerlos hablar. Se trataba de una zona conflictiva, en la que los orcos y los elfos habían luchado durante años por el control de los recursos, pero con el asalto a Darnassus había quedado en manos de la Horda. 

Revingar marchaba con ropajes de granjero y con la mano derecha sostenía la cuerda con la que guiaba a la mula. En su mano izquierda llevaba un hacha de leñador, que pidió expresamente para poder defenderse de los espías. El bosque era hermoso y, a pesar de que sabía que para los orcos era una fuente de madera, el mag’har pensó que sería una muy buena idea conservar aquellos milenarios y frondosos árboles para deleitarse con su inconmensurable belleza. 

Aquel follaje, que se extendía durante kilómetros y kilómetros, era lo único que no le permitía ver con claridad y que aventajaba a los agentes de la Alianza. Revingar se había informado sobre el aspecto y la historia de los elfos de la noche, con lo cual sabía de primera mano cómo lucían y cuáles eran sus tradiciones, tanto en el combate como en la vida. 

Revingar estaba preparado para cualquier eventualidad. Con el hacha de leñador podía desmembrar a cualquier ser vivo con facilidad. A pesar de que estaba entrado en años para ser un orco, su musculatura se mantenía como si se tratara de un joven. Se preocupaba por mantenerse activo, ya sea entrenando técnicas de combate día y noche o ayudando a su pueblo a establecerse en Orgrimmar. 


Los caminos de Vallefresno. 
Ujio veía con buenos ojos que Revingar se involucrara en las misiones de la Horda. Si bien aún no parecía estar preparado para partir a Zandalar, lo cierto era que se podría convertir en un poderoso bastión de la Horda en Vallefresno, un territorio que, a pesar de haber sido conquistado, se mantenía en conflicto. El monje seguía su camino sin quitarle la vista de encima a Revingar. Sus movimientos, símiles a los de un tigre, permitían que pase inadvertido por la frondosa vegetación del milenario bosque. 

El camino estaba llamativamente tranquilo. No había caravanas ni mercaderes transitándolo, sólo Revingar, quien tenía una actitud tranquila e iba silbando como si fuera un mercader real. Aquella actitud fue lo que, posiblemente, motivó a tres elfos de la noche y un draenei a interrumpir su marcha. 

No quiero problemas, sólo cargo alimento hacia el Puesto del Hachazo, expresó el orco, aunque no estaba seguro de que los espías de la Alianza le hubieran entendido. Entonces, una elfa lo interpeló en un idioma desconocido, luego otro elfo y después todos y cada uno de los guerreros. Parecía que amenazaban con matarlo si no soltaba el hacha...o al menos eso creyó Revingar. El orco se apegaba al plan e intentaba hablarles para que creyeran que se encontraba asustado. 

Mientras tanto, Ujio observaba con detenimiento cada movimiento de Revingar. Estaba ansioso, quería ver en acción a aquel guerrero legendario que dejó todo de lado para criarlo y que murió defendiendo las tierras de la Horda. 

Fue en ese momento cuando una elfa de la noche lanzó una estocada de su daga contra Revingar. El mag’har esquivó y con su mano izquierda dibujó una parábola horizontal que impactó en la parte posterior del cráneo de su enemiga, destruyéndoselo. El resto de los agentes de la Alianza se quedaron atónitos, pero no tardaron en responder. Mientras gritaban y lanzaban estocadas a diestra y siniestra, el orco permanecía inmutable esquivando todo lo que le lanzaban. 

Ujio se sintió orgulloso de su padre. Supo que, a pesar de que este Revingar no era su progenitor, era un fiel reflejo de lo que su padre había sido. Le llenaba el alma de alegría saber que venía de un linaje guerrero. 

En tanto, Revingar continuaba ultimando a los espías. Le amputó las dos piernas a un elfo antes de que pudiera tocar el suelo con su cuerpo, mientras que el otro elfo terminó con el cráneo partido en dos. El draenei presentó más batalla, pero cayó herido ante las perfectas técnicas de batalla del orco.
Habla ahora o muere, le dijo Revingar con desprecio. El orco mag’har sabía qué era lo que estaban haciendo. Es que él lo había hecho en Draenor para recuperar un territorio que habían perdido en manos de los hijos de la Luz. Te dije que contaras los planes de tu enclenque Alianza, ¡Hazlo ahora!, insistió Revingar, pero, a pesar del miedo que sentía el draenei, no habló. El orco lo decapitó. 

