Revingar estaba ansioso por partir cráneos, tal y como hizo con el druida que intentó matarlo en Vallefresno. Su ansiedad era tanta que a duras penas le prestaba atención a las directrices de su hijo. Por su parte, Hiasing intentaba visualizar cuáles eran los puntos flacos en la planificación del monje.
- Si logramos pasar desapercibidos en el Puerto de Menethil, podríamos llegar a Arathi en cuestión de horas y, desde allí, dirigirnos hasta la Fortaleza de Durnholde para atacar las caravanas de suministros que parten desde las Tierras del Interior.- propuso Ujio con entusiasmo.
- Por otras dos mil monedas de oro los piratas nos podrían llevar hasta la Cala de Faldir. Es una base clandestina, por lo tanto pasaríamos desapercibidos y demoraríamos menos tiempo en cruzar el Muro de Thoradin.- indicó Hiasing, desarmando en segundos los planes del orco.
- Eso es cierto, pero nos llevaría aún más cerca de Stormgarde. La Alianza reforzó la vigilancia allí desde que la Horda retomó la zona norte de Arathi. Si nos atrapan, estaremos fritos-. Agregó Ujio.
- Disculpen mi intromisión- intervino un pícaro elfo de sangre que había se había sumado al grupo en Trinquete-, pero creo que deberíamos atracar en las costas de Trabalomas. Los piratas son...mis colegas, y como tales podrían llevarnos hasta ese lugar por tan sólo mil quinientas monedas de oro, aunque claro, deberán entregarme otras quinientas moneda por haber logrado tal acuerdo.
Ujio gruñió levemente y mostró sus colmillos. El oportunismo del elfo le daba mala espina. Creía fervientemente que el “orejas puntiagudas” los traicionaría a mitad de camino, lo que, de concretarse, complicaría toda la misión. Pero lo cierto es que había sido recomendado por Hiasing y, mal que mal, Ujio confiaba plenamente en el chamán.
- Primero cierra el trato con los goblins y después veremos si vale la pena darte todo el oro que nos queda. -Le dijo Ujio solemnemente, lo que hizo que sus compañeros lo vieran como un gran líder.- Si logramos que nos dejen en la costa de Trabalomas, habremos ganado tiempo y quizá hasta podríamos ir a Alterac para pedirles ayuda a mi clan, los Lobo Gélido. -sugirió.
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| Ujio ansiaba volver a las tierras de su clan. |
Aunque en ese momento no lo demostró, al oír nombrar a los Lobo Gélido, Revingar sintió que su corazón se le salía del pecho. Ansiaba más que nada conocer a los miembros de su clan de esta línea temporal y compartir con ellos anécdotas sobre los héroes del pasado. Incluso, podría averiguar qué había sucedido con el Durotan de este tiempo y su prole.
- Creo que es una buena opción recurrir a los Lobo Gélido, son fieros guerreros y nos podrían dar, al menos, un interesante panorama de los movimientos de la Alianza por Trabalomas, Arathi y Los Humedales.- dijo el experimentado guerrero orco, que demostró que había estudiado todos los mapas de las regiones de Azeroth.
Recién luego de que el elfo, que se hacía llamar Thravandir, lograra que los goblins los lleven hasta las costas de Trabalomas por otras mil monedas de oro (de las cuales doscientas le correspondían), los soldados de la Horda se acostaron a dormir en las improvisadas camas que les habían armado los piratas. Sin embargo, Ujio simuló que dormía para estar atento a los movimientos del elfo.
No pasaron muchas horas hasta que Thravandir se reunió con sus otros tres compañeros, un cazador, un druida y otro pícaro, y les propuso en voz baja asesinar al orco y llevarle su cabeza a Sylvanas Brisaveloz. El orco, que mantenía los ojos cerrados, sonrió sin darse cuenta. Esto le permitía tomar represalias contra el elfo por traición, aunque esperaría el momento adecuado, tal y como le enseñó su maestro. Pensaba en cómo le gustaría romperle las costillas de un golpe de puño o cómo gozaría al quebrarle la mandíbula de una patada, pero lo que estaba a punto de suceder lo tomaría por sorpresa.
- Esto no es lo que habíamos acordado, Thravandir. -protestó en voz baja el tauren druida-. Dijiste que acompañaríamos a este grupo a luchar contra la Alianza, pero lo primero que haces es revelarte e intentar asesinar al hombre que te contrató. No es honorable.
- Estoy de acuerdo. No podemos matar a estos hombres, aunque sean buscados por la jefa de guerra. Son iguales a nosotros, quieren lo mejor para la Horda, pero quieren hacer las cosas a su manera.- agregó el pandaren cazador.
- No deberíamos estar debatiendo esto. -sostuvo el otro elfo pícaro.- Somos mercenarios, hacemos trabajos por dinero. Llevarle a la jefa de guerra sus cabezas nos llenaría los bolsillos de oro, mientras que también nos haría famosos entre las filas de la Horda. Imagínense la cantidad de damas que se interesarían por nosotros…-se regocijó-.