Esa fue la parte que menos le gustó a Ujio, ya que, como monje, evitaba matar. Para él, era el último recurso. Jamás podría ser la primera opción. De cualquier manera, lo que más le molestaba era que se habían quedado sin un prisionero para interrogar. 

- Pero, ¿Qué has hecho?- preguntó con furia Ujio mientras salía de entre los matorrales.- A la jefa de guerra no le va a gustar esto…- agregó con ciertos indicios de arrepentimiento. 
- En lo que a mí concierne, ya sabemos cuáles son sus planes- respondió Revingar.- No necesitábamos a esa escoria draenei. Hice estas mismas tareas tiempo atrás en Draenor, es un reconocimiento de las tareas enemigas. Quieren saber dónde estamos, para qué  y cuáles son nuestras debilidades- explicó soberbiamente, mientras miraba de reojo al monje.
- ¡No puedes hacer…- increpó Ujio, pero fue interrumpido por Revingar. 
- No creo que te moleste que haya desoído las órdenes de tu jefa de guerra. Puedo ver en tus ojos que, a pesar de que admiras sus estrategias militares, sientes recelo por sus métodos.- lanzó el mag’har.- Aunque obra como una persona desesperada, es consciente de todos sus movimientos.
- También es tu jefa de guerra. Si quieres continuar con vida y no ser tratado como un traidor, no te olvides de eso…-le respondió Ujio, aunque en el fondo sabía que Revingar tenía razón.


Ujio recordó la quema de Teldrassil. 
Los orcos se miraron con cierta desconfianza. Ujio sabía que el guerrero podía leer sus pensamientos y eso lo inquietaba porque, a pesar de que no mostraba sus dudas respecto del liderazgo de Sylvanas, sí las tenía. Revingar, por su parte, era consciente de que el monje tenía un mejor manejo diplomático y estaba convencido de que tenía que aprender de eso. 

Entonces, según tus propias palabras, están pensando en reconquistar el territorio perdido. Le diremos eso a la jefa de guerra, sentenció Ujio, con una profunda desazón por lo que parecía ser el preludio de un nuevo enfrentamiento en los bosques de Vallefresno. 

martes, 23 de octubre de 2018

LA FAMILIA SE HA REUNIDO

El monje estaba exhausto. Había pasado los últimos doce días -al menos eso era lo que él creía- haciendo rituales, enfrentándose con ecos del pasado y aniquilando enemigos de otras realidades, sólo para ganar el apoyo de los orcos mag’har en la guerra contra la Alianza. Ahora que se encontraba de vuelta en Orgrimmar, tras lograr que sus congéneres se unieran a la Horda, sólo quería tirarse a descansar, pero para su sorpresa Eitrigg lo esperaba en el lugar para reunirse inmediatamente con la jefa de guerra, Sylvanas Brizaveloz, y los líderes de los nuevos aliados. Debes estar bromeando, necesito descansar, les espetó el monje con indignación. Así es la guerra, muchacho. No hay tiempo para el sueño ni los placeres, le contestó el experimentado guerrero. Acto seguido, caminaron juntos hacia el Fuerte Grommash.

Ujio llevaba en el cuello un colgante que le había regalado un niño en la primera visita que hizo la Horda a Draenor, cuando Garrosh aún era una amenaza para todo Azeroth. Se lo había colocado con la intención de que los mag’har relacionaran aquella pieza única con el pasado, con aquella cruzada que los liberó de las garras de la Legión Ardiente. Sin embargo, el éxito que habían cosechado en Draenor no se debía a aquel collar, que pasó inadvertido.

Ya en la embajada, donde se habían hospedado varios mag’har, Ujio notó algo extraño en el rostro de uno de los orcos de Draenor. Sus ojos y colmillos le resultaban familiares. Tenía el pelo negro, pero con un incipiente tono grisáceo, lo que indicaba que andaba alrededor de los 40 años. Estaba convencido de que había visto esos ojos con anterioridad…

Mientras Sylvanas, Eitrigg y Geya’rah sellaban su alianza, Ujio se acercó a aquel orco que le resultaba extraño. Lo estudió desde una distancia prudente, luego se acercó más y más, hasta que estuvo prácticamente a su lado. El otro orco lo miró con desdén, pero al cabo de unos segundos de miradas cruzadas, que parecían lanzar rayos, vio el colgante de Ujio y se llevó una gran sorpresa.