- Si realmente quieren hacer esto, entonces estamos en veredas opuestas. No dejaré que los lastimen mientras duermen. -dijo el tauren, a la vez que se paró de un salto. Por su parte, el pandaren tensó la cuerda de su arco y apuntó a uno de los pícaros.
Los pícaros intentaron que sus compañeros se calmaran, pero la discusión fue en aumento y Ujio aprovechó ese momento para levantarse. El tauren y el pandaren se paralizaron al ver la silueta del orco detrás de los elfos. Parecía una sombra gigante con unos furiosos ojos que resplandecían como el magma de las profundidades de Azeroth. Ambos permanecieron inmóviles hasta que el orco habló.
- Mi instinto me decía que intentarían traicionarme…- dijo Ujio con una voz áspera y autoritaria.
Los elfos intentaron explicarse, intimidados por el tamaño del orco y la furia que gobernaba su ser, pero Ujio se les acercaba lentamente, decidido a golpearlos para darles una lección. Se miraron por un segundo y, sin dudarlo ni debatirlo, atacaron al monje con sus filosas dagas. Era un combate a dos flancos, peligroso para la mayoría de los guerreros de Azeroth, pero no para el mítico dragón de un solo ojo.
Ujio esquivó los embates de los asesinos saltando sobre los barriles y las cajas de provisiones. El molesto ruido despertó a Revingar y a Hiasing, quienes miraban con ojos entrecerrados el duelo que se estaba gestando en las bodegas del barco pirata. Parecía que el orco sabía lo que hacía, aunque desconocía que las armas de los elfos estaban embadurnadas en veneno letal. Saltó de un lado para el otro, evitando el contacto con el acero y ofuscando a sus rivales, que cada vez atacaban con más descuido.
Hiasing le exigió a Thravandir que se detuviera, pero el elfo hizo caso omiso a sus órdenes. Revingar, por su parte, decidió tomar cartas en el asunto. Cogió su hacha y se entabló en combate con uno de los elfos. Eso llamó la atención de Ujio, ya que no esperaba que su padre interviniera en el combate por el peligro que representaba enfrentarse a un asesino de poca moral.
Ujio golpeó dos veces en el rostro a Thravandir, que cayó conmocionado, y se dirigió hasta la posición del otro elfo. Revingar se vio sobrepasado por la agilidad del elfo, que sabía cómo pelear en espacios reducidos, mientras que al mag’har se le hacía difícil maniobrar con su hacha en la bodega. El monje cayó entre los combatientes, empujó a Revingar para sacarlo de la pelea y se entabló a los golpes con el elfo.
El combate fue apasionante. Tanto Ujio como el pícaro eran hábiles en la lucha cuerpo a cuerpo y rechazaban los ataques de su rival como si se tratara de moscas que revolotean en una tarde de verano. Parecía que la balanza no se inclinaría hacia ningún bando. Ujio sabía en su interior que era superior al elfo, pero estaba poniendo a prueba sus destrezas. En tanto, el elfo se creía mejor que el orco y estaba convencido de que ganaría la pelea, pero lo cierto era que eso estaría lejos de suceder.
El orco se cansó de tanta cháchara y, con una lluvia de golpes de puño en el hígado, abdomen y tórax, logró derrotar a su rival.
- Dime, pequeño elfo, ¿Cuál era tu nombre? -le preguntó Ujio con desprecio. Mientras tanto, el elfo, que aparentaba estar vencido sacó del interior de su bota izquierda un par de shurikens envenenados. Sin más, se los lanzó al orco.
- ¡Mi nombre es Arkhantaz!- gritó mientras las estrellas de metal volaban hacia su objetivo.
Ujio pensó rápidamente. Si bien la primera opción era esquivarlas, supuso que a sus espaldas se encontraban Revingar y Hiasing, por lo que podrían salir lastimados. La mejor alternativa era rechazarlas con sus espadas. En un abrir y cerrar de ojos, golpeó los proyectiles con sus hojas. La desgracia llegó pronto para Arkhantaz, que recibió de vuelta uno de sus shurikens, envenándolo. En tan sólo diez segundos, su piel dorada se tornó pálida como el mármol blanco de las estatuas de Ventormenta.
La pelea se acabó.
Acto seguido, Ujio se dirigió hacia el druida y el cazador y les preguntó sus nombres.
- Mi nombre es Brënor, mi señor. -respondió el tauren.- Y él es mi buen amigo Poltan.- agregó.
- Su honor los llevará a realizar grandes hazañas y espero que nos acompañen en esta travesía que nos propusimos.- les dijo Ujio. El druida y el cazador hicieron una reverencia.
- Desde hace tiempo queremos jugar un papel importante dentro de la Horda. Deseamos que esta sea nuestra oportunidad.- sostuvo Brënor.
- Entonceh parece que seremo’ lo’ cinco contra lo’ perro’ de la Alianza.- indicó Hiasing.
- Que así sea.- manifestó Revingar.
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| Trabalomas, el lugar donde comenzará el asalto. |
A la mañana siguiente, llegaron a las playas de Trabalomas y cumplieron con su parte del trato. Les entregaron las mil monedas de oro a los piratas y partieron en busca de la ayuda de los Lobo Gélido.