- ¡Tú!- le espetó el orco con sorpresa - ¿Acaso eres Ujio?- preguntó, lo que le hizo recordar al monje de dónde conocía a ese orco.
- Sí, lo soy. Tú...¿Tú eres el niño que se perdió en la tormenta de nieve?- respondió Ujio.
- Sí...mi...mi nombre es Revingar, señor.

Al escuchar ese nombre, el orco quedó paralizado. Su corazón se detuvo por un momento y su mente entró en un profundo estado de confusión. Qué tan retorcido era el destino para poner delante de él a su difunto padre...pero vivo. Era un episodio que haría derramar lágrimas hasta al más duro de los guerreros.

Al cabo de unos segundos en silencio, Ujio se dio media vuelta y escapó rápidamente. Revingar no comprendía qué era lo que le sucedía, pero supuso que el monje tendría alguna razón válida para actuar de tal manera. Detrás de él se encontraba Eitrigg, quien conocía de primera mano la historia de Ujio.

- No te sorprendas por el comportamiento de Ujio- le dijo el experimentado guerrero a Revingar.- En esta línea temporal, tú fuiste su padre y tuvo que despedirse de tí a muy temprana edad. Siempre fuiste una importante influencia para él.

- Es...extraño lo que me cuentas, Eitrigg...porque él siempre fue una importante influencia para mí- reconoció el mag’har, haciendo referencia a que lo rescató de una muerte segura.

La noche cayó y Revingar se dirigió a los aposentos de Ujio con la intención de agradecerle formalmente por haberlo rescatado cuando era un niño. A su vez, el monje sentía la imperante necesidad de darle las gracias por haberle inculcado la importancia de la familia...a pesar de que él no era realmente su padre.

La puerta sonó. Tres fuertes golpes la sacudieron e hicieron retumbar el sonido en el amplio comedor de la casa de Ujio. El monje se acercó a la puerta y preguntó quién estaba del otro lado, Revingar contestó y un silencio incómodo se instaló dictatorialmente en el ambiente. Ujio salió de su vivienda y le propuso a Revingar ir a las murallas del sur, que daban a las hostiles tierras de Durotar, donde podrían charlar con tranquilidad.
Una vez que se encontraron en los titánicos muros, donde ambos se apoyaron, se aventuraron a dialogar con libertad. Parecía que, aunque provenían de dos líneas temporales diferentes, ambos tenían un estrecho vínculo que ni los mismos dragones del Vuelo Bronce podrían deshacer.

- Sabes, Ujio, tengo un hijo al que siempre le hablo de tí. Me da la impresión de que de alguna manera podrías ser tú, pero lo cierto es que su nombre es Gavingar- dijo el mag’har- Es un niño pequeño, apenas tiene cinco años, pero ya veo su espíritu combativo. Será un gran guerrero-
- Sin dudas lo será. Él era mi hermano mayor...murió durante un enfrentamiento contra la Alianza- contó el monje.- Y...como te contó Eitrigg, tú eras mi padre en esta línea temporal, con lo cual se me hace difícil mirarte a los ojos sin pensar que eres él.
- Lo sé, joven Ujio. Pero lo cierto es que no lo soy y nada te lo podrá devolver, ni siquiera los intrincados caminos del tiempo. Según me contó Eitrigg, tu padre fue un gran guerrero y, si bien estoy lejos de la edad que tuvo cuando falleció, haré mi mejor esfuerzo para honrar su nombre. No puedo ser tu padre, pero sí puedo ser tu compañero de batallas- le dijo orgullosamente Revingar.


Aunque Ujio comprendió dolorosamente las palabras de Revingar, percibió la esencia de su padre y no pudo evitar contentarse levemente por volver a compartir tiempo con él. Un compañero de combate es todo lo que necesito, le respondió con una sonrisa dibujada en su rostro. Entonces, el monje sacó de una de sus bolsas una orden de Sylvanas y se dispuso a explicarle los planes de guerra al mag’har. La familia se había vuelto a reunir y esas eran malas noticias para la Alianza.